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manchainformacion.com | El Ingenioso Hidalgo 28/02/2019
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“En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:

-La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer; que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.” (1, 8)

Así comienza una nueva aventura de don Quijote, quizás la más conocida aunque no se haya leído el Quijote. Cervantes pone a prueba la valentía, o temeridad, de don Quijote ante unos molinos de viento, amenazadores gigantes para él, en la ficción del Quijote. Por su situación geoliteraria en la novela, y su gran número, solo pueden ser los molinos de Campo de Criptana, que aún en 1750 su número era de treinta y cuatro.

En un amanecer de julio descubro así los molinos de viento de la Sierra de Criptana. Paisaje real, el mismo paisaje que se podía ver desde este camino hace cuatro siglos, algunos de estos gigantes aún conservan su maquinaria original. Cervantes así los vio. Don Miguel pasó un buen tiempo de su vida por la Mancha aunque hoy no tengamos evidencias documentales, ¡que no las tengamos no quiere decir que no existan! Los archivos españoles, locales, regionales y nacionales, siguen sin terminar de escudriñarse, aunque también es posible que muchos de los legajos, para este quijotesco interés, se hayan perdido, quemados o vendidos, incluso al peso, simplemente para habilitar los espacios de los archivos municipales para otros menesteres, porque aquellos documentos muy viejos o carecían de importancia para los “sabios” ediles de turno.

Para escribir el Quijote, dirigido a los lectores de principios del siglo XVII es imprescindible pasar y estar en esta tierra. El escenario de las aventuras de don Quijote, sin tener en cuenta la parte aragonesa y catalana, es evidentemente manchego, aunque hay autores que defienden que por la vaguedad de la descripción del paisaje pueden ubicarse las aventuras del hidalgo manchego en cualquier zona de las dos Castillas, e incluso de León, olvidándose de los topónimos nombrados explícitamente por Cervantes que definen los bordes de la comarca, el hábitat cercano, de Alonso Quijana el Bueno y Sancho Panza: Tembleque, Quintanar de la Orden, Argamasilla de Alba y Puerto Lápice. Comarca manchega con los molinos de viento de Campo de Criptana, únicos “gigantes” en ese número en toda Castilla, con El Toboso como referencia capital y el camino de Toledo a Murcia atravesándola.

Quizás hoy, Cervantes, podría haberlo escrito desde algún dispositivo conectado a internet en cualquier lugar del mundo, e incluso, en lugar de la Mancha, hacer a don Quijote cabalgar por la Quinta Avenida de Nueva York y pasar la noche entre los árboles de Central Park. ¿Habría sido el cuento muy distinto? Yo personalmente creo que no. Cervantes iba en mula y hoy nos desplazamos en aviones y trenes de alta velocidad, pero la condición humana sigue teniendo los mismas virtudes y pecados que Cervantes, con superlativa ironía, criticó en su Quijote. Pero Cervantes vivió hace cuatro siglos, y solo habiendo conocido personalmente el paisaje, y el paisanaje, de la Mancha podía hacer una historia, geográfica y humana, creíble para sus lectores. Algunos de ellos, viajeros como él, reconocieron sin duda alguna el paisaje del Quijote según pasaban sus hojas.

Cervantes transitó la Mancha por sus largos y llanos caminos, comió y durmió en sus ventas, se calentó junto al fuego reparador de aquellos alojamientos al lado de venteros, criadas, arrieros, trajinantes, cuadrilleros y oidores, y conoció y trató a sus gentes sencillas. De esa experiencia de vida por la Mancha escribe el Quijote. Y con la imagen del paisaje manchego crea el escenario por el que lleva en la ficción a don Quijote, el medio físico por el que el Caballero de la Triste Figura va de aventura en aventura, haciendo de la geografía real de la Mancha el vínculo de la ficción del Quijote.

Las acciones, las aventuras, de don Quijote tienen implícitas críticas al hombre, sociedad, política, Iglesia y Corona, y a casi todas las instituciones coetáneas con su vida. Escoge como protagonistas a un loco y a un pobre simple con el fin de que sus palabras y hechos no puedan ser censurados por la autoridad eclesiástica que velaba por la buena moral en los libros. Evita así la censura, y para enviar su mensaje a su lector “solo” tiene que hacer creíble su cuento, también en el espacio y en el tiempo. Su memoria, fina ironía, gran humor e ingenio hacen posible este novedoso trabajo narrativo. Ha pasado mil veces por los caminos y parajes en los que enmarca las acciones del loco y el simple, ¡esta es la sencillez y credibilidad del Quijote! Realidad y ficción vinculadas por el paisaje manchego.

Dos meses antes de la celebración del tercer centenario de la publicación de la Primera Parte del Quijote, aparecían en el periódico El Imparcial de Madrid una serie de quince artículos con el título de LA RUTA DE DON QUIJOTE, firmados por José Martínez Ruiz, “Azorín”. El joven periodista fue enviado por José Ortega Munilla, director del periódico, a la Mancha para que siguiese los caminos y lugares reales que hizo el hidalgo manchego en la ficción de Cervantes. Cómo fue el encargo en el despacho del director del periódico, nos lo contó Azorín en Madrid (1941):

"Va usted primero, naturalmente a Argamasilla de Alba. De Argamasilla creo yo que se debe usted alargar a las lagunas de Ruidera. Y como la cueva de Montesinos está cerca, baja usted a la cueva. ¿No se atreverá usted? No estará muy profunda. Y, ¿cómo va a hacer el viaje? No olvide los molinos de viento. Ni el Toboso. ¿Ha estado usted en El Toboso alguna vez? ¡Ah, antes que se me olvide!

Y diciendo esto, don José Ortega Munilla abre un cajón, saca de él un revolver chiquito y lo pone en mis manos. Le miro atónito. No sé lo que decirle.

-No le extrañe a usted -me dice el maestro-. No sabemos lo que puede pasar. Va usted a viajar sólo por campos y montañas. En todo viaje hay una legua de mal camino. Y ahí tiene usted ese chisme, por lo que pueda tronar"

En la ruta cronológica que aparece en El Imparcial, que en ese mismo año de 1905 ante el éxito de sus artículos llegó a publicarse en un libro con el mismo título, siempre se ha tenido por cierto que Azorín se sube en un tren en la estación de Mediodía de Madrid bajándose en la estación de Argamasilla (actual estación de Cinco Casas). En el segundo artículo, EN MARCHA, describe la amena conversación con un viajero en el tren:

“-¿Va usted -le he preguntado yo- a Argamasilla de Alba?

-Sí -me ha contestado él-; yo voy a Cinco Casas.

Yo me he quedado un poco estupefacto. Si este hombre sencillo e ingenuo -he pensado- va a Cinco Casas, ¡cómo puede ir a Argamasilla? Y luego, en voz alta, he dicho cortésmente:

-Permítame usted: ¿Cómo es posible ir a Argamasilla y a Cinco Casas?

Él se ha quedado mirándome un momento en silencio; indudablemente, yo era un hombre colocado fuera de la realidad. Y, al fin, ha dicho:

-Argamasilla es Cinco Casas; pero todos le llamamos Cinco Casas...”

La línea ferroviaria de Alcázar de San Juan a Manzanares se inaugura el 1 de julio de 1860. Una de sus tres estaciones intermedias toma el nombre de Argamasilla.

Cuando en 1914 se inaugura el tramo ferroviario desde esta estación hasta las localidades de Argamasilla y Tomelloso, cambia su nombre por la de Cinco Casas. Azorín pudo conocer esta estación en 1905 con el nombre de Argamasilla.

La ruta de don Quijote de Azorín, publicada en El Imparcial, también tiene parte de ficción, como el Quijote de Cervantes. Es el mismo Azorín, treinta años después, quien nos confiesa como fue realmente la ruta seguida, ¡que no es la publicada! No llega en tren a la estación de Argamasilla (Cinco Casas) y desde allí continúa su viaje en diligencia hasta la villa ilustre de Argamasilla de Alba, sino que su destino inicial e inicio de su ruta es otro: la ciudad de Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha, como él mismo la define en su último artículo. En el periódico La Prensa de Buenos Aires, el 7 de abril de 1935, lo podemos leer en su artículo Las Rutas Literarias:

"En cuanto a la ruta de Don Quijote, recordamos de ella muchos lances e incidentes. Lo más típico de este itinerario son los lugares de la Mancha. Y allí, en la Mancha, están Argamasilla de Alba o Lugar Nuevo, y el Toboso, y Criptana, y Alcázar de San Juan, y Puerto Lápice. Hicimos nosotros esta ruta en 1905, con motivo del centenario de la primera parte del "Quijote". En Alcázar de San Juan alquilamos un carrito; no había entonces automóviles; si los hubiera habido, no nos hubiesen servido; los caminos no los permiten. En un carrito que guiaba un antiguo repostero que vivió y trabajó en Madrid, hicimos todo el viaje por pueblos y aldeas de la Mancha. Salimos de Alcázar de San Juan, fuimos a Argamasilla; visitamos las lagunas de Ruidera; penetramos en la cueva de Montesinos; nos detuvimos en la posada de Puerto Lápice, donde el célebre manchego veló las armas; contemplamos los molinos de viento en Criptana; hicimos una larga estación en el Toboso..."

Azorín llega en tren a la estación de Alcázar de San Juan y desde allí comienza su viaje en el carro de Miguel, ¿nombre real o de ficción?, ¡para el cuento da igual!, para terminar su ruta manchega también en la misma estación ferroviaria de Alcázar de San Juan, de vuelta a Madrid. ¡Alcázar de San Juan es el inicio real de las aventuras de Azorín por la Mancha!, y de cuyo nombre no quiso acordarse, ¿de qué me suena esto?

Cervantes, como impulsor de la novela moderna, ha sido seguido en el uso de los elementos narrativos del texto (narrador, espacio y tiempo) por multitud de escritores hasta nuestra actualidad. En el mismo Quijote, definida como novela, se puede apreciar también el cuento y la crónica. El escritor pone la acción de sus protagonistas sobre un lugar en el que él mismo ha estado, o tiene información fiel de él, y describe incluso anécdotas vividas en primera persona, tal y como lo hizo Cervantes. Gracias a él y su Quijote, de esta manera tan sencilla, el escritor da credibilidad a la ficción de su novela. Azorín, en La ruta de don Quijote, realiza un viaje por la Mancha, con anécdotas y vivencias reales que después novela en sus artículos, dándoles más credibilidad. Además de cambiar el origen de su ruta, cambia también el orden de las etapas realizadas dirigiéndose antes a Puerto Lápice que a Ruidera, quizás porque la primera salida de don Quijote fue hacia una venta donde es armado caballero y estaba muy aceptado en su época que fue en una venta situada en Puerto Lápice. Sin la confesión de Azorín su Ruta es creíble sin duda alguna, aún en nuestros días.

El lector actual de una obra clásica, como el Quijote, siempre tiene que tener en cuenta el tiempo y espacio en el que se ha escrito, porque solo los lectores contemporáneos al autor reconocerán claramente el medio físico y humano narrado. Yo, hoy, sigo reconociendo perfectamente los caminos y parajes descritos por Azorín, e incluso el tipo de gente con el que conversó. Pero un lector de dentro de tres siglos es muy posible que no lo reconozca, e incluso tenga sus dudas si el periodista alicantino puso sus pies en la Mancha. Dudo mucho que en la Fonda de La Jantipa quede, incluso hoy, registro de su alojamiento, gastos… No habrá evidencias documentales de su paso por estos caminos y lugares, solo sus artículos y su libro. No hace mucho tiempo escribía un pequeño relato corto, que viene como ejemplo a esto:

“Amanece con mucho frío y aire en Chinchilla, ¡cuánto frío pasarían los presos en su penal hasta morir en él!, recojo mis cosas de la habitación del hotel y, después de tomar una crujiente flor manchega y un Cola Cao en la cafetería, arranco con dificultad mi viejo C5, y sigo mi ruta hacia Alicante. De pronto, sobre el horizonte, veo aparecer una gran fila de molinos eólicos, que con sus largos brazos en movimiento parecen guadañas de los hombres de Montoro queriéndome arrebañar más el IRPF…”.

Esto lo escribo en mayo de 2018. Si por cualquier casualidad estas líneas llegan a leerse dentro de cuatro siglos no duden que mi relato dará mucho que comentar entre quienes quisieran entender:
1) ¿Un penal en Chinchilla y había presos que morían de frío?
2) ¿Una flor en la Mancha que se come? ¿Qué es un Cola Cao?
3) ¿Y un C5?
4) ¿Qué es un molino eólico?
5) ¿Quiénes son y qué pretenden hacer los “hombres de Montoro”?
6) ¿Qué es el IRPF?

Hoy nadie, en España, se pararía durante esta simple lectura para seguir este relato. Algunos, todavía hoy, recordamos las crónicas de presos en el penal de Chinchilla, su castillo reconstruido en penal a finales del siglo XIX, durante la primera mitad del siglo XX, muchos aún comemos de desayuno, o de postre, una flor manchega de masa frita con azúcar y canela, y todos sabemos qué es un Cola Cao, que uno de los modelos de Citroën es el C5 y que un ministro de Hacienda del Gobierno de España, en mayo de 2018, era Cristóbal Montoro, y que entre sus funciones ministeriales es recaudar a los trabajadores el impuesto conocido como IRPF (Impuesto al Rendimiento de las Personas Físicas). El espacio elegido es evidente, de Chinchilla a Alicante por la autovía A31, como reales son los muchos molinos eólicos que generan energía eléctrica desde hace unos pocos años, que tantas veces he visto cuando he pasado por Bonete causándome mucha impresión, más aún de noche. No necesito inventar una ruta, un camino, una situación, solo el cuento de ficción. Si existe internet, o algo parecido, el avezado lector del siglo XXV pondrá en el buscador todos estos términos para entender mi cuento, y al poner "Montoro", lo que leerá es algo así: “Montoro, municipio español de la provincia de Córdoba, Andalucía”. Mi futuro desocupado lector, si aún existe España, Andalucía y la provincia de Córdoba, no entenderá nada de nada, y menos que unos vecinos de la ciudad de Montoro sean casi unos salteadores de caminos que me pretenden cobrar a la fuerza un peaje o algo así. Este relato está escrito hoy para lectores de hoy, como el Quijote para los lectores de principios del siglo XVII.

Cervantes inició con su ingenio la narrativa moderna. Estuvo, a mí no me cabe duda alguna, en la Mancha y la hizo patria inmortal de don Quijote. Es tierra de paso, de caminos, cruces y cañadas, que van a todos los sitios imaginables, con un inmenso horizonte y una luz que engancha, y su silencio, que lo dice todo. Es tierra de encantamientos, donde un majano a lo lejos puede parecer una iglesia, un molino un gigante, donde hay locos muy cuerdos, o al revés, y sencillos doctores legos.
En su cabeza, y en los cajones de su escritorio, tenía cuentos, novelitas, anécdotas con decenas de años que mezcla en el escenario real de la Mancha con sus personajes de ficción, que tal vez conoció a sus trasuntos de carne y hueso en algún lugar de esta tierra manchega. Critica a todo y a todos, pero sin hacer sangre, con fina ironía y gran humor, y terminado su trabajo, sale de su casa de la calle del León, hacia Antón Martín y entrega la carpeta con los folios manuscritos al librero Francisco de Robles. Este cuenta los pliegos de papel que saldrán de la imprenta, pacta con Cervantes su precio, quizá incluso sin leerlos, y contrata su impresión a Juan de la Cuesta, en la imprenta que este regentaba en la calle de Atocha, dando así forma de libro al Quijote, no sin erratas y habituales manipulaciones o arreglos del cajista de turno. Así, la Mancha de don Quijote pasa a ser una abstracción de la Mancha real, vista y admirada por Cervantes.

Azorín, tres siglos después, recibe el encargo de perseguir los pasos de ficción de don Quijote, quizá también fueron los pasos reales de Cervantes, por los caminos y parajes de la Mancha de principios del siglo XX. Está convencido de que “El Quijote es un libro de realidad; la Mancha, principalmente, es el campo de acción de esta novela. En la Mancha hay ahora paisajes, pueblos, aldeas, calles, tipos de labriegos y de hidalgos casi lo mismo -por no decir lo mismo- que en tiempos de Cervantes" (Artículo de Azorín Sobre el Quijote publicado en 1914).

Ha pasado muchas veces antes por la estación ferroviaria de Alcázar de San Juan de camino a Levante, su región natal, y Andalucía, y ha escuchado a empleados ferroviarios en los andenes pregonar a los viajeros el nombre de la estación y el tiempo de parada del tren en ella. Sabe que en Alcázar de San Juan es posible, con ciertas garantías, alquilar los servicios de un carro para su viaje y decide comprar el billete en la estación de Mediodía en Madrid hasta Alcázar de San Juan, aunque en su artículo lo alargue en la ficción hasta la estación de Argamasilla. Antes ya ha pasado por esta pequeña estación camino a Andalucía y ha escuchado: ¡Argamasilla, dos minutos! Escribe su segundo artículo para enviarlo a Madrid, lo esperan impacientes para publicarlo, y ese recuerdo cercano le ayuda para terminarlo: “Ya va entrando la tarde; el cansancio ha ganado ya nuestros miembros. Pero una voz acaba de gritar:
-¡Argamasilla, dos minutos!”

Azorín, como Cervantes, se aprovecha de su experiencia, de sus anécdotas reales para escribir los quince artículos inmortales de La Ruta de Don Quijote para el periódico El Imparcial. De no haber escrito su artículo en el periódico bonaerense La Prensa, nunca habríamos sabido que así lo hizo.

Alcázar de San Juan, capital geográfica de la Mancha para Azorín, actualmente cuenta con el título de Corazón de la Mancha, ha pasado desapercibida, a veces intencionadamente, en las rutas cervantinas que se han tratado de hacer oficialmente. Sin embargo, la mayoría de los viajeros que han venido buscando el espíritu de don Quijote siempre han pasado y parado aquí.

“¿Habrá otro pueblo, aparte de este, más castizo, más manchego, más típico, donde más íntimamente se comprenda y se sienta la alucinación de estas campiñas rasas…?”, así comienza Azorín su despedida en el último artículo publicado en El Imparcial y su ruta por la Mancha, antes de subirse en el tren en la estación de Alcázar de San Juan con destino a Madrid.


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