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Constantino López | El Quijote y Cervantes 23/02/2016
No sólo en el año 2016 en que celebramos el cuarto centenario de la muerte de Miguel de Cervantes Saavedra, sino en el resto de los años, tenemos que ser escrupulosamente respetuosos con la lectura del Quijote y del resto de las obras de Cervantes.
 
 
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De otra forma caeremos en el error de fabular, de inventar, de decir lo que Cervantes no dijo. Esta mala costumbre ya se viene prolongando por espacio de siglos con la vida de don Miguel: a falta de noticias sobre el escritor, sobre sus hechos y sobre su vida, nosotros conjeturamos, imaginamos, ubicamos y finalmente inventamos lo que creemos que pudo hacer o dónde creemos que pudo estar y pasamos finalmente a aseverarlo con certeza.

También hacemos lo mismo con sus historias y con sus personajes de ficción… ¡Claro como él lleva cuatrocientos años muerto y no se va a poder defender, le enjaretamos lo que nos parece!

Por eso me refería en el título de este artículo al deber que tenemos los lectores de respetar lo escrito por Cervantes y dejarnos de burdas y falsas interpretaciones. Tan sólo nos debemos dedicar a leer lo que escribe y lo más importante, a asimilar y comprender lo leído.

Y toda esta introducción viene al hilo de una noticia que he leído recientemente, publicada en la versión digital de La Vanguardia el día 17 de febrero de 2016, firmada por Miriam Elies y titulada “Sancho Panza no era gordo y otras curiosidades sobre el Quijote”.

Tanto en el título del artículo como en los primeros párrafos, se habla de una curiosidad que alberga el Quijote (entre otras más según el artículo) y la tilda de la más asombrosa, que es relativa a la gordura de Sancho, diciendo textualmente: “Puede que la más asombrosa sea la relativa a las curvas de Sancho Panza. Aunque todas las ilustraciones muestran al leal escudero del hidalgo como un hombre gordo, Cervantes nunca lo describió como tal”.

Y es aquí donde me permito humildemente recomendar la lectura sosegada, tranquila y comprensiva a los lectores que se acercan a la obra cervantina. Y sobre todo recomendarles que no lean lo que no está escrito. Porque esa afirmación que se hace en el artículo no está más lejos de la realidad.

Sí amigos, Miguel de Cervantes describe a Sancho Panza como un hombre gordo y lo hace hasta en tres ocasiones.

La primera en el Capítulo 9 de la Primera Parte, precisamente en la cita en que la autora del artículo se basa cuando Cide Hamete describe al escudero:

“Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía: «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza», y de «Zancas»; que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia”.

Está claro que Sancho Panza tenía la barriga grande, se lee perfectamente.



Pero vuelve a Referirse a la gordura de Sancho (y con esta misma palabra, gordura) en La Segunda Parte del Quijote, en el episodio durante el cual Sancho se convierte en gobernador de la ínsula de Barataria, más concretamente en el Capítulo 43 de la Segunda Parte donde dice:

“Dios te guíe, Sancho, y te gobierne en tu gobierno, y a mí me saque del escrúpulo que me queda que has de dar con toda la ínsula patas arriba, cosa que pudiera yo escusar con descubrir al duque quien eres, diciéndole que toda esa gordura y esa personilla que tienes no es otra cosa que un costal lleno de refranes y de malicias”.



Y vuelve a referirse de nuevo a la gordura de Sancho en el Capítulo 45 de la Segunda Parte, escribiendo:

“El traje, las barbas, la gordura y pequeñez del nuevo gobernador tenía admirada a toda la gente que el busilis del cuento no sabía, y aun a todos los que lo sabían, que eran muchos.”



De modo que una vez expuestos los lugares del Quijote en que Cervantes dice que Sancho Panza es pequeño y gordo, no nos queda más remedio que hacer como el historiador al que se refiere Sansón Carrasco cuando le replica a don Quijote: “…el poeta puede contar o cantar las cosas, no como fueron, sino como debían ser, y el historiador las ha de escribir, no como debían ser, sino como fueron, sin añadir ni quitar a la verdad cosa alguna” (Cap. 3 primera Parte).

Constantino López

Sociedad Cervantina del Lugar de Don Quijote


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