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Natividad Cepeda | Los Lectores 06/04/2019
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Ante las voces alzadas en defensa de la muerte en periódicos, cadenas de televisión, mítines políticos, y plañideras de la parca como solución ante el dolor humano que se erigen en “señores del bien común” para enmascarar lo que es segar la vida del nacido y que se rasgan las falsas vestiduras en favor de otras especies vivas, que no voy a pronunciar; ni atacar, sin buscar e invertir en investigación para paliar enfermedades terribles haciéndose eco, de esas manifestaciones y silenciándose, cuando se quitan de los Presupuestos del Estado partidas a los investigadores, me revelo por su ausencia de humanidad y de amor. Porque quien ama no mata al amado. Se olvida en esta sociedad blanda y enfermiza de placer y egoísmo, que no es nada nuevo dejar morir o ayudar a quitar la vida en otros sociedades anteriores, y que esas prácticas no ayudaron a esas civilizaciones, al contrario las envilecieron y se autodestruyeron. No es fácil separar la cizaña del trigo cuando hay pocos segadores. Pero el trigo es necesario para salvar el hambre de la humanidad; hambre de bondad y de entrega en favor de los unos para con los otros.

Sin ética ni fe en lo divino ni en lo humano las sociedades no encontrarán la luz del conocimiento y de la paz. Sin primavera no hay vida, y sin vida no hay primaveras.

Yo, solo tengo una vida en medio de otras vidas.
Un cuerpo que en ocasiones padece la sequía
de no ver el futuro con visos de esperanza.
Yo, que he cerrado los ojos de mis seres queridos
cuando se me han marchado, y su marcha
me ha dejado grietas de soledad, y luces apagadas
cuando el cielo de la madrugada era diáfano
he llorado como un sauce, por no tener junto a mí
la humana sombra de su amparo.
Yo, que cuando nadie creía en el milagro de la vida
de una criatura que apenas pesaba kilo y medio
su pequeñito cuerpo, oré sin poder rezar por esa vida,
y cuando las fuerzas me flaqueaban sin dormir
noche tras noche, al ver el tornasol de la alborada,
pegada a los cristales, aprendí a rezar el Padrenuestro
con fe y con verdad cuando mis labios lentamente
dijeron… Y hágase tu voluntad aquí en la tierra
como en el cielo…
Yo, hasta ese día, jamás
había comprendido esa oración de amor y fe
de Jesús de Nazaret.
La repito y me pesa aceptar su mensaje,
asumiendo lo duro de perdonar ofensas,
injusticias y burlas que existen en la tierra.
La vida es un corazón que alienta el corazón
de otros cuando los labios besan
hasta la misma muerte en esos otros labios
que se quedaron fríos, pero a los que seguimos
amando en su alabastro..
Y quitar esa vida es tornar a la agonía de perder
la esperanza en la faz de la tierra y perecer sin luz.
Yo, Dios me libre,
de juzgar a los otros,
aunque no me crea sus cuentos de ansiedad
por el otro, y le den a beber la muerte a sorbitos.
Tan absoluta y fea como quitar la vida a navaja
o cuchillo. Tercamente abogo por la vida,
por el amor que no grava su amor en las farolas
de los escaparates donde todos miramos.
Me quedo con el silencio anónimo de los que cuidan
a cuerpos macilentos, dependientes de manos
de los que sí los aman, por encima del tiempo
y de su propia vida, sin otro resplandor que la luz
del cansancio, junto a la fuerza íntima de un amor
que es milagro, definitivo y único para seguir andando.
Y que nadie se atreva
a decir que estoy equivocada,
porque tampoco ellos, los que aman la muerte,
están en posesión de la verdad en cueros.
Yo camino sabiendo que mi voz carece
de tribunas de poder e influencia y que me deshilacho
como hilo sin hilandera y barro sin alfar.
No tengo un discurso de progre entre las mieses
que amasan el pan de los que dicen amar
ese progreso de la indigna muerte a manos
de los otros. No. No soy quien influye
en esa masa inerme de los que han perdido
salud y lozanía, y me los quito como quien tira
unos zapatos viejos porque ya no nos son útiles.
Y, a pesar de tanto egoísmo en bocas
y escritores, poetas y políticos… yo espero
ese milagro de amar a los que no pueden
sostener ni sus manos porque nadie sabemos
lo que somos, y mañana seremos. Sólo tengo
una vida y ojalá que mi vida, no corte otras vidas.

Natividad Cepeda

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