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manchainformacion.com | El Toboso 25/05/2020
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La imagen, la historia y la leyenda. Un relato en tres horizontes para comprender el origen y la devoción al patrón de El Toboso (Toledo).

Durante estos días finales del tiempo de Pascua y previos a la solemnidad de Pentecostés, la localidad de El Toboso (Toledo) se prepara para celebrar una de sus principales fiestas, las de la Pascua de Mayo, dedicadas al patrón del pueblo, el Santísimo Cristo de la Humildad. Su imagen, de la que llama la atención su tez profundamente morena, así como la devoción primerísima que los toboseños le profesan, la consagran como la principal manifestación de fe que más corazones y sentimientos remueve entre todos los habitantes de la Patria de Dulcinea.

Pero, todos los fieles y devotos, ¿conocemos el origen de esta sagrada imagen y la devoción que en torno a ella se ha originado en el transcurso de los años? Algunos datos invitan a pensar que sí, pero la realidad pone en duda otras muchas apreciaciones, reduciendo todo lo concerniente a esta tradición a “un cuentan que… o dicen que…”, como expresión al más puro estilo localista y popular.

Con el presente artículo divulgativo queremos acercarnos, todo lo más posible que se pueda, a este vestigio perenne en el tiempo como es la devoción al Santísimo Cristo de la Humildad, patrón de El Toboso, desde un relato que contemple estos tres horizontes: la imagen, la historia y la leyenda.

Aunque es difícil superar las resonancias manchegas y cervantinas que la literatura universal otorga a nuestro pueblo, se trata ahora de zambullirnos en la hondura de El Toboso mismo para recuperar de su fondo aquellas imágenes, historias, tradiciones o leyendas que lo han ido forjando y sosteniendo a lo largo del tiempo, desde su fundación hasta el día de hoy. Y la fiesta de nuestro patrón es una pieza de las más importantes. ¡Comenzamos!

La imagen

Cuando nos acercamos a venerar en su ermita, o en estos días de fiesta, la imagen de nuestro santo patrón lo que estamos contemplando es un “Ecce homo”; esto es, la representación artística tradicional de Jesucristo coronado con una corona de espinas, vestido con un manto de púrpura sobre los hombros y una caña en su mano derecha, tal y como relatan los episodios de la Pasión en los Evangelios (Mt 27, 27-29; Mc 15, 17.19; Jn 19, 2).

El término “Ecce homo” (también se puede escribir todo junto eccehomo) es una expresión que encontramos en la versión latina del Evangelio (conocida como Vulgata) y que se traduce como: “¡Este es el hombre!”. Este término hace referencia al pasaje del Evangelio de San Juan (Jn 19, 5) donde encontramos estas palabras pronunciadas por Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea, cuando presentó a Jesús de Nazaret ante la muchedumbre hostil a la que sometía el destino final del reo, momentos antes de su muerte en la Cruz.

La imagen de nuestro Santísimo Cristo de la Humildad es eso mismo. Aunque, quizá, los rasgos característicos que se dan en la imagen que veneramos la convierten en singularísima y casi única en la zona donde radica, en plena macha toledana.

El Santo Cristo de El Toboso es solemne y esbelto, de talla mediana sobrepasando la cintura y entreviendo algo de la parte superior de las piernas. Es una imagen de candelero o bastidor, por lo tanto, para que se pueda vestir.

Posee erguida la cabeza y contiene un breve giro de piedad, al modo lacerado. Tiene dispuestas las manos a la altura de su pecho para sujetar una caña, que viene hacer las veces de cetro.

Sin duda, una excelente imagen de busto redondo, similar a las imágenes realizadas en Granada desde las primeras décadas del siglo XVI, con la tipología propia de las imágenes de pasión, según los sermones de Fray Luis de Granada o San Juan de Ávila, predicadores de estos misterios y a los que el arte post tridentino les debe buena parte de sus cánones y advertencias contrarreformistas. Esta forma de escultura alcanzaría su cenit en los obradores de Mena y de Los Mora a partir de los años cincuenta de aquel siglo XVII.

La actual talla de esta imagen, que sustituyó a la primitiva, desaparecida en la contienda civil española de 1936, es de madera policromada y se realizó en 1939 en unos talleres artísticos de Talavera de la Reina (Toledo), por expreso encargo un presbítero hijo del pueblo, intentando redimir los rasgos y características del antiguo y original Ecce homo que se veneró en El Toboso y del que, a día de hoy, conservamos algunas fotografías.

Pero lo más llamativo de la imagen se concentra en el color de su rostro y manos, ya que estamos ante un Cristo negro, o de tez profundamente morena. Posiblemente, el tono ennegrecido de la primitiva imagen sería el resultado de la tonalidad de la madera de la que fue tallado. No así la actual imagen, cuya policromía quiso guardar idéntico parecido con la original. Aunque esta característica azabache parece que la recibe milagrosamente más por su leyenda que por su historia, como veremos más adelante, pues esta particularidad dista en mucho de cualquier origen africano, como han querido subrayar algunos atrevidos historiadores. Ciertamente que esta negritud rebaja en algo el aspecto lacerado y la impresión lastimosa tan propias de las imágenes de eccehomo.

La historia

La imagen del Santo Cristo de la Humildad siempre ha estado asociada la existencia de un hospital de pobres y peregrinos que hubo en El Toboso.

En efecto, hace algo más de quinientos años, hacia el año 1508, nuestra localidad contaba, entre sus edificios civiles, un hospital para recoger a los pobres de la villa, los foráneos y los peregrinos que recorrían el camino medieval que unía Santiago de Compostela, Toledo, Murcia y Cartagena. Es el camino que ya el cartógrafo Pedro Juan Villuga, por el año 1546, señaló en su “Repertorio de todos los caminos de España, hasta agora nunca visto en el cual allarán cualquier viaje que quieran andar muy provechoso para todos los caminantes”, y en el que se describe este itinerario entre el sureste de la península hasta Compostela, que a su vez es herencia de los caminos medievales hispanos. Se trata del itinerario número 50 y que, en la etapa que discurre entre Las Mesas y El Toboso, se llamaba “Camino de los Valencianos” o “Camino de la Seda”, el mismo que mencionó Cervantes en el Quijote cuando se enfrenta al mozo de los comerciantes toledanos que iban a comerciar con seda a Murcia.

Por tanto, en los albores del siglo XVI y al igual a como ocurría en todas las villas de la Mancha Santiaguista, nuestra localidad se encuentra en la constante común de iniciar el siglo con el comienzo de todas sus edificaciones en piedra y cantería, entre ellas este hospital de pobres, un centro religioso caritativo de primera entidad en el pueblo.

Los que acudían a este hospital eran los pobres de la Villa, foráneos o peregrinos de la ruta antes mencionada y algunos enfermos. Y lo hacían por necesidad, los pobres; para dormir y descansar de su largo caminar en un sitio resguardado, los peregrinos que no tenían maravedís para pagar posada; para ser curados y atendidos de sus enfermedades, los aquejados.

Una de las principales causas, y por la que se acercaban muchos pobres quejumbrosos, era el mal de bubas, un tumor blando con pus, muy doloroso, que se formaba en las axilas, en el cuello o la región inguinal a consecuencia de la peste, la gonorrea, la tuberculosis o la sífilis, algunas de las muchas enfermedades principales y pandemias de la época. Y era aquí, en este hospital, donde estas bubas se las punzaban con plumas de gallina para sacar la pus y luego las vendaban; un método sanitario muy poco científico, más propio de barbero o cirujano poco experimentado, que lo que producía, la mayoría de las veces, era propagar aún más la enfermedad por todo el cuerpo.

La primera noticia que tenemos del hospital de pobres y peregrinos del Toboso, se remonta a la visita que hicieron los reformadores de la Orden de Santiago el 26 de julio del año 1511, contenida en los Libros de Visita de la Orden que se conservan en el Archivo Histórico Nacional (AHN). El hospital ya estaba construido en esa fecha, por lo que no es descabellado pensar que se hiciera a partir de 1508, y por mandato de la Orden, como en el resto de villas santiaguistas vecinas.

Era una casa muy humilde y pobre, aunque bien reparada; sin rentas algunas para poderse sustentar por sus propios medios, por lo que se mantenía con las limosnas que proveía el concejo. Disponía de tres camas con su ajuar de ropa. Nombraron por mayordomo al vecino de El Toboso, Hernán Muñoz, al que encargaron los reformadores que pasara el bacín durante las misas que se celebraban en la iglesia, para poder sacar alguna limosna adicional y poder atender las reparaciones que necesitase.

Pasaron cuatro años. El 8 de mayo de 1515 se produce una nueva visita de los reformadores y visitadores de la Orden de Santiago. El hospital no ha cambiado mucho, sigue siendo la casa humilde y pobre que era, salvo que ha aumentado su capacidad en una nueva cama. Continua de mayordomo Hernán Muñoz, que ha sido diligente en pasar el bacín en la iglesia, y con lo que obtiene más lo que le da el concejo ha podido mantenerlo de modo decoroso.

Tras diez años sin visitas, se realiza una el 29 de junio de 1525. Visitaron la casa de hospital, que encontraron muy pobre y a punto de caerse. El concejo de El Toboso la estaba derribando y habían comenzado a edificarla de nuevo, con materiales muy buenos, de gran calidad y de muros más altos que los anteriores; habían puesto gran ánimo para acabar rápido la obra. Sería un buen edificio de cantería para que durase tiempo.

Tenía el Hospital todo el ajuar necesario para montar cuatro camas. Poseía siete mantas, cinco de ellas frazadas, es decir, para cubrir la cama y dormir caliente, un colchón de jerga prieta, un tendido, dos sábanas, una almohada y una cabecera. Se ocupaba del cuidado del hospital su mayordomo Cristóbal Panduro.

Tenemos más noticias del hospital de pobres el 15 de abril del año 1529. Entonces se denominaba hospital de San Agustín y conocemos el lugar donde estaba situado, cerca de la Plaza. Un edificio nuevo, ya terminada la obra por el concejo de El Toboso, hecho por devoción. No es de extrañar que este nuevo edificio tuviese, imitando al anterior, una especie de oratorio o capilla en donde, como veremos, se originase la devoción del Santísimo Cristo de la Humildad.

Por seguir con el orden cronológico de esta exposición, el siguiente dato que tenemos de nuestro hospital lo encontramos en las Relaciones Topográficas que, en 1575, mandar redactar el rey Felipe II. A la pregunta 54 del cuestionario, el alcalde Pedro de Morales y el doctor Zarco de Morales responden el 1 enero de 1576, de esta forma: “Por hospital hay una casa que dejó una mujer particular de este pueblo, que se llamaba la Sanosa, y no le deja renta alguna, y sí las camas necesarias y lo demás necesario para albergar peregrinos y mendicantes; se provee de las limosnas que por el pueblo se allegan y mandas que hacen los testadores”.

Este hospital continuó en el tiempo atendiendo a pobres y peregrinos que lo visitaban. Sabemos que el 18 de noviembre del año 1752 continuaba existiendo hospital destinado a albergue de pobres transeúntes. La renta era nula, reducida a una pequeña porción de tierra de labor y dos capitales de censo que estaban puestos en rédito al tres por ciento de interés, según consta en el Catastro de Ensenada.

La leyenda

Es el tercer horizonte que nos proponíamos al inicio de este relato. Y posiblemente el menos científico con respecto a los vistos anteriormente, la imagen y la historia. Quizá porque los datos que aquí se recogen no dejan de ser un acopio de mitos, ficciones, invenciones o cuentos piadosos que buscan, fundamentalmente y sin otra equivocada intención, hacer creíble la presencia del Santísimo Cristo de la Humildad entre nosotros y desde antaño. Todo ello fruto de una robusta fe y expresión popular que, generación tras generación, nos los han contado como ciertos. No hay duda.

En cuanto al origen de la imagen del Santo Cristo en El Toboso han proliferado muchas y muy variadas tradiciones, diferentes entre sí, para precisar un mismo hecho: “Su aparición milagrosa y el posterior resultado”. La historia ha compendiado, como las más validas, dos versiones desemejantes y acaecidas en épocas distintas, mediando entre ellas bastantes años de diferencia. Aquí unas pinceladas de las dos con el arriesgado pronóstico de hacer un compendio de datos al final del relato.

La primera y más antigua de estas tradiciones nos remite a una imagen de Eccehomo que, bajo el título de la Humildad, perteneció a un hospital de peregrinos y pobres que, como hemos visto, existió en El Toboso a partir del siglo XVI. Una especie de centro religioso caritativo de primera entidad en esta época.

Dicho centro caritativo, el hospital, fue fundado por doña María Lanosa, mujer piadosa y beata, natural de este pueblo y a la que llamaban “la Sanosa”. Al quedar viuda y sin hijos, decidió entregarse a Dios consagrando toda su persona y sus propiedades a los más pobres y necesitados, destinando todos sus caudales en levantar una iglesia y sanatorio donde poder albergar a pobres, foráneos, peregrinos, mendicantes y enfermos. Dicho hospital-ermita careció en lo sucesivo de rentas y el sustento provenían de las aportaciones, limosnas y otras donaciones de la gente del pueblo.

Tal pudo ser la identificación de todos los habitantes de la villa con este centro hospital-ermita, hasta el punto de tomar como patrono la imagen del Cristo “de la Humildad” que aquí existió, muy probablemente a la que devotamente profesaría su consagración la citada beata Sanosa. Era de uso común por esta época que estos personajes místicos de baja entidad o carismáticos sueltos, atraídos por una experiencia de conversión o fuerte identificación con una imagen de Cristo, preferentemente en los misterios de Pasión, se ofreciesen por entero a este tipo de vida caritativa, también de forma individual.

Es más, la tradición popular pronto revistió a este Santo Cristo de hechos milagrosos, aumentado así la admiración y devoción. Uno de estos hechos, o tradición, relata cómo el Santo Cristo, en una noche cerrada de invierno, libró al hospicio y a todos sus moradores de ser saqueado por una banda de malhechores que se hicieron pasar por peregrinos. Fue el mismo Santo Cristo el que se apareció a la Sanosa y le advirtió de la presencia de aquellos hombres, así como de sus intenciones. Pronto se extendió este suceso y cómo el Cristo “de la Humildad” había protegido su casa, llegando a convertirse en guardián y custodio de este pueblo.

Damos un salto en el tiempo y nos situamos en 1780 para encontrarnos con la segunda tradición.

Juan Lope, de oficio piconero y casado en El Toboso, tenía dos hijos, el menor bastante enfermo, de difícil curación su dolencia. Había probado y gastado toda su fortuna con los mejores médicos sin hallar en estos éxito y remedio para el ansiado restablecimiento de la salud de su hijo. Un día, al regresar de su trabajo, encuentra una estampa de “un Cristo negro”, quizá sucia por el tizne del picón. Desesperado por la situación familiar, se encomienda al Cristo de la estampa. Al llegar a su casa y descargar el picón, halló la misma imagen negra del Cristo de la estampa, ahora toda resplandeciente, que le habló en estos términos: “Juan, tu hijo está curado. Vete al señor cura y dile que soy Jesús de la Humildad, custodio de este pueblo”. Inmediatamente, Juan comunicó la noticia al sacerdote y al regresar a su casa halló a su hijo menor milagrosamente curado de la enfermedad que le tenía ya dado por perdido. La tradición popular sitúa este hecho milagroso la víspera de Pentecostés.

Todo el pueblo acogió esta nueva noticia con gran alegría y regocijo y, al día siguiente, los cristianos de esta Villa rezaron ya a su santo patrón. Desde entonces, esta fiesta se viene celebrando por la Pascua de Pentecostés. Ese mismo año, en el lugar de la aparición se levantó una pequeña ermita y, años más tarde, a su lado, un pequeño hospicio para albergar a los más necesitados del pueblo, siendo Juan Lope el primer santero de la ermita y mayordomo del hospicio.

Síntesis

Para acabar este recorrido y a modo de resumen, vamos a rescatar algunos datos que hemos ido desgranado en los tres horizontes de nuestro relato, buscando más bien cómo nos pueden ayudar a entender mejor el origen y la devoción a nuestro Santísimo Cristo de la Humildad.

De los tres horizontes vistos: A) La imagen y la leyenda, con sus dos tradiciones, nos hablan de un Cristo, Eccehomo y negro, al que el pueblo acoge y toma como guardián custodio o patrono. B) La imagen y la historia nos muestran cómo este hospital, desde siempre, ha estado vinculado fuertemente a la imagen del Santo Cristo, aunque con personajes y en épocas distintas: la mujer beata Sanosa, al comienzo del siglo XVI (basta con mirar todas las fechas ofrecidas) y el piconero Juan Lope, en la segunda mitad del siglo XVIII (unos años después tras el Catastro del Marqués de la Ensenada). C) La historia y las dos tradiciones de la leyenda, nos ofrecen el dato de la existencia de un hospital para pobres y peregrinos en El Toboso, a lo que años más tarde se convertiría definitivamente en ermita, reseña que ha permanecido en la memoria de todos los toboseños. D) La leyenda nos presenta a la mujer beata Sanosa y el piconero Juan Lope como los dos personajes principales de los hechos milagrosos y quienes, además, eternizaron sus bienes materiales, así como sus vidas, para consagrarse al ejercicio de la caridad en ambas tradiciones: la mujer, al enviudar de su marido, y el piconero, al curarse milagrosamente su hijo menor. E) Finalmente y sólo la segunda tradición de la leyenda nos cita Pentecostés, al término de la Pascua donde se celebra la fiesta del Santo Cristo.

Así pues, en El Toboso tenemos como guardián custodio y patrono a un Cristo Eccehomo negro, al que desde, generación tras generación, se ha venerado en su ermita de la que se dice fue antes un hospital para pobres y peregrinos, acompañado siempre de los que a Él se consagran especialmente para un mayor signo de caridad (¿oferentes?) y su fiesta se celebra por la Pascua de Pentecostés.

Por tanto, nuestro Santísimo Cristo de la Humildad es, está y supera el horizonte de toda imagen, de toda historia y de cualquier leyenda. Pues los que aún hoy le profesamos esta devoción contemplamos en todo esto la relación del hombre con Dios, concretamente con su Hijo Jesucristo. Esta relación se da gracias a la fe que nos han transmitido y a nuestra actitud religiosa fundamental en que también se asienta nuestra relación con Él. Acojamos, pues, este relato y sus tres horizontes como experiencias de fe para poder seguir dialogando, aún en medio de las circunstancias que nos están tocando vivir y sufrir en esta Pascua de Mayo 2020. Cada uno de nosotros tenemos una imagen, la propia historia y nuestras vivencias personales que, los mismo que las experiencias de fe, son para nosotros ejemplares. Así pues, acercarnos a ellas como lo hemos hecho en esta narración será siempre un estímulo necesario que enriquece nuestra propia relación con Dios, revelado para nosotros en su Hijo «de la Humildad». Amén.



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