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Natividad Cepeda | Los Lectores 13/09/2018
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Carta al sacerdote Jaime Quiralte Tejero

Ha empezado septiembre y te hemos despedido con un canto de amor en mitad de la fiesta de la Eucaristía con la fe encendida semejante a las velas que alumbran el altar.

Ha llegado septiembre con su dulce y suave melancolía de membrillos y uvas y el revuelo de las primeras hojas llevadas por el viento en busca de la muerte.

Ha llegado abriendo las puertas de las aulas a esos escolares que aprenden a pilotar la nave de la vida con libros y palabras de los hoy, denostados maestros.

Y no te encontrarán en clases de religión mezclado entre ellos con tu mirada alegre similar a un prado en primavera porque como las golondrinas vuelas a otros territorios.

Y sabemos que no caminas solo pues contigo va toda la entrega que tú nos regalaste cuando aquí llegaste veinteañero manchego a bautizarnos niños y a despedir a nuestros muertos.

Nos has regalado tu juventud celebrando en la iglesia el mandato de aquél Jesús nacido en Belén constante de pasión en cada homilía y en el saludo amigo al verte por la calle.

¿Sabes? que sin proponértelo, tu encanto nos fue dejando el rastro del Dios al pie de ese continuo catecismo de amor de un día y otro día, sin pedir nada a cambio.

Y no es que nos hayas resuelto las dudas de ese hondo sentir que a veces nos abruma y como los pastores de toda Nochebuena, seguimos llegando al Sagrario a buscar al Maestro.

No, pero has sido como un acueducto que nos señalaba por donde el agua llegaba a las moradas del alma y al escucharte, Jaime, sacerdote católico, nos dejabas sintiéndonos mejores.

Mira, tú has sido nuestro amigo, con tu prisa y tu risa de querer contentar a todos sin que tú te quisieras un poco y, a todos nos parecía que tú jamás desfallecías ni tenías problemas.

Y nadie comentaba que este chico sufriera o se desalentara porque Jaime, el joven sacerdote que canta y toca la guitarra, declama en el teatro y organiza una tras otra convivencia a los jóvenes llevase algún fracaso e injusticia en los pliegues del alma.

Somos todos así, un balde de agua sin etiqueta porque contigo todo era diáfano igual que cuando el sol al amanecer besa los campos y por cotidiano, nunca damos las gracias al Señor, por ese gran regalo.

Hoy la iglesia de este pueblo olvidado en los mapas del mundo de nombre Tomelloso se ha quedado pequeña para que por última vez tú bendijeras el pan de nuestros trigos y el vino de las viñas que aguardan la vendimia mañana.

Y al llamar las campanas por la tarde, sentíamos que Jaime nos llamaba, o creíamos que su sonido nos invitaba a valorar todo lo que ahora perdemos con tu marcha.

El templo se ha llenado de hombres y mujeres de edades diferentes, buscadores del horizonte que Cristo nos señala, el que a ti te eligió y escuchaste su llamada. Y mira que es difícil seguirle con firmeza sin dejarnos comprar ni traicionarle. La memoria flaquea y hasta que no canta el gallo hay veces que sentimos el miedo y el silencio nos hace reos de nuestra cobardía.

Es cierto y es verdad que todos nos caemos y buscamos refugio en el amor de Dios y en su Evangelio de las santa escritura y escuchamos a ese sacerdote a veces sin oírlo igual que se oye el rumor del aire pasar por los árboles que hay junto a la iglesia.

Somos tan estrechos de miras que ignoramos la soledad del otro; al que estrechamos la mano cuando deseamos la paz, ese ruego que nos da el sacerdote y nos desea todos desde su soledad en el ara sagrada del altar.

Hoy el templo era un templo de amor, nosotros, todos sentíamos tener que despedirte y cuando el cielo retumbó quitándose el calor de los días con la lluvia caída, recordé que cuando por primera vez nos llevan hasta el templo, el agua nos recibe y nos acoge en el seno de la madre Iglesia y nos despide cuando el sacerdote nos rocía el ataúd con el agua bendita.

Once años calle arriba y calle abajo, nos has acompañado Jaime Quiralte, noble hijo de Alcázar de San Juan, sacerdote católico, perseguido y vejado hoy igual que ayer, muchos de tus compañeros. Once años de amistad y trabajo y sin palabras el pueblo de Dios ha prorrumpido en mitad de la eucaristía en emocionado aplauso. Once años de un hombre ejemplar: Cristo Jesús te lo premie y te siga llevando por caminos de luz.

Mañana, estimado Jaime, tú no serás notica de los grandes diarios, ni de la televisión y sus cadenas, ni de esos portales de Internet que aglutinan millones de seguidores. No te darán el Nobel, ni te impondrán condecoraciones, afortunadamente…

Mañana septiembre volverá a sentirte orar por esta tierra que sigue siendo demasiado valle de lágrimas y rezarás por ella bendiciendo su afán, y cuando pase el tiempo y seas menos joven, recordarás el templo de este pueblo manchego escuchándote en silencio y reteniendo las lágrimas porque tú te estabas despidiendo.

Que bella es la amistad y aquellos que saben compartirla. Que hermoso es saber que no todo es feo y deleznable en esta sociedad. La música de los últimos días del verano es de melancolía cuando por el ocaso vemos a los que se marcharon.

Mira Jaime, los tomelloseros rezumamos mosto en vez de sangre. Mosto que nos golpea el corazón y nos lo deja hecho cuarterones, sí cuarterones de amor porque al cuidar nuestras viñas todos somos lagares de Dios.

Vuela como las aves Jaime y sigue llevando alegría allá donde tú vayas.

Natividad Cepeda


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