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Natividad Cepeda | Los Lectores 03/10/2018
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Ha llegado el final de septiembre con esa calma suya de calor o tormenta. Ha llegado y ahora hay que despedirlo con el sabor agraz de las uvas tan escasas de grado y el miedo, de que la mucha cosecha no valga lo que para conseguirlo se invirtió en el viñedo. Las últimas bocanadas del verano son como poemas que acarician el alma en esa huida de reposo de la fascinación de la naturaleza y, de la pasión por los poetas. Y leo, leo sin medida ni norma porque en la lectura encuentro mi camino y me detengo hoy en ese poema del libro “El oficio de hombre que respira” de Francisco Caro, Premio Antonio González Lama 2017: un libro de poemas que yo, personalmente leo muy despacio porque mi anhelo es divisar el anhelo del poeta cuando viaja a su emoción y crea ese pensamiento transformado en un poema. Para mí, ignorante en esa sabiduría que refleje la crítica de un libro, es primordial detenerme en sus páginas, cuando el libro es un poemario, porque leerlo de corrido, para mí, es cometer un sacrilegio sobre ese edificio sagrado de papel, que es un libro de poemas.

Anoche había luna llena y al andar por las calles comprobé que nadie la miraba. Anoche cuando el silencio se atenuó y por la calle ya no pasaban los tractores con sus cargas de uvas, empecé a leer…

”Dice el reloj las ocho/ con voluntad de goce y una luz/ leve roza mi piel, me invita. /¿ Qué he de pedir al tiempo?/ le pregunto a un paisaje/ de cañas y de bronces ya segados,/ el que mide mis horas./Por el atardecer camino, paso/ repensando septiembre,/ repensándome, veo/ cómo me observan, silenciosos,/ los mirlos en las tapias/mudas, de pardo adobe/ nada dice el espliego ni la higuera/ el extenso amarillo/ no pronuncia mi nombre, todo/ en el alrededor me muestra su distancia, / todo es quieto/ bochorno en ruinas, el severo/ real donde combaten lo fugaz y lo inmóvil./ Tal vez algo/debería romper el rigor del silencio/ y hablar, y hablarme en este íntimo/ crepúsculo de jaras y de cuarzos/ que me contempla/ y ni siquiera el aire, por temor al futuro,/ responde a mi pregunta/ mas contra todo ganas/ de escribir este instante, y me confieso: no sé si plenitud o si vacío.”

Entre el ropaje de la noche los versos me parecieron intensos. Por encima del ventanal la tierra en su girar me dejaba ver la luna penetrando el negro de la noche con su respirar de aire noctambulo tan suave que no silbaba por las ramas de los árboles continúe leyendo el siguiente poema; “La visita del ángel” “Ahora que es octubre/y su provocación/ ahora que se amagan y tiñen por costumbre/ de abandono las voces,/ y el calor, ya sin fuerza,/ va llenando de huecos cuanto amamos”…

Seguí leyendo y entre el murmullo de la noche hice míos los veros del poema. El aire y la escritura los ruidos de la casa que cruje en el silencio traían en su envoltura el estremecido eco de un poeta, allí, encerrado en la libertad de un libro.

Un libro estructurado en tres partes, la primera llamada “Del sur en la escritura” contiene quince poemas. La segunda llamada “Patio en agosto” contiene doce poemas. Y la tercera llamada “Lo fugaz y lo inmóvil” contiene cinco poemas. Antes, al abrir el libro El título, “El oficio del hombre que respira”. El premio conseguido y EOLAS ediciones. Se pasa la página y hay tres citas escogidas por Francisco Caro, con las que el poeta nos indica el caminar por el qué él, ha seguido y, los poetas que le cuestionan y admira. La primera cita es del poeta canario Luis Feria, de donde el libro coge su título. La segunda cita es del poeta valenciano Cesar Simón, y la tercera cita es del poeta abulense Vicente Martín: tres poetas desaparecidos físicamente a los que la muerte no ha apagado sus voces, por eso Francisco Caro traza el sendero de su libro con sus citas. Después el encuentro con el libro, con el poeta, con el hombre, con la persona que escribe su prédica poética con su alfabeto materno. En un primer poema sin título, que nos indica el tránsito por el que discurrirá el lector. Por donde avistará los espacios del alma que gracias a la imprenta nos une a su autor. Y leo; se lee.

“Lenta/ y oscuramente trama, dice/ esa oruga que horada/ la voluntad del olmo que la aloja/ y con sosiego roe/ la desnudez del árbol/oculta y libre/ bajo el rugoso/ edificio que ofrece la corteza/ lejos del vocerío, de la luz y los otros…”

Solitaria y eterna es la soledad del Ser Humano, junto al ansia infinita de la imaginación, hacia donde nos lleva ese universo que nos hace soñar y preguntarnos a dónde vamos, también en los poemas. Sí. “El oficio del hombre que respira” es un libro filosófico con la descripción de un poeta; nos adentra en su impulso y en su retina lunar. Esa luz que nos invade, la del firmamento, que ahora apenas si vemos, por la luminosidad de las ciudades, pero que nos invade el alma y, es la que describe página a página en este libro.

No he desgranado los poemas ni los he estudiado a la manera que se escribe sobre un libro, porque me he cansado de que los libros de poemas no se lean. Este pequeño apunte es un intermedio para invitar a hojearlo y a pararse en algunos de sus poemas; sin prisa, para ver y comprender todo lo que se ofrece al lector. Así se cierra el libro y en la contraportada Francisco Caro, escoge seis versos del penúltimo poema de la tercera parte, “Miro el fuego”

“Nunca sé si pretendo/ o no escribirme, / ¿qué tristeza me urge?/ Miro el fuego, confundo/ el acto de quemar y el hecho de vivir, / el ruido de la lumbre y la memoria”

El instante integrador de lo vivido con la mítica imagen del fuego: la luz de la razón que se libera al ir reconstruyendo tantas secuencias de la vida. Respirar y vivir Francisco Caro, es escuchar la voz de tu destino.

Natividad Cepeda


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