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Campo de Criptana

La anunciación del Ángel a María y la encarnación del Hijo de Dios

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El misterio de la Encarnación del Hijo de Dios solo se puede atisbar, que no comprender con los ojos de la fe.

De María sabemos poco, lo que nos cuentan los evangelistas en la sagrada escritura y lo que cuentan unos textos apócrifos que aparecieron a mediados del siglo II (Protoevangelio de Santiago, entre ellos). Pero sí sabemos lo suficiente para poder vislumbrar como fue ese momento que cambio el devenir de los tiempos.

Nazaret era una pequeña aldea del norte de Palestina. Su campo era relativamente fértil. En medio del pueblo había una fuente. Aquí vivía María, en la región de Galilea.

En el momento de la Anunciación, María tendría unos 13 años y ella ya estaría desposada (Lc, 27). Aunque nos parezca raro, en esa época las jóvenes se desposaban a temprana edad.

A pesar de ser tan joven, las palabras del Ángel Gabriel indican que María poseía para esa edad una plenitud interior y una estabilidad emocional muy superior y desproporcionada para su edad.

El saludo del Ángel omite su nombre propio: María. “Llena de gracia” le llama. “¡Buenos días, repleta de gracia! ¡Encantadora!” Dios encontró en María un encanto o una simpatía muy especial. Ella se había preparado sin saberlo para ese momento, toda su vida hasta entonces había estado guiada por y hacia Dios.

Son muchas las preguntas que nos hacemos de cómo y qué ocurrió en esos momentos. ¿Sucedió en su casa? ¿En el campo? ¿En el cerro? ¿En la fuente? ¿Estaba sola? ¿Fue en forma de visión? ¿El Ángel estaba en forma humana? ¿Fue una locución interior, inequívoca? “Entrando el ángel donde estaba ella” (Lc 1, 28) ¿Se ha de entender en sentido literal como alguien que llama a la puerta o en sentido espiritual? Por ejemplo, vamos a suponer que María estaba en alta intimidad, ensimismada en la presencia envolvente del Padre, habían desaparecido las palabras, y la comunicación entre la Sierva y el Señor se efectuaba en un profundo silencio. De repente, este silencio fue interrumpido. Y, en esa intimidad a dos – intimidad que humanamente es siempre un recinto cerrado – “entró” alguien. ¿Se podría explicar así?

Lo que sabemos, con absoluta certeza, es que la vida normal de esta sorprendente muchacha de campo fue interrumpida, por una visita extraordinaria de su Señor Dios.

Primero, se le anunció que será Madre del Mesías. Ése había sido el sueño dorado de toda mujer en Israel. Entre los saludos del ángel y esta fantástica proposición, la joven María quedó turbada, confusa, no fue para menos. Ella no se sentía digna de todo eso.

Pero llegó una segunda proposición del ángel por la que María quedó más confusa aún: que dicha maternidad se consumaría sin participación humana, de una manera prodigiosa. Se trascendería todo el proceso biológico y brotaría una creación original y directa de las manos del Omnipotente para quien todo es posible (Lc 1, 37)

Frente a la aparición del ángel y a estas dos inauditas proposiciones podemos pensar cómo esta jovencita no quedó trastornada, cómo no fue asaltada por el espanto y salió corriendo.

La joven María quedó en silencio, pensando. Hizo una pregunta. Recibió la respuesta. Siguió llena de dulzura y serenidad. ¿Cómo es posible que se mantuviera serena y emocionalmente íntegra? Solo lo podemos entender porque estamos ante una criatura de un equilibrio excepcional dentro de unos parámetros psicológicos normales. ¿De dónde le vino tanta estabilidad? De la profunda inmersión de María en el misterio de Dios.

Ante estas dos proposiciones y ante su respuesta, María se sintió profundamente sola. Como nos suele suceder a todos los humanos que nos encontramos solos ante las grandes respuestas de la vida, de la aceptación de una grave enfermedad o ante la muerte. Aunque estemos rodeados de muchas personas, estamos solos para responder y aceptar la voluntad de Dios.

Sopesó, pensó en soledad. Ella sabía que, según fuera su respuesta, se desequilibraría la normalidad de su vida. Si decía que no, su vida transcurriría tranquila. Si la respuesta era afirmativa, arrastraría consigo serias implicaciones, todo sería en su vida muy anormal. Tener un hijo antes de casarse implicará para ella el libelo de repudio de parte de José, ser apedreada por adúltera, quedar socialmente marginada y quedar estigmatizada. Además, ser la madre del Mesías implicaba entrar en un círculo de continua tempestad. Vivir en la oscuridad continua de la fe.

Una nube de dudas y preguntas se habría cernido sobre ella: ¡sin participación humana! Jamás aconteció cosa semejante. Todas las normalidades se fueron al suelo. ¿Sería posible? Nadie puede enterarse de esto, yo sola con el secreto en el corazón. Y si la noticia se divulgara, nadie la podría acreditar ni aceptar, van a decir que estoy loca; cuando se entere José ¿qué dirá? ¡Dios mío! ¿Qué hago? ¿Qué respondo?

Y la pobre muchacha, solitariamente como adulta en la fe, salta por encima de todas las perplejidades y preguntas y, llena de paz, humildad y dulzura, confía y se entrega “¡Hágase!”. Está bien, Padre mío.

Y dio el salto definitivo: “Soy una sierva del Señor; hágase en mí según su palabra”. (Lc 1, 38). Soy una pobre de Dios. Soy la criatura más pobre de la tierra, por consiguiente, soy la criatura más libre del mundo. La voluntad de mi Señor es mi voluntad. Soy la servidora de todos, soy la servidora del mundo. Son las palabras más bellas de la Escritura. Que palabras tan bellas y con tanto significado, ¿estaríamos nosotros dispuestos a decir lo mismo?

Con su “hágase”, María dice “Amén” a la noche de Belén sin casa, sin cuna, sin matrona. Amén a la fuga a Egipto, desconocido y hostil, amén al silencio de Dios durante los treinta años de su hijo, amén a las hostilidades de las autoridades religiosas de Israel, amén cuando las fuerzas políticas, religiosas y militares arrastrarán a Jesús a la crucifixión y la muerte, amén a todo cuanto el Padre disponga o permita y que ella no puede cambiar.

Y el milagro se consumó y el misterio ocurrió. La joven María comenzó a sentir los cambios que cualquier madre empieza a sentir en su cuerpo, en su mente y en su corazón. El cigoto se formó en su cuerpo sin participación humana. El óvulo de María fue fecundado sin participación de hombre alguno. ¡Oh gran milagro, oh gran prodigio! El cuerpo de su Hijo Jesús se empezó a formar en su seno. Sintió lo que siente cualquier madre solo que el silencio de Dios estaba presente. Aún se preguntaba cómo estaba siendo posible lo que sentía en su cuerpo y en su alma. Dios callaba y ella se fiaba. Era consecuente con lo que había dicho al ángel “Hágase, hágase”.

Y María siente la necesidad de ir a ayudar a su prima Isabel. Está llena de Dios y siente la necesidad de dar lo que tiene en su interior. Vence los peligros del viaje, se lanza a amar y en el encuentro con Isabel experimenta que todo es verdad. Isabel sabe del misterio que a su vez ella ha experimentado, pero de forma diferente. No hay marcha atrás. El milagro se ha consumado. Ella ya experimenta la maternidad y ahora comienzan a venir los problemas, pero ella se ha fiado de la palabra del ángel que a su vez es la palabra del Padre amado. No por eso desaparecen las dudas, los problemas con José y con los demás. Aún se pregunta cómo ha podido suceder, Dios calla y ella se fía, se ha puesto en sus manos para siempre.

Y por eso vemos a María como ¡Encantadora!, humilde, sierva, esclava, pobre de Yahvé, madre de Jesús. ¡Tremendo misterio! El mundo es diferente después de la Encarnación del Hijo de Dios y del sí de María.

Por eso, los creyentes del siglo XXI tenemos que admirar a María, reconocer el amor de Dios que llega a esta tierra por su Sí. Acudir a ella, imitar su entrega, su humildad, su sencillez, su servicio, su oración. Dejar de admirar una imagen por bonita que sea y adorar a la Madre de Dios que se presenta ante nosotros como una mujer normal, pero a la vez excepcional, de una profunda fe en el silencio de Dios.

El 25 de diciembre de 2022, conmemoramos el 475 aniversario del voto de nuestra patrona la Santísima Virgen de Criptana y como consecuencia la creación del día de su fiesta “El día de la Virgen”. No voy a entrar en temas históricos porque en este programa historiadores de nuestra localidad nos van a desarrollar de una manera más ajustada todo lo relacionado al voto de nuestra Patrona, yo sólo quiero invitaros a los actos culturales y religiosos que por tal efeméride vamos a organizar desde la Hermandad.

Os animo a participar en todos los actos y cultos que se organizan pues, sólo así, podremos seguir sumando eslabones a esta cadena de devoción por nuestra Patrona. Pidamos a la Virgen de Criptana, Reina y Patrona de esta Villa, que nos acompañe siempre he interceda por nosotros ante el Padre. A todos os deseo una Feliz Pascua de Resurrección.

Recibid un afectuoso abrazo.

Jesús Delgado Ortiz
Presidente de la Hermandad

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