María Zaragoza | Los Lectores 05/07/2021
Por María Zaragoza
 
 
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Últimamente me refugio en el consuelo que me supone nuestra insignificancia dentro del universo. Cuando me aterro leyendo un periódico o delante de un telediario, pienso en lo absurdos, diminutos y carentes de importancia que somos nosotros, los humanos, dentro del cosmos. Eso me hace sentir un poco mejor. Pienso que operamos como un virus que invade y destruye y que, el sistema, tarde o temprano, se defenderá de nosotros como un cuerpo enfermo hace ante una amenaza semejante. Es perverso, imagino. Es una fantasía turbia y oscura que me suponga un consuelo sentirme diminuta, sentirme un accidente desafortunado del polvo de estrellas, pero no puedo evitar que me haga sentirme bien: me recreo en la idea de que nuestros problemas, dentro del universo, son algo tan nimio como fácil de obviar.

Si no, quizá me quitaría las ganas de confiar en el ser humano el asunto de los adolescentes de viaje de fin de curso en mitad de una pandemia. No porque lo hagan, sino por la incapacidad después de hacerse responsables de los propios errores, que me indica muy malas cosas sobre hacia dónde vamos. Siempre he pensado que cada uno debe hacerse cargo de su propia imperfección y que, gracias a ella, le resultará más sencillo comprender la contradicción ajena. La empatía empieza por conocerse a uno mismo, ver dónde ha errado, comprenderlo y aceptar las consecuencias para después aprender, mejorar y estar capacitado para entender que el de enfrente no es perfecto. Así se deja de juzgar. Si eso no ocurre, todo es un «haz lo que yo diga, pero no lo que yo haga». Al final se pone de moda la intolerancia. Y no, la intolerancia no es buena.

La intolerancia se basa en que uno mismo se cree tan importante que se toma por modelo para medir lo que deben ser o hacer los demás. Y lo que difiere lo suficiente se teme, se odia o ambas cosas a la vez.

Este fin de semana han matado a un chico de una paliza. Si tuvieran razón los que dicen que lo hicieron porque los agresores pensaban que estaba grabando a unas chicas, ¿qué clase de crimen aleccionador estaban perpetrando al golpearlo hasta morir? Si, en cambio, estuvieran en lo cierto —y me temo que, a juzgar por el incremento de crímenes relacionados con la homofobia, es más probable— los que dicen que lo mataron por ser homosexual, ¿no es esa clase de odio lo más egocéntrico que pueda existir? Odio y mato a lo que es diferente A MÍ. Lo que es diferente A MÍ me amenaza. Lo que es diferente A MÍ no merece existir.

Pienso en cuánto mejores habrían sido esos cobardes asesinos si se hubieran hecho conscientes de su insignificancia dentro del universo; si eso les hubiera llevado a reflexionar sobre su propia imperfección y su poca importancia. Quizá hubieran llegado a la conclusión de que no eran nadie para decidir quién puede ser qué. Quién tiene derecho a vivir cómo.

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