María Zaragoza | Los Lectores 07/06/2021
Por María Zaragoza
 
 
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Hace algo más de una semana que murió mi gata Circe, posiblemente el ser vivo con el que más tiempo he pasado en los últimos ocho años. Ha muerto joven, de una enfermedad crónica que le detectamos muy tarde y que se la ha llevado muy deprisa. Me esfuerzo desde entonces en recordarla antes de quedarse espiritual, pero sólo consigo, a pesar de las numerosas fotografías y vídeos que tengo de ella, visualizarla en las últimas, cuando ya ni pesaba. Estoy triste, no puedo negarlo. La tristeza llega y se va, como en oleadas; a veces no me quiero mover, a veces no quiero parar. Supongo que también por los gatos se pasa un luto con sus famosas cinco fases. No sé en cuál estoy.

Me siento ridícula sin embargo si estoy triste por la desaparición de una gata, culpable. Con la que está cayendo, me digo, con las personas que enferman y que mueren cada día. No quiero recrearme. Me molesta incluso un poco que me quieran consolar. No es culpa de nadie, de los que pretenden consolarme menos aún, pero a mi alrededor se mueren personas, enferman, sufren, y yo tengo pena por una gata. Qué egoísta, qué ridículo.

Qué egoísta, pero me salía a buscar a la puerta cada vez que regresaba a casa. Qué ridículo pero se sentaba conmigo mientras estuviera trabajando y no se movía de mi lado ni para comer hasta que yo no me levantaba. Qué ridículo pero es el ser vivo, sin duda, que más tiempo ha pasado conmigo en los últimos ocho años. Su ausencia es casi un miembro fantasma. Siento sus pasos por la casa y a veces me parece oírla. Creo, cuando me despierto, que duerme a mi lado como solía hacer por las mañanas. Me decepciono cuando veo que no. Qué egoísta y qué ridículo, pero es así y no puedo evitarlo. Su ausencia ocupa más espacio que problemas infinitamente más graves. Contesto con monosílabos casi todo el rato. Me enfada cuando sale alguien por la televisión a contar cómo ha superado un duelo por una persona, porque a día de hoy no me parece posible superar que Circe no vaya a estar más. «Y es un gato», me digo. «Era», corrijo enseguida. De nuevo, de inmediato, me siento ridícula y egoísta por pensar o sentir esas cosas. Me cuesta tomar decisiones importantes, y tengo que tomar muchísimas en estos momentos.

El mundo no se detiene por una gata. A lo mejor mi mundo sí, pero eso no es importante para nadie más. Fui el ser vivo que más tiempo pasó con ella en los últimos ocho años. Es para mí para quien tiene esta importancia egoísta.

Qué desastre, ojalá hubiera podido hacer algo más por Circe exploradora maniática, Circe parlanchina, Circe inteligente y cuidadosa, Circe que después de muerta va a poner de relevancia todas mis contradicciones. Fue un honor el ser su mascota.

Qué desastre: no sé si alguien me ha querido como ella me quería.
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