María Zaragoza | Los Lectores 16/08/2021
Por María Zaragoza
 
 
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El paisaje, lo queramos o no, produce una forma de mirar, y una forma de mirar acaba influyendo en el lenguaje y en la manera de contar historias.
Narramos como miramos.

Por eso, no es de extrañar que un paisaje donde casi nunca hay algo que estorbe el horizonte, alumbre una forma de construir relatos muy particular.

Cuando pensamos en terror, habitualmente imaginamos lugares oscuros y llenos de recovecos, de «estorbos» a la vista donde cualquier amenaza pueda acechar. Sin embargo, en un espacio luminoso donde ningún objeto tenga capacidad para ocultar nada, tampoco hay espacio para esconderse.

Esa es la forma de narrar el miedo que Ana Martínez Castillo tiene, la que no puede negar si no quiere engañarse: es manchega y su terror, por lo tanto, tiene esa forma manchega directa, un poco tendente al humor negro, un poco fatalista.

Ofrendas, publicado por Eolas ediciones, es un libro que se lee en un suspiro porque el ritmo interno de su horror es casi cataclísmico. En cada pequeña historia, lo que produce miedo es la inevitabilidad de los desenlaces, el saber que algo terrible está a punto de ocurrir. Incluso en ocasiones el poder prever, antes que los protagonistas, cuál será ese horror. La autora, con inteligencia, utiliza muchas veces esa predestinación casi mística para jugar con la complicidad del lector, incluso para conseguir que se ría de algo que, seamos honestos, gracia no tendría en la vida real. ¿Pero quién quiere que la vida real se infiltre en la ficción de un cuento de miedo? Sobre la ficción terrible de los inexistentes está permitido reírse. Ella lo hace mucho y lo hace muy bien. Al final, a veces el terror se basa en temernos a nosotros mismos, ¿y no nos damos miedo cuando nos provoca hilaridad una desgracia?

También por el lenguaje es posible saber que la autora es manchega, pues tiene un oído para la oralidad que se transmite en el papel. Los modos de la tierra afloran con naturalidad en la boca de labriegos que adoran a un conejo que transmite ideas homicidas en un trasunto manchego de La pequeña tienda de los horrores —que pone incluso portada al libro—, o en los labios de una desafortunada mujer que queda atrapada en una casa abandonada a merced de un dios antiguo que ocupa los puntos muertos del ojo. Todos los relatos tienen en común la adoración, la ofrenda, lo místico, lo religioso y el determinismo, pero también una profunda agudeza y una mala leche que reconozco como propia, no sé si porque yo también soy manchega y ambas hemos crecido en una tierra en la que el horizonte no se interrumpe.

Siempre he creído que una de las virtudes del arte consiste en convertir lo particular y propio en universal. Es por eso que este, más allá de la innegable pericia de la escritora, es un buen libro. Es por eso que, también, pienso que el terror manchego debería tener su propio, singular y reconocible cuño.

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