María Zaragoza | Los Lectores 19/07/2021
 
 
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Me he dado cuenta de que, cuando tengo mucha acumulación de trabajo y compromisos en general que me causan cierta ansiedad, sueño algo muy concreto. Cuando era pequeña, ese algo era que se me caían los dientes o que iba al colegio y descubría de repente que se me había olvidado el uniforme y pasaba todo el día intentando que nadie se diera cuenta; lo habitual. Más tarde empecé a soñar que me llamaban para bailar en un evento en el pueblo con algunas antiguas compañeras de la escuela de danza. Al salir a escena, descubría que no había ensayado la coreografía o que ya no era capaz de ponerme en puntas. A veces también soñaba que conducía por una carretera y, a mitad de camino, me percataba de que yo nunca me he sacado el carné. De un tiempo a esta parte, lo que me persiguen son mis pecados. Quizá el término pecados sea demasiado religioso, pero sigue pareciéndome una palabra poética para describir todo lo que uno ha hecho en la vida que no es del todo correcto.

Supongo que es consecuencia de la pureza que parecemos destilar en las redes sociales, la pulcritud moral y ética, la asertividad con la que nos vendemos. Si soy honesta, cuanto más vieja me hago, más dudo de todo. En ocasiones echo de menos lo moralista que era con catorce, las creencias férreas e inamovibles que tenía entonces. Pero lo cierto es que no volverán. Al ir madurando, me he dado cuenta de lo mutable que es la verdad de persona a persona, de la cantidad de veces que se daña a otro incluso sin pretenderlo. Todos somos en algún momento el villano de la película ajena.

La mayoría de las veces se hace daño por egoísmo, miedo o ignorancia, y todo ser humano está sobrado de las tres cosas. Eso es lo que sueño: que las ocasiones en que mi miedo, mi ignorancia o mi egoísmo han vencido —sobre todo aquellas que no controlo, de las que todavía no sé—, me persiguen y me dan caza.

Le echo la culpa a las redes sociales porque a veces me inquieta la sensación de que un criminal pueda redimirse después de pasar por la cárcel o pagar una multa según nuestro sistema, pero que siempre se corra el riesgo de ser condenado por un tuit de hace diez años que pudiera reinterpretarse de forma oscura. Creo que, como el común de los mortales, no siempre he hecho ni pensado «lo correcto». A menudo leo cosas antiguas y me llamo a mí misma pesada o cosas peores. Esa sensación corrosiva de error es mi nuevo diente bailarín en la boca o ese uniforme esquivo. Nunca he aprendido a conducir, pero no sé si es tarde ya para sacarme también el carné de perfeccionismo ético, porque cada año que pasa soy más consciente de lo imperfecto que es cada individuo y, sobre todo, de lo imperfecta que he sido y seré yo por siempre.

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