manchainformacion.com | Campo de Criptana 02/08/2021
 
 
Vota:
Comparte:
 
 
Quería, en primer lugar, dar las gracias por haber pensado en mí para dar el pregón de las fiestas del pueblo. Es un honor y una responsabilidad muy grande y quiere decir, en cierto modo, que en el lugar que yo llevo en el corazón como mío propio, se me acepta como parte y se me quiere como tal.
Siempre digo que uno no es de dónde nace, sino de donde se forja su educación sentimental. Sin duda, aunque en mi DNI ponga que nací en Madrid, aunque diera vueltas por diversos sitios antes de recalar en Campo de Criptana a los siete años de edad, donde mi memoria y mi carácter tomaron forma fue en estas calles y en este ambiente que, por lo que sea, quizá algún tipo de magia quijotesca, es irrepetible. Pero ya llegaré a eso, porque cuando yo llegué a Criptana, no tenía ni idea.

Llegué a Criptana siendo ya un cotilleo, porque todo el mundo conocía a mi familia y sus circunstancias. Es complicado, para quien no lo haya vivido en carne propia, ser un niño y que todo el mundo, aparentemente, lo sepa todo de ti, cuando tú no sabes nada de nadie. No reconoces las caras, no sabes de qué te están hablando ni por qué deberían resultarte familiares. Descubrí muy pronto que la gente hablaba de los demás y eso hacía que unos supieran de otros por referencias. Eso operó dos transformaciones relevantes en mí.

La primera, que distinguiera muy pronto entre «querer llamar la atención» y «que no importe llamar la atención». Como ya he dicho, llegué siendo una niña cotilleo: los demás sabían quién era yo, de dónde venía y hacia dónde podría ir. En cambio, yo no tenía ni idea de nada, lo que facilitó de una manera sorprendente que hiciera lo que me diese la gana desde muy cría. No me malinterpretéis, que tuviera muy pronto asentado el concepto de que me valía más mi propia libertad que estar pendiente de lo que pensasen los otros —lección que me ha sido utilísima en la vida— no quiere decir que yo fuese una niña perfecta. En absoluto. Era repipi y moralista. Con doce años tenía muchas más certezas de las que tengo ahora. Muchísimas más, espero, de las que tendré en el futuro. Cuanto mayor me hago, más dudo de todo, y más orgullosa me siento de haber perdido esa seguridad plomiza y, con ella, cierta soberbia.

La segunda transformación relevante fue que me convertí en lo que resultó ser el primer paso necesario para ser una escritora: una mentirosa profesional. En mi mente infantil, lo que la gente sabía de los demás no podía ser cierto, porque era imposible que supiesen tanto de los otros. Así que deduje que se lo inventaban. Con siete, ocho, nueve quizás, inventaba cosas todo el tiempo. No sobre los demás, era demasiado egocéntrica, sino sobre mí misma. En realidad re-elaboraba mi propia vida aderezándola con argumentos que me sacaba de los libros que leía, de las películas que veía o directamente de la manga. Con una amiga fingía que éramos hermanas y hasta pensábamos que la gente se lo creía. O que éramos extranjeras, y hablábamos por la calle en voz muy alta en idiomas inventados. Así es como ya en la infancia hacía lo que después se ha dado en llamar autoficción, y quizá porque ya la traía a la vida de forma muy performática entonces, perdió para mí la mayor parte del atractivo muy pronto.



Durante la mayor parte de mi infancia y adolescencia pensaba, de manera muy ilusa, que el interés en la vida de los demás era patrimonio exclusivo del lugar donde me había criado. Qué estupidez más pacata. En cuanto hay tres personas en un grupo, siempre hay dos hablando de un tercero. Al igual que para ciertas cosas soy muy rápida, para la comprensión de otras soy bastante lenta, y llegar a la conclusión de que lo único que no me gustaba de mi pueblo, no sólo pasaba en todas partes, sino que además había contribuido positivamente en mí, me llevó muchos años. Por parafrasear a Serrat en su canción Lucía: «tus recuerdos son cada día más dulces, el olvido se llevó sólo la mitad».

Si hubiera habido redes sociales entonces, que son el círculo de cotillas estandarizado y global del siglo XXI, la revelación hubiese llegado antes, pero tuve una adolescencia analógica, con sus ventajas y sus desventajas. Probablemente una de las ventajas es que mi pacatismo, mi soberbia juvenil y mi carácter moralista adolescente se quedaron aquí, aburridos, entre las calles serpenteantes que tanto paseamos, y no trascendieron porque no me dediqué a pregonar mi ignorancia y mi superioridad moral en twitter. Menos mal. Ser congruente con uno mismo está sobrevalorado, espero ser ahora muchísimo mejor persona que a mis quince. Otra ventaja es que pude formar parte del mejor grupo de amigos que uno pudiera desear.

Mis amigos del pueblo me enseñaron que se puede respetar y amar a gente con la que objetivamente tienes pocas cosas en común. Pero que esas cosas son suficientes para dejar de juzgar el resto, porque no se juzga a quien se ama. Porque los nexos de unión entre seres humanos van más allá de los desacuerdos, de los defectos y de las ideas. Ellos lo comprendían muy bien desde muy jóvenes, y me lo enseñaron a mí, que había hecho la vara de medir el mundo en función de mi propia y estricta ética. Ellos, no sólo me han hecho sentir segura todos los días de mi vida desde que los conocí, sino que me han vuelto más tolerante, amable, diversa y respetuosa, porque ellos lo eran y lo son. Qué importante la tolerancia.

Quizá éramos raros, no lo sé. Nunca fui consciente, y sigo sin serlo mucho, de nuestra propia rareza. Creo que en este grupo de amigos, que sería imposible reproducir en otras circunstancias o con otra gente, había un humanismo intrínseco e instintivo que sólo podía darse aquí, y que tiene mucho que ver con el fuego de la creación.

Crear algo de la nada, perseguir un sueño, requiere de una chispa, de un punto de extravagancia y de locura y, también, de constancia y trabajo duro. De mi familia aprendí el trabajo duro y la constancia, la autoexigencia, el perfeccionismo; pero esa llama loca, ese arrebato no sólo está en ellos y lo he aprendido o heredado, está también en estas calles, en estas piedras, en este mundo coronado por molinos que es Campo de Criptana, y lo está de forma tan natural y tan cotidiana que es posible que no nos demos cuenta si no nos alejamos los pasos suficientes.

Estoy segura de que si yo no hubiera salido, visto y comparado, no me hubiera percatado del fuego subterráneo que recorre a los habitantes del pueblo y que, además, es contagioso y sanador. No me hubiese dado cuenta porque me habría seguido pareciendo normal que un agricultor dejase el tractor y cogiera el violín. Eso, fuera no pasa. Ahí fuera la gente opina que la cultura es algo superfluo, y cada vez más. Se da un trato tristísimo a lo metafórico, a lo creativo, a lo intangible. En cuanto puse un pie fuera de Campo de Criptana, no me quedó más remedio que presumir del nivel cultural de sus gentes, del interés vivo y vibrante que hay, en cada casa, por la música, el cine, el teatro. Para mí era lógico, cuando teníamos el grupo de teatro de la casa de la cultura en mi adolescencia, improvisar sobre Lorca, Les Luthiers o José Luis Alonso de Santos. Era normal que casi todo el mundo supiese tocar un instrumento, o que en el instituto nos propusieran libros de escritores modernos junto a los clásicos que había que leer por currículo. Es más, era algo normal que los leyéramos.

En los años finales del colegio, incluso, empecé a contarle a mis compañeros los libros que me había leído por mi cuenta, y mostraban interés. Gente que apenas me hablaba, me pedía que le contase La casa de los espíritus, por ejemplo, y yo se la contaba, a veces metiendo cosas inventadas por mí, que me perdone Isabel Allende el impulso de versionar que ya tenía entonces. Había un ansia de conocimiento y de mejora que yo consideraba habitual, pero que no lo es. Al menos no lo es como conjunto, como grupo, como pueblo. Campo de Criptana tiene una capacidad para la abstracción, para la chispa creativa, que no existe en otros lugares del mundo, o al menos no tan concentrada. Que hayamos tenido cineastas, compositores, narradores, dramaturgos, actores, pintores, que no haya un sólo músico en el mundo que no conozca al menos a un músico de Campo de Criptana no es normal. A mí el silo de Ricardo Cavolo, más allá de las polémicas, más allá de que a unos les guste el artista y a otros no, siempre me hace sonreír porque ha captado una cosa que a mí me ha tomado muchos años deducir, por lo que no podría estar en mejor sitio: aquí se lucha contra el miedo.

Al principio de percatarme del interés creativo y cultural que se respira en Criptana y que es, por suerte, sumamente contagioso, pensaba que tendría algo que ver con cierto espíritu literario. Me imaginaba que la literatura había conseguido filtrarse en la realidad y había hecho a los criptanenses imaginativos y un pelín inconscientes, capaces de ver gigantes contra los que luchar en lugar de molinos. Me imaginaba que la lucha contra la ignorancia, la curiosidad y el celo imaginativo de los habitantes de Criptana seguía ese impulso imparable del Hidalgo que lo lleva a estamparse contra algo que nunca podrá vencer, como nunca se puede saber todo aunque quede el ansia. ¿Pero de dónde salía el ansia? ¿Qué lleva a los criptanenses a tocar instrumentos, a bailar, a hacer asociaciones culturales, a inventar festivales de cultura feminista y punk, a pintar, a ponerse encima de un escenario a declamar y cantar? ¿Por qué aquí todo eso es tan normal?

Me llevó alrededor de quince años fuera averiguarlo, y quizá hoy estoy aquí sólo para poder compartir ese descubrimiento, porque creo que es fundamental para comprender la idiosicrasia criptanense. Aquí, cuando alguien tiene un sueño, se le apoya sin pestañear.

Recuerdo que hace muchos años, cuando empecé a publicar y a trabajar en lo que ahora es mi dedicación completa, alguien me dijo: «en tu pueblo seguro que hay mucha gente deseando verte caer». Sigo ofendida por aquello. Nunca, en todos mis años de carrera, he sentido tal cosa, sino al contrario. Sólo he recibido apoyo y cariño. Incluso he visto cómo gente a la que sé positivamente que le caigo mal, se alegraba sinceramente de que me fuera bien, porque eso es lo habitual aquí: si tienes un sueño, nos alegraremos siempre de que lo persigas y todavía más si lo consigues.

Me percaté de que esto ocurría al relacionarme, por trabajo, con chicos jóvenes que empezaban y que, habitualmente, en su entorno habían recibido a sus ansias creativas con llamadas a poner los pies en el suelo. ¿Quieres escribir libros? ¿Y de qué vas a vivir? Deberías estudiar una ingeniería, como tu padre, y luego ya veremos si sigues pensando esas tonterías. Personas que han recibido acoso y agresividad a cambio de sus obras de arte, o risas y burlas por sus intereses. Gente que crea a escondidas de su gente querida, porque crear no es el mundo real, y el mundo real ha perdido el gusto por el sentido figurado en favor de la literalidad. Con la que está cayendo y tanta crisis, qué tonterías estás haciendo, qué son esos rayajos, ¿de qué vas a comer?

Yo jamás me he sentido así. Aquí, por debajo del asfalto, todavía corren ríos de creación. Unos lo expresan disfrazándose en carnaval, otros tocando un instrumento, otros fotografiando o escribiendo, montando un musical, haciendo una tarta o coreografiando. Algunos se limitan a apoyar a todos los demás, y eso es suficiente. Es más, no es suficiente: es fundamental. La creatividad alimenta parte de algo que no se sabe dónde reside, la consciencia, y sana algo que no se sabe si existe, el alma. Los soñadores somos como las hadas: si no se cree en nosotros, nos morimos. Aquí se cree en el acto tan necesario como inexplicable de soñar.

Llegué a Criptana siendo un cotilleo, se me ha llamado rara, se ha hecho mofa de mi forma de ser y vestir, se ha inventado cosas sobre mi vida que no son reales... vale, ¿y qué? Lo importante, lo fundamental, por lo que me emociona cualquier cosa que tenga que ver con el pueblo, por lo que estar hoy aquí es un honor, por lo que voy presumiendo por ahí de ser de Campo de Criptana es por algo mucho más profundo que esas superficialidades: porque habéis creado a mi alrededor, y alrededor de cualquiera que pretenda tener un sueño, una red de seguridad. Hacéis el arte y la cultura importantes, pero también el deporte, la ciencia, la investigación o cualquier emprendimiento loco y quijotesco que pase por la cabeza de un conciudadano; todas esas cosas necesitan prender de la misma llama. Todas esas cosas necesitan del mismo y sincero apoyo, de la alegría por el otro.

Por lo que sea, en este rinconcito del mundo, se protege la importancia de soñar. Debería ser este un lugar de peregrinación de soñadores de todo el mundo; un lugar donde encontrar la energía necesaria para los motores de su existencia. Eso es lo que hace de Campo de Criptana una tierra de gigantes. No es gratuito que tengamos tanta gente en el pueblo de la que estar orgullosos. Ese es el círculo: existen porque estamos orgullosos y estamos orgullosos porque existen. Nada se hizo en el mundo sin un soñador que lo soñara previamente o sin un accidente afortunado. Y tan necesarios como los accidentes afortunados y los soñadores con ideas, son aquellos que crean un clima adecuado para que medren. A veces, ese clima es alegrarse en silencio y ya está. Crecer aquí es no ser consciente de la singularidad que supone eso. Gracias por haberme mantenido todos los años de los que constó mi educación sentimental en esa profunda ignorancia.

Aquí se lucha contra el miedo, he dicho, porque se lucha contra la ola de pragmatismo y de individualidad que está convirtiendo el mundo en un lugar muy gris. Que aquí se apoye a los soñadores, a los que crean, imaginan, investigan, compiten, se forman y descubren, es un bastión de esperanza.

Para mí es un descubrimiento reciente, pero Campo de Criptana es la irreductible aldea que tiene una poción mágica para resistir: el apoyo colectivo a lo que no es pragmático ni aparentemente útil, y que sin embargo es necesario para mantenernos humanos. Deberíamos recibir a los visitantes con un cartel que dijera: «Bienvenido a Campo de Criptana. Aquí se sueña.»

En cierto modo todo esto ha hecho que no me haya hecho sentido nunca sola. Los creadores suelen hablar de su soledad como motor, pero yo es algo que desconozco: siempre he tenido compañía. Seguramente los que me llamaban rara, los que todavía me lo llaman a escondidas, no se den cuenta de que soy un resultado. Que este lugar es tan raro como yo, pero en un mejor sentido: en el sentido de singular, en el sentido de excelente. Aquí se anima a soñar y se pone alas a lo que parece imposible. Puede que quede el salto a admitirlo con orgullo, a llevarlo por bandera, pero quizá, al menos, este pregón sirva para verbalizarlo.

Ahora, más que nunca, necesitamos verbalizarlo. Hemos pasado un año muy duro en el que todos hemos perdido algo o, lo que es peor, a alguien. Por eso precisamente es más necesario que nunca mirar al otro con generosidad y no con desconfianza. Yo me llevé de aquí la certeza de que alegrarse por el éxito ajeno nos hace mejores, que empujar el talento de otro nos humaniza y nos vuelve comprensivos. En este momento preciso en el que se favorece la crispación, la diferenciación y el etiquetado, es importante que no olvidemos cómo ponernos en el lugar del otro también desde la ilusión y la alegría, desde lo vivo y creativo.

Porque también desde ahí se alcanza a comprender las circunstancias del extraño, porque también desde ahí se ayuda. Hay algo en el espíritu que recorre nuestras calles, y que da al pueblo una entidad y personalidad propia, que ya lo sabe o lo intuye. Por eso, por ejemplo, salen buenos profesores de aquí: el localizar talento y potenciarlo en cada persona forma parte de lo que aquí se es. Hay una inquietud colectiva que se hereda, se contagia y se transmite y que, incluso cuando a veces duerme durante años, vuelve a renacer con más fuerza porque jamás desaparece.

Aquí se sueña. Aquí se combate al miedo. Aquí se mira al otro con alegría. Y eso es algo que hay que salvaguardar a toda costa porque es lo que contribuye a que no olvidemos todo aquello que nos hace humanos.



Hace veintiún años que publiqué mi primer libro y quiero pensar que hay un trocito de Campo de Criptana en todo lo que he hecho desde entonces; no algo literal, no necesariamente un nombre, una calle o un hecho verdadero, pero sí el sello de que aquí se forjó algo que siempre, haga lo que haga, me va a acompañar. Algo que tiene que ver con la celebración, la creatividad y la alegría y que, creo, no podría haber sucedido en ninguna otra parte.

Por eso empecé a cambiar mi lugar de nacimiento por Campo de Criptana. Recuperé a la pequeña mentirosa profesional que fui con siete para hacer ese pequeño vandalismo emotivo. Al fin y al cabo, es aquí donde me forjé, aunque naciera siete años antes. Si algún día la coquetería me diera alcance y decidiese quitarme años, quizá sean esos siete que apenas recuerdo los que elimine para convencerme a mí misma de que, no sólo por convicción o adopción, fui Hidalgo en algo más que mi apellido y en algo colaboré a la magia del mundo, a la resistencia que todavía cree en lo improbable, a ese grupo de soñadores que se niegan a creer que esos gigantes que se aproximan, tan grises y terroríficos, son molinos de viento.

Porque aquí, a diferencia de otros sitios donde se llega soñado de casa, se viene a soñar. Aquí, se lucha contra el miedo.
Y no hay mejor forma de luchar contra el miedo que celebrando, por eso, con el permiso del alcalde y en su nombre, declaro inauguradas las fiestas de Campo de Criptana. Muchas gracias.

También te puede interesar