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manchainformacion.com | El Toboso 11/06/2019
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«En las convivencias se nos insistía mucho en que el Señor tenía un plan maravilloso para cada uno de nosotros, que estuviéramos abiertos a todo lo que nos pudiera pedir y que no dudáramos de que sus planes eran mucho mejores que los nuestros». Y así fue. Con 25 años es monja clarisa y desde hace siete vive en el Monasterio Nuestra Señora del Espino, en Vivar del Cid (Burgos).

El próximo domingo 16 de junio, solemnidad de la Santísima Trinidad, la Parroquia San Antonio Abad de El Toboso (Toledo), junto con toda la Iglesia en España, celebrará la jornada Pro Orantibus que en este 2019 tiene como lema «La vida contemplativa. Corazón orante y misionero». En esta jornada oramos por aquellos que, insistentemente y a diario, oran por nosotros. Son los monjes y monjas contemplativas, más especialmente, las religiosas de los Conventos de Clarisas y Trinitarias con que cuenta la parroquia toboseña. Y no sólo orar, también «manifestar el agradecimiento y el apoyo a los innumerables hombres y mujeres que esparcidos por la geografía española mantienen vivo el ideal religioso de la vida contemplativa», nos recuerda el párroco de la localidad y capellán de uno de los monasterios toboseños, Rvdo. D. Juan Miguel Romeralo Santiago.

Por este motivo, InfoParroquia EL TOBOSO ha querido conocer a una de sus muchas monjas que han nacido en la Patria de Dulcinea. «Pues sin duda y en estos tiempos, el Señor sigue llamando», asegura el párroco. Una de estas contemplativas es la toboseña Irene Rodríguez Esquinas.

A sus 18 años emprendió una gesta vocacional que le llevó desde el mismísimo corazón de La Mancha toledana, El Toboso y Quintanar de la Orden, hasta tierras castellanas de Vivar del Cid, en la provincia de Burgos, lugar donde la tradición sitúa el nacimiento de don Rodrigo Díaz, el Cid. Tiene 25 años y lleva siete como religiosa contemplativa en la Fraternidad de Clarisas del Monasterio de Nuestra Señora del Espino. Aquí tomó el nombre de sor Irene María. Y asegura «ser muy feliz por haber entregado al Señor toda su vida», como ella misma dice en el vídeo vocacional que la Pastoral Vocacional de la Archidiócesis de Burgos editó en marzo pasado.

Contactamos con sor Irene el 22 de mayo pasado. Ese día, memoria de Santa Rita, acababa de fallecer en el convento de Vivar del Cid sor Isabel María de la Cruz. «Es la primera hermana que fallece desde que estoy en este convento, pero tengo paz, está siendo algo muy hermoso» nos dice por teléfono sor Irene. Tras una larga conversación telefónica le pedimos que escriba para nuestros lectores de la web parroquial su propio testimonio vocacional. «Lo haré encantada, si la Madre me da permiso». Y es que las clarisas son muy observantes de su regla. Fue Santa Clara la primera mujer que escribió un tratado así de vida para sus monjas. 766 años después estas normas y reglas de vida siguen siendo válidas y actuales para sor Irene María y su comunidad. La Madre Abadesa, dos días después, le dio permiso. Y la joven toboseña nos comparte su experiencia:

Testimonio

Muy queridos amigos toboseños y muy queridos hermanos en Cristo todos los que visitáis esta página web parroquial. Paz y Bien. Aunque he vivido en Quintanar de la Orden (Toledo), soy hija de este pueblo de El Toboso, de Feliciano Rodríguez y Vicenta Esquinas, seguro que muchos me conocéis porque he corrido bastante por este pueblo. Mis padres me han educado siempre en la fe y mis primeros pasos en este camino se dieron gracias a ellos y a mis dos abuelas Lucía Molina y Luisa Arinero, porque mis abuelos yo no llegué a conocerlos. Recuerdo que entre semana vivía en Quintanar, pero los fines de semana íbamos siempre a El Toboso para estar con la familia. Allí mis padres me llevaban a misa los domingos desde pequeñita, hice allí muchas de mis confesiones, hacíamos la visita al Cristo, también íbamos a las Trinitarias y a las Franciscanas, y participaba a veces en el grupo de la parroquia. Puedo decir que allí recibí la semilla de la fe, esa semilla oculta en la tierra y que algún día daría su fruto.

Empezó la rebeldía de la edad. Ir a misa, rezar, que me hablaran de Dios… todo me parecía muy aburrido.

Cuando llegó la adolescencia, coincidió con la muerte de mis abuelas y las visitas a El Toboso eran ya poco frecuentes. Empecé a salir con los amigos por las noches, a los 14 – 15 años, mis padres me dejaban dormir más los domingos por la mañana con la condición de que fuera yo sola por la tarde a misa. Entonces acepté el trato, pero solamente abría la puerta de la Iglesia para mirar quién era el sacerdote, por si me preguntaban, y luego me marchaba con mis amigos. Empezó la rebeldía de la edad. Ir a misa, rezar, que me hablaran de Dios… todo me parecía muy aburrido. Siempre acababa discutiendo con mis padres cada vez que salía el tema de la Iglesia. Incluso algunas amigas mías que se acercaban a los grupos de la parroquia las terminé alejando porque no paraba de decirles que eso eran sectas, cosas que no eran normales. Hacía planes mucho más atractivos que captaran su atención para que no fueran a las reuniones o convivencias.

Llegó el tiempo de la confirmación y nuestros padres nos obligaban. Nosotras tampoco es que pusiéramos muchas pegas por ello, porque nos gustaba comprarnos ropa nueva y elegante y los regalos que se nos hacían por parte de la familia. Para confirmarse era obligatorio ir a una convivencia y nosotras, como queríamos librarnos de ella, nos habíamos preparado un falso justificante para escaparnos. Llegó el día de la convivencia y allí nos plantamos, dispuestas a que cuando pasara un rato poder presentar el justificante falso diciendo que nos teníamos que marchar. Cada una se había inventado un motivo: ayudar a sus padres, asuntos familiares, clases particulares…

Empecé a sentir atracción por confesarme para experimentar esa misericordia que ellas habían experimentado. ¡Quería comulgar! ¡Y sentir que el Señor estaba vivo!

Pero, ¿cuál fue nuestra sorpresa? ¡Estaba siendo todo muy divertido! ¡Juegos, yinkana, conocer gente nueva! Al final decidimos quedarnos y guardarnos los justificantes, porque no eran las charlas y rezos que nosotras pensábamos. Por la tarde, dos chicas del grupo de jóvenes de la parroquia empezaron a contar su testimonio. ¡¿Pero qué ha pasado en sus vidas?! Me preguntaba yo. ¡Sus vidas eran como la mía ahora! Y ahora, ¡dicen ser más felices viviendo una vida totalmente distinta! Empecé a sentir atracción por confesarme para experimentar esa misericordia que ellas habían experimentado. ¡Quería comulgar! ¡Y sentir que el Señor estaba vivo! Como ellas decían. La mayor sorpresa fue cuando nos dijeron que esa misma tarde los sacerdotes se pondrían a confesar y después tendríamos la eucaristía.

Tras la confesión y recibir la comunión empecé a llorar y a llorar, no podía creérmelo ¡había encontrado la verdadera VIDA! ¡Había encontrado a Jesucristo! Entonces decidí entrar en el grupo de jóvenes. Ahora mis amigas eran las que se oponían, las que intentaban convencerme de que me habían comido el coco. Teníamos 16 años.

Empecé a ir a más convivencias, peregrinaciones, oraciones junto con el grupo de jóvenes de la parroquia. ¡Ahora sí que deseaba ir! ¡Deseaba encontrarme con el Señor! ¡Conocer a más jóvenes creyentes! Esto me ayudaba a vencer las tentaciones que se me presentaban con mis amigos y el mundo. En las convivencias se nos insistía mucho en que el Señor tenía un plan maravilloso para cada uno de nosotros, que estuviéramos abiertos a todo lo que nos pudiera pedir y que no dudáramos de que sus planes eran mucho mejores que los nuestros. Recuerdo que hacíamos oraciones ante el Santísimo Sacramento de vez en cuando y siempre había un momento en el que se dejaba libre para rezar en voz alta cada uno lo que quisiera.

Decidí que cada vez que comulgara le preguntaría al Señor siempre lo mismo: «Señor, ¿Qué es lo que quieres de mí?»

Una de las jóvenes que me sacaba 6 años de edad, siempre le pedía al Señor que le iluminara que es lo que quería de ella, siempre decía lo mismo, esa frase de Sta. Teresa de Jesús: «Vuestra soy, para vos nací, decidme que mandáis hacer de mi» Comencé a pensar que quizá debería empezar yo también a pedirle al Señor que me iluminara que es lo que quería de mí. Si esta joven que llevaba más años que yo en la parroquia se lo pedía cada vez que rezaba y todavía el Señor no le había contestado… ¡Yo tenía que empezar pronto a preguntárselo! Decidí que cada vez que comulgara le preguntaría al Señor siempre lo mismo: «Señor, ¿Qué es lo que quieres de mí?»

Para mi sorpresa, en unos meses llegó la respuesta. En una oración escuché la llamada del Señor para entregarle mi vida en un convento de clausura dedicado a la oración. Conocía muchos monasterios como las Trinitarias o Franciscanas del mismo Toboso, las Trinitarias de Quintanar e incluso conocía a las Agustinas en Cádiz. Pero el Señor me recordó a las Hermanas Clarisas de Vivar del Cid (Burgos) que había conocido hacía unos meses en un retiro. ¡Esto no puede ser! Pensaba yo ¡Ahora sí que me estoy volviendo loca! ¿Yo monja de clausura? ¿Encerrada toda mi vida? ¡Ni quiero, ni puedo! Entonces intenté quitarme esto de la cabeza, pero no podía.

¿Cuál fue mi sorpresa? Y me rendí…

Pasaba el tiempo y la llamada del Señor seguía resonando en mí. Entonces decidí empezar un discernimiento con un sacerdote y con la formadora del monasterio. Me propusieron hacer una experiencia de 10 días para que de esta manera pudiera discernir mejor. Yo pensaba… ¿encerrada tanto tiempo?, ¡seguro que se me marcha esta idea de la cabeza! ¿Cuál fue mi sorpresa? A pesar de los miedos que llevaba a sentirme encerrada, a no poder vivir sin mi familia, amigos, móvil, ordenador… fue para mí una experiencia de libertad, de felicidad, una experiencia de que «sólo Dios basta». Y me rendí a pensar, pues como dice el profeta Isaías «sus planes son mucho mejores que los nuestros»

Cuando entré en el monasterio, hace ahora siete años, pensaba que dejaba mucho, pero confiaba que el Señor me iba a dar mucho más. Cada día que pasa me doy cuenta de que esto es mentira, que ¡yo no he dejado nada y encima me lo estaba perdiendo todo! No he dejado nada porque el Señor es TODO y Él me lo da TODO. Y me lo estaba perdiendo todo porque no había conocido lo maravillosos que eran los planes del Señor, ya que nunca había estado plenamente en ellos. Cuantos más días pasan, más voy confirmando que sus planes son mucho más altos que los míos. Estoy cada vez más agradecida al Señor por el gran don de la vocación. Como dice nuestra Madre Santa Clara, nuestra fundadora, «¡entre tantos beneficios como hemos recibido de nuestro Padre de las misericordias uno los mayores es el de nuestra vocación!»

¡Estoy feliz de haberme entregado totalmente al Señor!

¡Estoy feliz de haberme entregado totalmente al Señor! Os pido que recéis por mí, para que la semilla que un día el Señor quiso que fuera sembrada en ese pueblo, nuestro pueblo, no deje de dar fruto, que sea siempre fiel al Señor en cada momento de mi vida y mi vida sea fecunda para la vida del mundo, para vuestra vida.

¡Muchas gracias!


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