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Antonio Moreno González | Feria de Alcázar 03/09/2016
Reproducimos íntegramente el pregón de la Feria y Fiestas 2016 de Alcázar de San Juan (Ciudad Real) de Antonio Moreno.
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Pueblo de Alcázar de San Juan, mi querido pueblo: Buenas noches. Buenas noches a los que habéis venido, a los que no han venido y, también, a todos aquellos que se les detuvo el tiempo y ya no pueden venir, pero andan rondando por aquí porque habitan en las alacenas de nuestra memoria. La memoria individual y la memoria colectiva donde se depositan aprendizajes, gentes, hechos y conductas que no deben sucumbir al olvido porque están en el fermento de lo que somos, de lo que queremos ser y de lo que no queremos ser. La memoria guarda y cuida los afectos y también los desafectos que acumulamos a lo largo de la vida. De las gentes que ocupan mis basares hoy quiero sacar a relucir uno especialmente por el apego que nos mantuvo tan unidos: mi primo Argimiro. Era 14 años mayor que yo.

Argimiro murió en 1984, con 54 años. Hijo de Victor Castellanos, de los Melenas, y Ramona Moreno, hermana mayor de mi padre, de los Manchaos. Argimiro era alto, aguileño, proporcionado, poco hablador, tostado por el aire y el sol, alegre, trabajador, muy despierto y sagaz, tanto que llegué a verle sorprender y coger con las manos una liebre “amagá” al abrigo de una cepa en pleno invierno, cuando araba con esa derechura propia de los labradores hábiles en el manejo de la vertedera. Era poderoso: el que mejor se hacía, mejor que mi padre, con mi hermano Longinos cuando le daban aquellos violentos y temibles ataques epilépticos. Desde niño sentí admiración por él. Esa aspereza que da el curtimiento a la intemperie, el olor a tierra de las gentes del campo y el recogimiento con que se comportaba siempre me llamaron la atención. Yo hubiera querido ser como mi primo. Pasé todo el tiempo que pude con él en el cerro Mesao y en el corral, bodega después, que tenía en la calle del Carmen a la que daba la portadilla de mi casa natal de la calle Salitre.

En la feria, algunas veces fuimos él y yo solos, por la noche, a comernos un pollo asado, cuando empezaron a venir esos artefactos verticales donde se voltean y embadurnan de caldo los pollos ensartados. Le gustaba tomarlo con sidra. El vino que bebía era el de su cosecha, siempre blanco, y lo hacía en un barrilete de madera con embocadura de cristal que acompañaba el trago con un sonido peculiar.

Como tenía bodega propia, cosa frecuente entonces, echaba a vendimiar inmediatamente después de la feria. Hubo años que la última noche de la feria, mi hermano Luis y yo - íbamos de espuerta con el jornal de los chicos, igual que el de las mujeres pero menos que el de los hombres - sin acostarnos, nos cambiábamos de ropa y salíamos para la quintería en el carro “entalamao” que luego utilizábamos para los “mudetes”, como llamábamos a los cambios de viña. Hasta llegar al “Cerro” dormíamos toda la cuadrilla, incluido Argimiro que nos conducía, seguro que la Castellana, una mula tan vieja como experta atravesando el Raseral y el “güedo”, nos dejaría en la casa con una precisión admirable. En la feria, Luis y yo comprábamos fruta escarchada que junto con un bote de melocotón en almíbar sin etiqueta que mi madre nos ponía en el hato escondíamos, creíamos nosotros, en lugar seguro de la casa donde nos tirábamos casi un mes sin venir al pueblo. Intento vano, el supuesto secreto, porque las mujeres, sobre todo mi prima Herminia, siempre lo descubrían con fatal desenlace para nuestro pretendido festín del que irremediablemente participaban todos. Mi hermano Santiago, Santi para nosotros, echaba una mano, en la medida de sus fuerzas, en la bodega donde Longinos era el amo volteando la destrozadora. Realmente Santi se sacaba un sueldecillo veraniego cargando y descargando camiones en la fábrica de cervezas El Águila en Alicante, donde vivía nuestra tía Rosa, hermana de mi madre. Pero a la feria no faltaba. Tampoco mis tíos y prima, alicantinos por residencia.

Sentí mucho la temprana muerte de Argimiro. Años antes, en 1970, padecí un mazazo aún más fuerte, la de Matilde, mi mujer, con 25 años, siendo los dos maestros en Cinco Casas. Tengo que nombrar necesariamente a nuestra hija y a mis nietas, que por razones de espacio y de tiempos no pueden acompañarnos hoy. Un beso para ellas. A mi primo le dediqué este romancillo que hoy digo en público por primera vez aunque data de 1984. Solo recuerdo haberlo leído a mis amigos Santiago Ramos, Isidro Parra y Pepe Herreros que lo ilustró con una figura poderosa, recia y tierna a la vez, como son las mujeres y los hombres de la tierra a que pertenecemos.

IN MEMÓRIAM

A la memoria de mi primo Argimiro,
que tanto sabía y tanto me enseñó
del cerro Mesao y sus inmediaciones.

Camino de las Carretas,
Carril de los Moleores,
Senda Golilla, Pascuala
y otras arterias menores.

Caminos que de las viñas
bajan al agua salobre,
donde los carrizos crecen
y las lunas se corrompen.

Polvorientos en la siega;
en la vendimia, blandones;
y en la aceituna, resecos
para mulas y peones.

Caminos que transitara
de sol a sol el más hombre
en el trato con la yunta
y en rebañar con las hoces.

Caminos de arreo, caminos,
que ya la yerba se come.
Caminos, pasto del tiempo,
sin carros, lindes, ni nombres.

Pero vayámonos a la feria que para eso estoy aquí, agradecido a la corporación municipal que me ha invitado y en particular a la alcaldesa, Rosa Melchor, primera mujer, creo yo, en la historia alcazareña que desempeña tan arriesgado como estimulante cometido. Enhorabuena y gracias. Escarbando en mi memoria, vamos a aquellas ferias de mi niñez y mocedad, en las que coincidí con algunos de vosotros, a los que ya los años y los análisis nos van distanciando del ajetreo juvenil. La Academia de la Lengua define feria como “mercado de mayor importancia que el común, en paraje y días señalados, y también las fiestas que se celebran con tal ocasión”. Y además, como “descanso y suspensión del trabajo”. La feria es, en sus orígenes, una concesión medieval de reyes y señores feudales a los súbditos, al pueblo llano, para intercambiar productos y compensar carencias. Ocasiones que para agasajar a los mercaderes forasteros y para sí mismos se acompañaban de alboroques y festejos. Con el tiempo, naturalmente, han quedado solo las fiestas porque la mercadería ha ido adquiriendo otros procedimientos. Y eso han sido las ferias que vengo viviendo desde niño: una larga y gozosa fiesta. Celebradas siempre en septiembre, entre los remates de la siega y el comienzo de la vendimia, con un ceremonial que iniciaban los gigantes y cabezudos – qué frustración, la mía, no haber podido salir nunca de cabezudo por más que lo intenté – y un final con el trueno gordo de la traca última de la pólvora, como entonces llamábamos a los, ahora, fuegos artificiales. Ocupando parajes, los reales de la feria, diferentes a lo largo de los años: la Plaza y sus inmediaciones, la calle de la Feria expandida en la plaza de la Aduana y el Arenal, el Orujo y, finalmente, el emplazamiento actual, lo que conocíamos como las “Casas Nuevas” o también las “Casas Baratas” donde lleva ya bastantes años.

De las mercancías que tengo en el recuerdo más lejano, destacan los animales de la feria de ganado que en aquellos días de septiembre, por la mañana, exhibían tratantes, gitanos y ganaderos en la explanada de la Serna donde estaba la balsa del Andaluz, terreno ocupado ahora por la Piscina Municipal. Allí podían verse gallos, gorrinos, mulas, machos cabríos, ovejas, sementales, borricos, caballos… formando corrillos donde el expositor mostraba las condiciones más sobresalientes del animal para optar a premio, a venta o intercambio. Me chocaba la vestimenta de los tratantes: blusón negro largo, chaleco con reloj prendido a la botonadura, sombrero, camisa blanca, pantalón de pana oscura y botas. Eran excesivos y muy dicharacheros elogiando la mercancía. Acompañaban sus explicaciones con gestos y el ligero cimbreo de una vara de mimbre, como la que Lorca pusiera en manos de Antoñito el Camborio camino de “Sevilla a ver los toros”.

Hubo feriantes alcazareños. Y a ellos pertenecían algunas de las primeras atracciones que recuerdo y que he constatado, además de otros pormenores, con quienes las conocieron: “Elácrito” – Heráclito, en realidad – gañán que fue de mi primo; Faustino Logroño, pastor muchos años con los Herminios; o Coralio, Coralín para mí, hijo de Coralio Alaminos con quienes tanta vida familiar hemos compartido. Recordamos las barcas y las voladoras – las sillas locas - del Chápiro en el solar del Hospitalillo, ocupado ahora por el Conservatorio de Música y en el de la Plaza, tras el derribo de casas solariegas, donde luego se construyó el Mercado, inaugurado en 1954. Algunos años estuvo allí el circo, una de las atracciones que venía de fuera, como la mayoría, más llamativa de la feria por las acrobacias de los trapecistas desafiando la gravedad newtoniana; por la gracia, la vestimenta, la música del saxo y los trompicones de los payasos; y por las voces y los estruendosos latigazos de los domadores de tigres y leones. Era espectacular. Del pueblo era Régulo que ponía un tirapichón. Y las gitanas que vendían molinillos de papel de colores sujetos a un carrizo con un alfiler. Y los del “palillo” – el palo duz – que sacaban por las tierras de Los Parrales. No originarios del pueblo, pero como si lo fueran porque aquí vivían, los vendedores de camarones y garbanzos “torraos” que llevaban en cestas de mimbre, vestidos con chaqueta, gorro y alpargatas blancas. Y Moquita, churrero cuyo apodo era descriptivo de cómo procedía haciendo los churros pequeños: tras cortar con la mano la masa para trenzarla y echarla en el aceite, con la misma mano se aliviaba la nariz. En la Plaza, hubo ferias en las que desde un balcón del Ayuntamiento echábamos cine con la pantalla en la casa de Octavio, en el esquinazo. Nos encargábamos Pepe Correal y yo, estudiantes entonces de Magisterio, modestamente gratificados por el consistorio, asesorados y dirigidos por Pedro Peral y José Luis Samper, con quien hice numerosos recorridos por el pueblo y la comarca para documentar sus colaboraciones en los medios de comunicación y para su propia obra.

Cuando niños, para hacer frente a los gastos de la feria, mi padre nos ponía una hucha de barro en la cámara, especie de desván de la casa, cogida al suelo con yeso para evitar tentaciones, en la que íbamos echando cada domingo las perras que procurábamos ahorrar. El primer envite, aún en la feria, era la Teresa, junto a la carnicería de Sebastián el de la Carne, tienda, después, de los Pipas, que ahí sigue al comienzo de la Castelar regentada por Pilar Arias. Echábamos unos reales en el mostrador y la Teresa, a su criterio, nos daba alguna pastilla de leche de burra, una garrotilla dulce y pegajosa de colorines, una barra de regaliz gomoso con el extremo enrojecido como si ardiera y, si el aporte daba de sí, algún pito de anís que nos fumábamos a escondidas, aunque no aguantaban más de cuatro o cinco “calás” porque ardían como una tea.

Pepito, Manolo Conesa, el Ficha, Marcelo Barrilero, Emiliete Paniagua, Luci, el Güibi y yo éramos el grueso de la cuadrilla quinceañera a la que a veces se unían allegados ocasionales. Algunas mañanas de la feria, como hacíamos muchos domingos, echábamos un desafío, un partido, en el que fuera campo de futbol de la carretera de Criptana. Nos solíamos jugar un fondo, poca cosa, que poníamos los equipos rivales y se llevaba el vencedor. Aquel campo, lindero con la estación estaba atravesado por un arroyuelo utilizado como vertedero de una especie de brea, negra y densa, que ponía perdido el balón cuando caía en él. En medio del campo colocaban, a veces, un ring donde se celebraban veladas de boxeo organizadas por Paco el Bizco.

La feria también era propicia para retos entre nosotros. Demostrar habilidades y fortalezas eran hazañas juveniles tomadas muy en serio. Y más si había chicas por medio. Elevar hasta el tope un peso accionado con un potente martillazo, culminar el recorrido de un pesado proyectil por un carril ondulado hábilmente impulsado por la fuerza del concursante, tirar la pirámide de botes de un pelotazo, quitarle la escoba a la bruja del trenecillo, acertar en el disparador de la cámara fotográfica del tirapichón o en el dispositivo que abría la compuerta al camarero portador de un vasejo con mistela o tronchar de un disparo el palillo en el que estaba pinchado un cigarro…y no digamos si conseguías esquivar los ataques de los contrarios en los coches de choque. Eran tiempos en que hacer ostentación de lo varonil o la hombría, como se prefiera, en todos los órdenes y de las maneras más ingenuas, daba apariencia de especie dominante. Así eran las cosas.

En la feria de 1963 me hice novio formal, como se decía para diferenciarlo de noviazgos pasajeros, propios de quienes como yo éramos de condición enamoradiza. Lo de “formal” es lo que creí. Yo iba detrás de Matilde, compañera de estudios de Magisterio de la Academia Cervantes. Me empecé a acercar a ella - “acercarse”, así se llamaba a los primeros intentos pretendientes – por la Semana Santa de ese año. En junio aprobé las oposiciones a Maestro Nacional y me dieron La Solana. Tenía que incorporarme a la escuela a principios de septiembre, pero me daba tiempo a pasar la feria aquí. Le insistía pero no me hacía caso. Y no me quería ir del pueblo sin saber si éramos novios o no. Conseguí subir con ella a la noria, sentados uno frente al otro. Ella llevaba un traje de chaqueta de cuadros escoceses que me gustaba mucho y que le sentaba muy bien. Además dejaba al aire sus rodillas por las que sentía un especial atractivo. Tan cansino debí ponerme que acabó diciéndome que sí. Nos fuimos de la feria, la acompañé a su casa y yo a la mía para salir al día siguiente hacia La Solana. Le escribí alguna carta que no contestó. Y cuando volví para la Virgen del Rosario fui en su busca. Ella no se había tomado en serio lo que para mi había sido un logro. Para ella era una licencia ferial, y por tanto pasajera. Porque la feria tiene ese punto ocasional, permisivo, que hace gozoso y aparentemente firme lo efímero y excepcional. Al fin, trascendimos la feria y nos casamos. Y celebramos más ferias, pocas desgraciadamente, disfrutando de todas las atracciones del real, como debe ser. No montamos nunca en los poni porque meaban mucho y no soportaba el fuerte olor úrico que invadía aquel recorrido monótono y circular.

Gran acontecimiento ferial eran los festejos taurinos. Además de los del pueblo, acudían forasteros sobre todo el día en que intervenían los toreros de más renombre. Mi madre sacaba el traje de mi padre, de paño oscuro, el único que tenía haciendo bueno el proverbio de Coralio Alaminos “si quieres estar fuerte y sano, la ropa de invierno llévala en verano” y porque el sueldo de los Devis no daban para más. Lo usaba para los toros, las bodas, los entierros y para ir al médico. Llevaba camisa blanca abotonada hasta el cuello y boina negra. Así y fumándose un buen cigarro de picadura salía para la plaza. Los chicos nos íbamos a la Fonda Francesa, cerca de la estación donde se vestían los toreros. Nos arremolinábamos en la puerta con la intención de tocarles el traje, aunque no daban ocasión porque salían muy deprisa y se metían sin hacernos caso en el Hispano Suiza que los llevaba a la plaza, celosamente custodiada por Rosillo el Barato, conserje inflexible y cumplidor. Nosotros bajábamos, desde allí, detrás de las mulillas que eran de la Carolina, madre de Pepe Ortiz el dueño de la plaza, la banda de música que dirigía el maestro Pinilla y el caballista de turno que pedía las llaves. Terminado el festejo, la tertulia de los taurinos seguía en la terraza de Tabique en la plaza del Ayuntamiento acompañada con un jarrete de vino y gaseosa o un espumoso masagrán, como los que todavía es capaz de preparar Manolo el de La Viña.

Alcázar ha sido tierra de toros desde muy antiguo. La cría de toros, de mulas, caballos y ovejas, además del cereal y el vino, han sido fuente de riqueza para unos pocos y sustento para muchos durante siglos. En las vegas del Záncara, el Caz y el Gigüela, hasta las sierras de Herencia, pastaron toros bravos que bien pudieran ser los originarios de la casta Jijona, una de las fundacionales de las ganaderías bravas hoy desaparecida: toros corpulentos, cornalones, astifinos y de pelo colorao encendido. Toros en estado prácticamente salvaje. Toros que se lidiaron en el siglo XVII en la Plaza Mayor de Madrid y en las sucesivas de madera habidas en la Puerta de Alcalá hasta que se construyó la de obra, donde siguieron lidiándose toros alcazareños casi hasta finales del XIX por las figuras más prestigiosas: Pepe Hillo, Costillares, Pedro Romero, Cúchares según la documentación existente en la Biblioteca Nacional cuidadosamente revisada y catalogada por Fernando García Bravo. Ganaderos alcazareños fueron: Ressa, Quintanar, Guerrero, Marañón, Conde de las Cabezuelas, Barchino, Infante y algunos otros. Supongo que igualmente se lidiarían aquí con motivo de algún solemne acontecimiento, o a beneficio del Hospital, de los conventos para auxilio de los pobres, de algún gremio, o para obras municipales, que eran, en sus inicios, los fines habituales de los festejos taurinos. No el enriquecimiento particular de los promotores como empezó a practicarse después. Y sigue practicándose.

Otro ingrediente básico de la feria es la música. Han sido muchos los artistas, bandas, orquestas y grupos que amenizaron nuestras fiestas. Por afición, amistad y reconocimiento cito a José Menese, ortodoxo en el estilo y rebelde en sus mensajes: “S´acaban mis fuerzas/ me mantengo firme/partío me vea, pero no doblao/por más que m´obliguen”, cantaba por seguiriyas. En la feria de 1988 hizo cartel con Camarón de la Isla; en la de 1997, en solitario, fue homenajeado por la Peña Flamenca de Alcázar. Ángel Cartas, compañero de escuela y amigo, me recordaba aquellos momentos feriales de cante grande vividos en el pueblo. Imposibles ya de repetir. Los dos, uno gitano y otro payo, serán históricamente recordados como el último baluarte de una forma de entender y practicar el flamenco en trance de desaparecer. Ahora es otra cosa. Menese volvió por Alcázar con motivo de mi casamiento con Manuela celebrado en el corralón de la bodega de Angora, hoy convertido en restaurante ocasional.

La feria sigue manteniendo, además de las fechas, atracciones y espectáculos propios de antaño. Está bien. Pero ahora que Alcázar ha sido declarada “Ciudad de la Ciencia y la Innovación”, que me consta hay diseñadores y creativos de relieve, sería una buena apuesta adentrarse en juegos populares acordes con los intereses científicos y tecnológicos del siglo XXI que pueden ser tan divertidos como los tradicionales. Y por supuesto compatibles. Podrían simularse viajes galácticos; inmersiones en el mundo de las partículas atómicas; estancias en Júpiter; alojamiento, manutención y aseo en estaciones espaciales; recorridos por la copiosa lluvia de las perseidas, conocidas como lágrimas de San Lorenzo; itinerarios esquivando meteoritos y otros obstáculos estelares; baños energéticos en la enigmática materia oscura; recogidas de basura cósmica ampliando los principios ecológicos al Universo; paseos en el espacio y el tiempo relativistas; atrapamientos por los insaciables agujeros negros; visitas guiadas por el núcleo atómico… Ahí están los drones para llegar a cualquier parte del macrocosmos y del microcosmos, pero ojo con sucumbir a las tretas de Pokémon Go, el último grito para consolas que ya está dando más de un disgusto porque esas criaturas pueden esconderse en los rincones más impenetrables. Recuerdo los padecimientos por el tal Pikachu, y otros cromos de la colección, que tenía obsesionado a mi hijo Santiago, veinteañero ahora. Adentrarse en esos escenarios fantásticos, casi mágicos, es formativo, inquietante y atractivo siempre que se procure el consumo prudente de los recursos virtuales, a los que no debemos dar la espalda pero sí acotar su utilización.

Empieza la feria, queridos paisanos. Sed espléndidos y generosos en la diversión pero comedidos en el gasto que luego queda mucho tiempo por delante. Disfrutad de esta ocasión festiva, anual y merecida. Y a partir del día nueve a estudiar, a trabajar, a desempeñar cada cual desde su cometido honradamente las obligaciones que le corresponden, a convivir con respeto y comprensión para que Alcázar, además de una ciudad por la ciencia sea una ciudad por la concordia, por el bien común, por la diversidad, por el progreso, por la tolerancia, por el bienestar y por el buen gusto que caracteriza a los pueblos cultos. Este es el compromiso de los alcazareños, los nacidos y los no nacidos aquí; se acaba siendo también de donde se vive y en beneficio del lugar hay que comportarse.

Un fuerte abrazo. Y vamos a gozar de ese estallido de luz, sonido, emociones, ajetreo y sabores que es la feria de nuestro pueblo. ¡Felicidades!

Muchas gracias.

Antonio Moreno González


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Feria y Fiestas 2016 Alcázar de San Juan
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