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José Benito Gallego Marchante | El Toboso 05/06/2018
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Artículo con motivo del Día del Corpus Christi de El Toboso (Toledo) que ensalza la labor, ilusión y trajines de las muchas personas implicadas en hacer más esplendorosa y ferviente esta solemnidad.

No es Toledo. Ni tampoco Lagartera o Camuñas, donde la festividad del Corpus Christi tiene reconocida su fama cifrada en múltiples declaraciones de interés regional, nacional e internacional. Aquí se trata de El Toboso, un núcleo de no más de dos mil habitantes ubicado en un extremo de la provincia toledana, el que hocica a las provincias de Cuenca y Ciudad Real conjuntamente. La Mancha toledana. Y es sin duda el Lugar, la Cuna y la Patria de la sin par Dulcinea, de renombre y atractivo universal.

En este contexto tan cervantino y quijotesco es en donde también acontece la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Nuestro Señor Jesucristo que, abreviando, se resume en la expresión latina Corpus Christi. Cuenta con larga tradición e historia en El Toboso, lo mismo que su hermandad del Santísimo Sacramento o de “cristianos viejos”, como se recoge en las relaciones que Felipe II mandó dictar en 1575. Desde antes, en pleno siglo XVI y hasta ahora, el Corpus toboseño no ha interrumpido su cabalgadura entre la fe de los fieles y devotos de la localidad.

No es un desacierto escribir que El Toboso es tan Eucarístico como Toledo, Lagartea, Camuñas y el resto de la diócesis y provincia. Si bien el corazón del hombre es lo que sólo ve Dios, no hay espejismo alguno en saber que lo que brota de ese corazón humano es lo que agrada a Dios y hace el bien al prójimo. Se trata de un mandamiento que no ha perdido efectividad. Y esta obligación se representa de muy variadas formas que existen los días del Corpus de El Toboso. Es la que sale del corazón de cada toboseño hacia su Jesús Sacramentado.

Quisiera con estas letras reconocer con admiración y agradecimiento a los muchos vecinos de la Patria de Dulcinea por su cabezona y laboriosa ornamentación con que revisten y engalanan las calles por donde el Santísimo Sacramento se pasea cada año el día del Corpus. Una manifestación de fervor popular que en estos últimos años ha ido en aumento, perfeccionando lo que “aquellos cristianos viejos” comunicaron a las generaciones de ahora con el fin último de honrar y adorar a Jesucristo, presente y real en la Eucaristía. Alfombras, tapices, colgaduras, pendones, colchas, bordados, encajes, banderolas, altares, macetas, tiestos y flores, serrines, cojines, bolillos, palmatorias, imágenes sagradas, incienso, cera de “los vara o los pifa”, aromas del tomillo, la yerbabuena, mentas y mastranzos, jazmín y pétalos de rosas a miles. Un rosario de enseres domésticos que ese día toman la vía pública para hacer de El Toboso una estampa eucarística de primer orden. Un altar.

Digamos que se dan como dos procesiones, la previa y la solemne. Las dos con su encanto. La solemne es la que arranca desde la Catedral de La Mancha que es lo mismo que decir la Iglesia Parroquial del pueblo, para terminar en este mismo punto de inicio. Es en ésta donde toman protagonismo las asaciones religiosas y laicales, cofradías y hermandades, músicos y monaguillos, clero y niños de primera comunión, los mandamases con sus contraseñas políticas y el pueblo fiel que dibuja este cortejo en filas. Todos acompañando al Señor Sacramentado, manifiesto en una Custodia brillante y resguardado bajo un soberbio palio hecho con más puntadas de ajuga que monjas ha habido en la historia del convento trinitario, el lugar donde fue parido. Y todos con sus faroles y escapularios, esa pieza repujada de oretes que cuelga entre pecho y espalda y que ha dado de comer ya no solo a las trinitarias, sino a las clarisas también. O sea, que las monjas equivalentemente están en la procesión solemne, bien por los escapularios que bordaron, bien por los estandartes y banderas que salieron de sus manos.

Y la previa. Es decir, la que comienza días antes, la que toma carrerilla para que todo esté a punto. Es esa otra procesión donde se mezclan las idas y venidas, las escaleras y los potros. La que se llena de mesas, soportes, alfileres, imperdibles, puntadas de última hora. La que ve cómo se levantan los altares y empieza a organizar las macetas y los tiestos. La que prevé en segundos los posibles riesgos. La que no deja ni reja, ni balcón, ni puerta o portada al descubierto. La que separa el sol de la calle con los toldos. La que hace del suelo un lugar para arrodillarse. La que permiten que ellas vayan en zapatillas, batas o mandiles mientras ellos visten de chándal o con mono de trabajo. Todo es más que digno porque lo que se trae entre manos es para dignificar. Meritorio. Hasta el chocolate y otros complementos que los mozos del Santísimo van ofreciendo a toda esta empresa de trabajadores que no constan en la seguridad social y están, desde primera hora, en la calle. Como los jornaleros del evangelio (Mateo 20,1-16), gustosos de estar en la viña de su Señor, no exenta de envidias y recelos por la generosidad de este Dios incalculable.

Son tantas las vivencias en esos días, en esa mañana de Corpus de El Toboso, a esas horas de los primeros rayos de sol… que cuando ya está todo a punto alguien siempre añade: “el año que viene…” Y se deja así firmado el contrato de ilusión para el próximo Corpus. ¿Quién lo contará? «Ni el hijo del hombre conoce el día y la hora, sino solo el Padre», aseguran los evangelios (Marcos 13,32). Será verdad. Mientras tanto, Toledo, Lagartera, Camuñas, El Toboso y todo el orbe católico anunciamos tu muerte, proclamamos tu resurrección, ven, Señor Jesús, en tu Eucaristía, en tu Palabra, en el prójimo. Amén.

José Benito Gallego Marchante


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