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Javier Alcalá Escribano | Los Lectores 07/12/2018
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Un contrato social internacional para garantizar el desarrollo del ser humano

La Declaración Universal de los Derechos Humanos, cumple setenta años, el día 10 de diciembre del presente año. Dicha Declaración ha servido, a que las sociedades en su gran mayoría, respeten y cumplan con los derechos del ser humano, y el desarrollo de las naciones, aunque, no deja de ser una encrucijada para la reflexión personal y global, ya que persiste el ideario y la teoría de tales derechos por un lado, y por otro, una verdadera falta de cumplimiento pragmático, en la vida real de los pueblos, sociedades y estados.

En la actualidad, todos los Estados Miembros de las Naciones Unidas han ratificado al menos uno de los nueve tratados internacionales básicos de derechos humanos, y el 80 % de los Estado miembros, ha ratificado al menos cuatro de ellos, lo que constituye un gran acierto y éxito, pero hay que hacerse la siguiente pregunta sin dilaciones ¿en verdad existe la internacionalidad de los derechos humanos en todo el planeta?

Resulta innegable, la gran aceptación por parte de la aldea global de los derechos humanos, enfocada más en un discurso político y social, que eclipsa en sí, su verdadero cumplimiento a nivel internacional, de la dignidad humana, dado que gran parte de la población del planeta, no puede disfrutar de ellos, ni los gobiernos son garantistas de su cumplimiento, más allá del programa o color político que gobierne en cada momento, como de las situaciones económicas o sociales que atraviesa cada Estado.

La Declaración, se proclamó por la Asamblea General de la ONU, en su Resolución 217 A, del 10 de diciembre de 1948, en París. Consta principalmente de 30 artículos que se consideran básicos y cuyos antecedentes más próximos se deben a la Conferencia y Carta de San Francisco, California, en relación a la 2º Guerra Mundial, el 26 de junio de 1945, siendo firmada por la mayoría de los estados miembros representados. Entró en vigor el 24 de octubre de 1945, después de ser ratificada por los cinco miembros del Consejo de Seguridad (EEUU, Francia, Reino Unido, China y Rusia), como respuesta a los horrores de la Segunda Guerra Mundial y como un intento positivo para crear nuevo orden internacional, y evitar futuras guerras, bien civiles o mundiales. El proyecto de Declaración se sometió a votación el 10 de diciembre de 1948 en París, y fue aprobado, por los que entonces eran los 58 Estados miembros de la Asamblea General de la ONU, con 48 votos a favor y las 8 abstenciones de la Unión Soviética, de los países de Europa del Este, de Arabia Saudí y de Sudáfrica.
Además, otros dos países miembros no estuvieron presentes en la votación.

En 1993, reunidos 171 Estados, en la ciudad de Viena, se aprobó por consenso, la Conferencia Mundial de Derechos Humanos, con un lema muy idílico, y lejos de la realidad: “todos los derechos humanos son universales, indivisibles e interdependientes y están relacionados entre sí”.
El debate sobre los derechos humanos es permanente, y el resultado de su evaluación global es negativo, ya que su eficacia y eficiencia, deja mucho que desear, principalmente en esa dicotomía, entre su fundamentación teórica, y su aplicación práctica, que en muchas ocasiones, son caminos que se bifurcan, entre los que se debe garantizar y entre lo que incumple.

La Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas, en el 60 aniversario de la Declaración de los Derechos Humanos, con el lema “Dignidad y Justicia para todos y todas” confirmaba que la DUDH, había sido traducida a más de 360 idiomas, cuestión digna de elogio, respeto y admiración, aunque lamentablemente, el aumento y el número de traducciones no significan que su aplicación se efectiva ni real, ni tampoco proporcional en el aumento de su cumplimiento.

Para llegar a la Declaración Universal de Derechos Humanos, hay que reconstruir la historia, principalmente la historia occidental, y hablar como se conoce en Filosofía, del constructo de “contrato social” como un acuerdo realizado entre todos los seres humanos, de forma artificial, para poner orden y convivencia, incluyendo la idea de justicia ante los conflictos, frente a un orden o ley natural, en la que impera la fuerza, o el poder. Una vez admitido por consenso ese acuerdo, se admite ciertas figuras de autoridad que representan, velan y defienden las normas recogidas en el contrato social, bajo unos imperativos morales, cívicos, sociales y jurídicos, que deben ser respetados y cumplidos por todos.

Desde el punto de vista histórico, existen precedentes sobre la trayectoria de los derechos humanos, desde la época mesopotámica, pero su verdadero encuadre histórico tiene lugar en la modernidad de Occidente.

Tres declaraciones, fundamentalmente, influyen directamente en la Declaración de los Derechos Humanos, sumadas a los tratados, códigos y pactos internaciones producto de las dos guerras mundiales. Cronológicamente, la Declaración de Derechos de 1686 de Inglaterra y la incorporación en su constitución de 1679 (la ley de Hábeas Corpus, supone un cambio muy significativo en el derecho de la época), la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de 1776, del 4 de julio, (basada a su vez en la Declaración de Derechos de Virginia del 12 de junio del mismo año), y por último, la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1789, de la Revolución Francesa.

Resulta sumamente curioso, que el propio Preámbulo de la Declaración del Hombre y del Ciudadano, afirmase expresamente que “la ignorancia, la negligencia o el desprecio de los derechos humanos, son las únicas causas de las calamidades públicas y de la corrupción de los gobiernos.” Un preámbulo que puede aplicarse a la propia DUDH, y a las constituciones democráticas, cuando cada uno de esas “enfermedades” tiene lugar, bien por separado o en su conjunto, en nuestro omento actual.

Tres filósofos principales, marcan el trazado y la secuencia histórica del contrato social, bien para las constituciones nacionales, o para la DUDH; Thomas Hobbes, John Locke y Jean Jacques Rousseau.

Tomas Hobbes, escribe en 1651, “Leviatán” durante el periodo de guerra civil de Inglaterra, en la que expone cómo debe ser el poder, para una autorregulación de la naturaleza humana, en base a un contrato social, que preserva el instinto de conservación, frente a los conflictos. Por ello Hobbes, plantea un poder que gobierne a todos, cuya soberanía, bien en un monarca o en un parlamento, debe obligar a todos al respeto de las reglas de convivencia, según un contrato social.

Para Hobbes, el hombre es malo por naturaleza y a su vez sólo el hombre puede acabar con el hombre. Para Hobbes el ser humano tiene que crear una norma suprema que autorregule la convivencia del ser humano y de las sociedades, frente a la ley natural o ley de la selva. La frase asociada a Hobbes es “Homo homini lupus”

John Locke, recoge su visión del contrato social en su principal obra, “Dos ensayos sobre el gobierno civil” (1690) donde expone libremente que el ser humano tiene el derecho y el deber de conservar su vida.

También explica que el ser humano no es súbdito de ningún otro hombre, sino que es libre, pero necesita de la existencia de una autoridad artificial, que ponga orden en la comunidad, en caso de conflictos entre seres humanos, a través de la justicia, frente a un estado de naturaleza, para mediar o defender los intereses propios y/o ajenos, siempre que todos los hombres renuncien a la ley natural, y cumplan con las leyes establecidas. ,

Jean-Jacques Rousseau, en su influyente tratado “El contrato social”, publicado en 1762, considerado como el mirlo blanco, de las constituciones modernas, expresa bajo un lenguaje jurídico, las relaciones entre los hombres y las sociedades. Para Rousseau "el hombre ha nacido libre y, sin embargo por todas partes se encuentra encadenado", pero a diferencia de sus predecesores, el filósofo francés, cree en que los hombres, voluntariamente renuncian a su ley natural, para cumplir con unas reglas sociales, a cambio de beneficios e intercambios, como de crecimiento y calidad de vida, dando luz verde al contrato social, por amplia mayoría.

Para Rousseau, a diferencia de Hobbes, el hombre es bueno por naturaleza, y en el predominan sentimiento como el amor propio, el amor a los demás, la autoprotección, la compasión, la piedad, la ayuda.

Por ello, la DUDH, contiene en sí una mayor influencia de las postulas de Locke y de Rousseau, que de Hobbes.

La DUDH (Declaración Universal de los Derechos Humanos) se compone de un preámbulo y treinta artículos, que recogen derechos de carácter civil, político, social, económico y cultural.

El preámbulo de la DUDH, llamado también exposición de motivos, constituye un valor en sí como intención de la propia Declaración, y se redactó al final de su elaboración, para guardar esa coherencia y cohesión inspiradora de tales derechos. Los artículos del 3 al 11, pueden definirse como derechos de carácter personal. Los artículos de 12 al17, como derechos del individuo en relación a la comunidad, los artículos del 18 al 21 como de derechos de pensamiento, de conciencia, de religión y libertades políticas, Los artículos de 22 al 27 como derechos económicos, sociales y culturales, los artículos del 28 al 30, versan sobre la importancia de su condiciones y límites sobre todos los derechos que deben ejercerse.

Vivimos en un mundo de datos, gráficas, barómetros y estadísticas de todo tipo. Desconozco si existen datos estadísticos del cumplimiento de los derechos humanos, en estas siete décadas, y de su evolución desde el inicio hasta la época actual, tanto por países, como por continentes, y por resultado global, pero, sin duda, hay indicadores negativos, de que queda mucho por mejorar.

Existen clasificaciones de las generaciones de los derechos humanos. Algunos autores hablan de tres generaciones de derechos humanos, otros de cuatro generaciones, y otros de cinco generaciones. Cada generación va ligada a unos derechos básicos, en función de la propia historia vivida, y en general se corresponden, con los derechos de libertad, igualdad, fraternidad, el cuidado del medio ambiente, la bioética, la protección de datos y los derechos digitales, incluyendo el derecho al olvido, entre otros. En ocasiones, algunos expertos en derecho, centran más sus debates, en si los derechos de tercera o cuarta generación, atentan y contradicen los derechos de primera y segunda generación, que en el cumplimiento de todos los derechos, por parte de todas las sociedades, pueblos, estados o naciones.

Si la DUDH, es en sí un consenso internacional de contrato social entre las naciones y los estados, cada Estado, como miembro, además de cumplir la premisa de que su propia Constitución se basa en la DUDH, debe garantizar el cumplimiento del contrato, para lo que se creó. Los derechos y deberes no son inmutables e indefinidos, pero desde una coherencia interna, una mayor número de derechos, implica un mayor número de deberes, que deben complementarse, por todas las partes implicadas.

Javier Alcalá Escribano

Pedagogo, Educador Social y Técnico Superior en Integración Social



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