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Natividad Cepeda | Los Lectores 23/12/2019
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Señor dame tu luz,
para guardar en mi tu Navidad
y compartirla con los demás.


Solo en la infancia se cree en los milagros; en las infancias de los niños y niñas que no carecen de lo necesario para la vida. Sólo en la infancia se miran las estrellas soñando con ver aquella otra estrella, que dicen las santas escrituras, que guio a los Magos de Oriente, al menos creen los niños que se les narra la historia de un niño divino nacido una noche de invierno al amparo de un pesebre junto a una mula y un buey. Ante esa manifestación los niños han guardado en su memoria el rastro de un cometa que recorrió los cielos sin riesgo de perderse en su manifestación, de ser única en el tiempo, y por esa historia, ahora hay estrellas doradas y de falsa plata, de luces y colores alumbrando las ciudades de nuestro mundo.

Dicen los increyentes que aquello no fue así, y a pesar de las muchas razones escritas a lo largo de los cientos de años, más de dos mil, nadie puede demostrar que sea incierto, ni tampoco los que sí creemos en esa estrella y su mensaje, podemos demostrarlo, salvo con nuestra fe. Todos consideramos que llevamos razón y suponemos, en nuestro interior, que aun dudoso, no por eso vamos a dejar de celebrar aquella efeméride narrada durante tanto tiempo.

La estrella ha tomado tanta importancia que brilla en calles y plazas de nuestras ciudades. Ciudades antirreligiosas orgullosas de su laicismo en su búsqueda de una convivencia social carente de referencias religiosas, en el caso de la estrella, cristianas. Inicial pantomima al imitar profusamente en lo que no se cree. Pero quedan tan bonitas las estrellas de luces Led, que, a pesar del abuso del gasto, tan en contra, además, del ahorro de energía, ayuntamientos de aldeas y grandes urbes alquilan y pagan alegremente ese fasto inútil de la mascarada de la Navidad.

Esas estrellas inútiles sólo sirven para ser contempladas sin otro milagro que la carente economía que cuestan y que los ciudadanos pagamos englobados en altos impuestos. Sin embargo, todos buscamos ser felices debajo de esas luces y viajamos a verlas brillar para huir de las sombras de la guardarropía que se aloja entre arcos y árboles, bolas y falsa nieve de símbolos brillantes, sin ver en el cielo brillar las estrellas auténticas. Con todo la Navidad se hace presente entre nosotros y deseamos felicidad, ahora por ese medio de WhatsApp, tan recurrente y que nos va quitando el encuentro del dialogo, a no ser, que tengamos cena o comida preparada para juntarnos. Nuestra sociedad se desgaja entre abetos de plástico y árboles envueltos en bombillas relucientes mientras la pobreza avanza inexorablemente, a pesar de tanta charlatanería de todos los demagogos de nuestra sociedad.

Llueve en diciembre y ese bautismo de agua purifica las calles y nutre campos y lechos de ríos secos de mi amada tierra manchega. En otros lugares anega calles y desborda ríos probablemente por una ineficaz ingeniería urbana. Llueve y el cielo encapotado oculta las estrellas en la noche de invierno, a pesar de eso la estrella sigue alumbrando el camino, insistiendo, que Dios nace a pesar de nosotros mismos. Brilla su luz de amor en la Historia a raudales para quitar sombras. Alumbramos de falsas estrellas nuestras calles y casas porque no tenemos fe en nuestro destino y descuidamos amarnos.

Yo, sigo creyendo en esa estrella que significa paz. Creo en la Historia que me narra que nació un niño en Belén, Tierra Santa, y lo busco para alcanzar lo que el canto de los ángeles deseó la noche de Navidad: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad”.

Natividad Cepeda


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