María Zaragoza | Los Lectores 30/08/2021
 
 
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Me parece cuanto menos irónico que, en el momento en el que la diversidad humana parece calar en nuestro día a día y a tener la visibilidad que merece, los absolutos hayan tomado las riendas de nuestro proceder. Me parece extraño que toda la riqueza humana, en su amplio abanico, busque significarse en su singularidad y excepción, siendo aceptada —por supuesto— por todos los demás, y al mismo tiempo no acepte los grises en los debates.

Me trastorna la unanimidad, no sólo en los pareceres, que a menudo están en lo cierto, sino en los procederes de gente tan diversa. Y no sólo me trastorna, sino que me alarma. ¿Cómo es posible que tantas personas tan singulares, tan diferentes, sean capaces de pensar que la forma adecuada de actuar es única? La simplificación del debate en dos facciones diferenciadas —los buenos, que siempre son los propios, y los otros, que siempre son el enemigo— llega en ocasiones al ridículo. He presenciado e incluso protagonizado discusiones enconadas en las que no se cuestionaba el qué, sino el cómo, en las que se cuestionaba la manera de proceder ante una injusticia y no la calidad de injusticia del hecho en sí, y en las que personas que podrían estar perfectamente de acuerdo y pelear juntas por una causa se han acabado tildando de enemigos mortales con descalificaciones simplistas. ¿Por qué ocurre esto? ¿Es acaso la aceptación de la diferencia y la diversidad sólo una cuestión superficial? ¿Sólo debemos aceptar a otro porque quiera vestirse de una manera determinada, amar a quien desee, tener diversidad funcional o la piel más clara o más oscura? ¿Dejamos de aceptarlo si, a pesar de estar de acuerdo con nosotros en todo tiene pegas o se hace preguntas? Las adhesiones sin fisuras olvidan con facilidad que hablamos de seres humanos; olvidan con facilidad que en la duda y en el debate está la riqueza y el aprendizaje. ¿Qué podemos esperar de una sociedad que convierte la palabra «equidistante» en un insulto? Mejor dicho, ¿qué podemos esperar de una sociedad que descalifica como equidistante a alguien con quien se está de acuerdo en prácticamente todo salvo algunos detalles? Hay cuestiones de pura humanidad en las que no se puede ser equidistante, ¿pero no se puede dialogar sobre las formas? ¿Acaso no es la vida una gama de grises? ¿No sería enriquecedor escuchar a los que tienen dudas para poder mejorar? Puede que incluso estén en lo cierto. Cuestionar cómo se sigue una causa no significa estar en contra de la causa. Pensar lo contrario divide, en vez de unir. Y, sobre todo, y quizá lo que más me entristece, se pierde la oportunidad de aprender de otro, esté en lo cierto o yerre. También del error ajeno se aprende, pero sólo si se observa y escucha.

Me entristece pensar que los que aspiran a lo justo se dividan, y que los que no se unan. Al final, lo único absoluto es la intolerancia.Yo, simplemente, me hago muchas preguntas.
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