Víctor Raúl López Ruiz | Los Lectores 24/04/2019
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El debate es un arte de la dialéctica desde muy antiguo, en el que para ganar el participante debe mostrar actitudes y aptitudes, definidas por una línea argumental clara, una réplica precisa con hechos ciertos en los que su oratoria, control del espacio y lenguaje corporal consigan el convencimiento del oponente o al menos el del espectador, quien externamente lo juzga.

Por eso el debate es tan necesario en democracia como el programa de gobierno, máxime si lo que está en juego es un cargo presidencial personal en el que la negociación y pacto serán valores determinantes para la gestión de gobierno a partir del 29 de abril.

Lo de ser determinante es otra cosa, tanto como colgar carteles junto a las farolas de una calle. El problema es si no lo haces o no participas, por lo que al quinto en el pleito esta situación no le favorece, entrando en la confrontación aunque fuese de manera indirecta abrazando el victimismo.

En la actual arena política, combatir una línea argumental, la programática, ha sido en este caso muy dinámica, al escuchar diversidad en las opciones, pero al tiempo sesgada desde el principio por el pacto o el acuerdo de bloques. La defensa de con quién podré o no estar se ha definido desde el principio con réplicas salidas de tono y actuaciones premeditadas ante la cámara, como el intercambio de libros entre Rivera y Sánchez.

Dialéctica e impacto visual

Estas situaciones se permiten en dialéctica y persiguen el impacto visual del espectador. La aceptación por todos de saberse en un escenario de pacto para gobernar ha marcado desde el principio las dos horas de intercambio de posturas. Iglesias, en este caso, se ha mostrado moderado y socio necesario de gobierno con el PSOE, quien desde una postura firme a través de Sánchez no ha cerrado puertas a nadie, pero sí ha negado pactos territoriales, mostrándose condescendiente con las “caricias” sociales de Podemos.

La sintonía del bloque de derecha ha sido más evidente y de ataque conjunto a Sánchez, en el que el nivel de Rivera ha rozado la mala educación, empobreciendo su argumento que, sin embargo, siempre ha sido claro y directo. El insulto no es necesario y si se provoca debe corregirse por el señor Vallés y la señora Pastor, que para eso estaban. Aunque fue un rol, el de árbitro, que Podemos hizo suyo.

Sobre los no presentes, casi innombrables por los posibles socios, fueron reclamados claramente en el trato de la violencia de género por el bloque de izquierda, y por supuesto en el pacto inicial junto al problema territorial por la derecha. El libro de Abascal y la foto con Torra fueron algunos de los recursos utilizados.

Por otra parte, el menosprecio a Iglesias por el bloque de la derecha le ha dado una perspectiva conciliadora y de claridad argumental que ha sabido rentabilizar, pues se trajo a la mesa la tesis del Presidente, y en el mismo debate se permitió que Podemos ofertara una batería de propuestas sobre vivienda ante la que nadie recordó su “casoplón” que hizo tambalear su postura por unos días con la consulta interna en su partido.

Formas y maneras

Volviendo al tema de formas y maneras, Casado se supo mostrar como líder de la oposición, con la intención de provocar la caída de Sánchez desde la derecha calmando la réplica de Rivera y mostrando calidad argumental junto a una capacidad clave en el manejo de un ingente conjunto de datos.

Sánchez estaba sereno, más firme, convencido como presidente y potencial ganador, obviando el indulto, pero afirmando las líneas rojas de la autodeterminación y el referéndum. No obstante, el discurso no era directo al espectador sino demasiado recurrente ante los moderadores. Iglesias manejó un discurso ágil pero excesivo, quizá venido a más por el claro impacto del regalo de la tesis al Presidente.

Para terminar, el debate no tuvo un titular de impacto sobre alguna novedad gubernamental, ninguno de los candidatos aportó novedad sobre la forma apriorística de hacer o conformar un pacto de gobierno. Tampoco sobre el empleo, la economía, inmigración, violencia de género, problema catalán, sanidad, educación o vivienda, pero si que Iglesias al ser evitado por sus contendientes aprovechó para exponer con claridad y presumir en su ejecución si gobierna junto al PSOE por lo que lo condiciona claramente al reparto del ejecutivo.

De esta forma, más que por los méritos de uno, por los deméritos del otro, esta puesta en escena entre candidatos deja como mejor rentabilizado los tiempos de los Pablos y en un segundo plano a Rivera y Sánchez, justo ese posible pacto que muchos siguen viendo posible a pesar de la negación de Ciudadanos.

Claramente la España bipolar sigue viva pasando del partido al bloque, pero contando con la división social y de seguidor o fans como recurso político, veremos, como todos valoraron posteriormente, qué decidimos los españoles el próximo 28A y qué papel jugarán en este bibloque político los innombrables, pero eso ya es otra historia.

Víctor Raúl López Ruiz


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