Santi plaza
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Santiago Escribano | Campo de Criptana 20/08/2019
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Fue en el siglo pasado pero ni mucho menos hace un siglo… Mientras los aún imberbes miembros iniciales de la orquesta Arizona realizan sus últimas pruebas de sonido en el pequeño escenario situado frente al Bar la Plaza, un sudor frío recorre la espalda de José Escribano cuando siente un cambio en la temperatura, seguido de un intenso olor a tierra mojada…todos saben qué sucede: está lloviendo cerca; peligra el primer baile del vermut dela historia de Campo de Criptana.

José, Joselín como lo conocen en la localidad, pide que se acerque inmediatamente Luis Muñoz (voz de la joven orquesta), pues deben, como únicos promotores de esta fiesta inédita en la localidad, dilucidar si se suspende el primer día del baile del vermut por las condiciones meteorológicas. Entonces un esperanzador rayo de sol logra atravesar las oscuras y amenazantes nubes negras que cubrían el cielo infinito. Superado el susto inicial, los cantineros comprueban que todo está listo para dar el pistoletazo de salida a una fiesta que sería seña de identidad de la Plaza Mayor; una plaza engalanada únicamente con unos coloridos farolillos de papel y vestida con las típicas barras rojas desmontables de publicidad, cual romería de barrio.

Pero aun siendo recatada la decoración llama la atención de la gente de Criptana y, junto con los compases musicales de inicio, los primeros curiosos comienzan a merodear, en estas horas del mediodía, la ya calurosa Plaza; siendo los “rezagados” de otra fiesta mítica de nuestro pueblo, los ye-yé, los primeros habitantes activos de este baile del vermut.

Al son de la mítica “Mi gran noche”, uno de los himnos ye-yé de la localidad, la orquesta Arizona mata dos pájaros de un tiro: espolea a los remolones nocturnos a seguir la fiesta y el público curioso comienza a embriagarse con la animación y el buen rollo de los sesenteros, apuntándose todos a la jarana. El abrasador sol ataca pero es contragolpeado por la cerveza y las refrescantes bebidas que corren y apaciguan la sed un gentío que, ayudado por algún que otro manguerazo de agua desde los balcones del Bar la Plaza de nuestra añorada Concha, ya se ha empapado (nunca mejor dicho) irremediablemente del significado de la fiesta del vermut…




Los años pasan. El baile del vermut evoluciona a bien y crece con pequeños esfuerzos, tenacidad y constancia. Día tras día. Año tras año. Pero llega la sorpresa. Trasladar el baile del vermut al caluroso recinto ferial fue una buena iniciativa para centralizar las fiestas pero que el paso del tiempo, siempre razonable, tomó la deliberación de que no abrazaría el éxito.

Ay los bailes del vermut y el vermut! dulce brebaje creado originariamente con fines medicinales; la medicina la necesitarán ahora muchos de los parroquianos después del descontrolado delirio etílico. Poco a poco este baile se transformó en el baile del mojito (perdón: pseudo-mojito, sé de lo que hablo); pero el baile de un mojito que no lo bebería ni uno de sus más firmes defensores como fue Ernest Hemingway (escritor a tiempo parcial, borracho a tiempo completo) cuya frase preferida confirmaba su personalidad dipsómana: “mi daiquiri en la Floridita, mi mojito en la bodeguita”. Un baile del vermut cuyos visitantes, muchos confundidos con la aleatoriedad de los horarios, aplacaban el calor sofocante con cervezas y refrescos “take away” comprados en bazares y pequeñas tiendas; ayudando con ello al necesitado pequeño comercio, pero llevando poco a poco a un desinterés del hostelero criptanense a explotar el servicio de barras del baile… Mors certa, sed hora incerta.

Y entonces el pueblo de Criptana exigió y esta vez sí fue escuchado. El baile volvió al lugar de donde nunca debía haberse ido. Y se recuperó( casi se reinventó) la fiesta, la alegría participativa y el despiporre faldicorto (moderado, of course) con las letras de nuestros vecinos de “Lo que diga Luisa” (herederos de la sencillez y del buen ambiente que desprendía nuestra recordada Orquesta Arizona), con la Reina y Damas inaugurando extraoficialmente los bailes con un vals, con la charanga “los monigotes” (vaya marcha locos… y lo que bebéis) recordándonos que la música y la danza son un lenguaje universal, y sobre todo con la risa, el alborozo y el punto canalla que tiene la gente de Campo de Criptana y que al fin y al cabo son alma de una fiesta de la cual son verdaderos propietarios. Porque el paso del tiempo dispone dueños ilegítimos que sólo la memoria devuelve a su lícito poseedor.

Santiago Escribano Jiménez

SOBRE MÍ: Me llamo Santiago Escribano, soy gerente de un pequeño local y apasionado de la coctelería, donde he ganado algunas competiciones a nivel nacional. También soy secretario de la Asociación de Barmans de Castilla-La Mancha, me encanta el mundo del café y ejerzo de profesor de destilados.
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