María Zaragoza | Los Lectores 21/06/2021
Por María Zaragoza
 
 
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Nos estamos acostumbrando a escuchar frases terroríficas como si fuesen lo más normal del mundo, y eso nos inmuniza ante barbaridades que deberían hacernos saltar todas las alarmas. Soy una persona poco dada a la añoranza y opino que, si uno piensa que cualquier tiempo pasado fue mejor, es porque está envejeciendo mal. Sin embargo, sí añoro una cosa muy concreta e íntima de la yo que era hace unos años. Recuerdo con una claridad vertiginosa el preciso instante en que oí por primera vez a alguien decir que nunca tendría un amigo machista y lo increíblemente espantoso que me resultó a pesar de ser yo feminista. Primero porque vivimos en una sociedad que sigue siendo machista, así que quien más quien menos ha tenido un resbalón en ese sentido —otra cosa es estar concienciado y tratar de mejorar—, pero segundo, y más importante, porque se deducía de esta afirmación que existía una intención de exclusión de todo aquello que no se le pareciera. Me recuerdo a mí misma a menudo lo que me horroricé en ese momento para no hacer callo, os lo confieso, porque eso que me pareció tan horroroso ha tendido a normalizarse de una forma que jamás fui capaz de prever.

Lo que más me ha gustado siempre de mis amigos es que, entre ellos, son absolutamente distintos. Tengo amigos con los que jamás estaré de acuerdo en nada, pero a los que quiero porque son generosos e inteligentes. Tengo amigos con los que coincido en ciertas cosas y en otras no, pero que no son nada mezquinos ni retorcidos. No me gustan absolutamente todas las facetas de todos mis amigos, no coincido con ellos en todos sus actos y pensamientos, pero eso enriquece mi vida. Además, el amor es otra cosa. Noto cómo cambia la cara de la gente cuando me ve en fotos con ellos o cuando los defiendo. A veces sólo con que diga que soy amiga de este o aquel, ya me ven de otra manera. Incluso, si superan el prejuicio y llego a caerles bien, me recomiendan que no me relacione con gente a la que quiero como amiga desde hace años. Sé que lo hacen con la mejor intención, entendedme, pero lo que yo pienso es en la cantidad de gente que conozco al cabo de un año que defiende las causas justas, que dice las cosas correctas y que piensa lo que supuestamente hay que pensar, pero que después son egoístas, mezquinos, hipócritas y otras cosas que me importan mucho más que un matiz en un discurso politizado o una reflexión que me pueda parecer errónea. Creo que eso me mantiene viva y humana, así que no tengo la menor intención de cambiarlo.

Me refuerzan los pequeños actos, como que un amigo al que podría rebatir miles de cosas, la semana pasada, al saber que había tenido un día horrible, me diera justo el abrazo que necesitaba, en silencio. Qué bueno sería aprender de los actos y del silencio.
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