2734 parra uvas
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Natividad Cepeda | Los Lectores 21/09/2018
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Mi casa tenía un patio grande empedrado de guijarros redondos, tan brillantes, que parecían lavados en el río de la Puente Nueva, adonde al terminar la vendimia, el abuelo y sus pisadores iban a lavar las serillas de pleita que habían quedado pegajosas del mosto reventado de las uvas.

Crecí bajo la sombra de una parra domestica de tronco grueso apoyado en la pared del patio de los tiestos a los que ella daba sombra en los calurosos veranos de mi tierra. El abuelo la cuidaba de tal manera que yo pensaba que la amaba mucho más que todas las cepas de sus viñas. En el invierno los sarmientos eran una tela de araña familiar donde se posaban los gorriones que me esperaban para que les diera miguitas de pan dejadas en el suelo. Y cuando el tiempo del frío amainaba de hielos, el abuelo la podaba sin que yo lo notara. Por mayo ya habían llorado sus sarmientos y los brotes blanquinosos parecían bolitas de algodón suspendidas en la altura del cielo azul de la mañana. Después todo se cubría de verde y las pámpanas formaban con el sol un encaje sobre los guijarros del patio. A su amor, decía mi abuela, que florecían los geranios, la celinda, petunias y otras flores que nadie sabía cómo se llamaban, y cuando empezaba la vuelta al colegio, por septiembre colgaban los racimos verdirrojos de las uvas de gayo de la parra.

La casa, por entonces, se envolvía en el aroma de las uvas traídas de las viñas hasta el jaraíz. En los alfeizares de las ventanas, se colocaban velas y candiles dispuestos para bajar a la cueva y saber si el tufo, dejaba entrar en la bodega subterránea a los hombres. Las puertas se cerraban cuando el vino hervía y al terminar los borbotones de las tinajas, el abuelo y sus ayudantes remecían el vino y yo bajaba a verlos hacer aquella faena cotidiana.

Ese era mi mundo, un temblor de pasiones sin otro manuscrito que las voces de hombres y mujeres girando alrededor de las uvas y el mosto. Mi observatorio estaba impregnado de lo que les escuchaba decir en su gramática parda, dentro del triángulo del patio de la parra, el jaraíz y el vino nuevo. Y no había entelequia en sus lenguas cuando me contaban que todos nosotros pertenecíamos a Iberia, a las gentes que desde hacía milenios cultivaban las vides en la misma tierra que yo pisaba.

En ellos me miraba porque eran mi espejo, lo mismo que los racimos de la parra que se reflejaban en el pilón grande del patio de las plantas. Me enseñaron a mirar hacia atrás cuando los pueblos eran celtiberos y en tinajas se guardaba el vino en las cuevas escavadas en las mismas viviendas.

Nada es nuevo aquí, nosotros somos como las plantas nacemos, crecemos y depositamos nuestra semilla en la tierra para perdurar como la vid convertida en vino desde hace siglos: aprende a leer, me decía el abuelo, para que no seas como otras mujeres a las que les he comprado tierras y firmaban el contrato con el dedo. Aprende y ama lo que tenemos.

La infancia es una pequeña ráfaga de aire sutil que nos pespuntea el alma dejándonos el ayer arrasado de nombres. Nombres unidos a la tierra y al vino desde Mesopotamia y caldeos, sumerios y fenicios de aquel Abrahán venido de Ur, descendiente de Noé al que Dios, le ordena emigrar a Canaán. Emigrante bíblico con el vino y la familia colonizando tierras… La Historia rozaba mi infancia desde la lectura y las leyendas de los mayores siempre unida a la vid. Yo escuchaba en silencio mientras el abuelo le daba al timón de hierro de la prensa y narraba epopeyas de cuando los cristianos, reconquistaban pueblos y plantaban viñas, para hacer del vino la sangre de Dios.

Al final de septiembre, por San Miguel, se ponía el potro de madera en el patio y con cuidado se cortaba uno a uno los racimos de la parra. Se seleccionaban las uvas grandes y lavadas se depositaban en unos grandes tarros de cristal cubriéndolas de aguardiente tapándolas herméticamente para la Navidad y también para cuando a las mujeres les doliera el vientre. En platos de la cartuja sevillana, se disponían algunos racimos y se los llevaba a las vecinas como regalo. Y las vecinas me preguntaban si habíamos hecho el arrope.

Mosto hervido y reducido para las gachas de arrope y el mostillo. Mosto y vino, alcohol vínico para el mosto y a los dos meses la mistela dulce de color rubí topacio. Todo sacado del vino. Vino y vida, olor a permanencia desde la noche de los tiempos al mañana que nos aguarda. De la vid descendemos y dependemos. Permanecemos aquí, desde la estela de las parras domésticas en sucesión continua con la civilización del vino, sintiendo su estimulo más allá de la muerte y los fracasos de la misma vida.




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