María Zaragoza | Los Lectores 13/09/2021
 
 
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Estos días estoy sufriendo dolores de cabeza. No son del todo incapacitantes, aunque el sábado antes de acostarme se me cerraba un poco un ojo, pero sí lo bastante molestos como para apreciar el silencio con todas sus bondades.

Lo primero ha sido cerrar mi cuenta de twitter, y no he encontrado experiencia más liberadora en los últimos meses. Ha sido, al cerrarlo y sentirme bien, cuando me he percatado de que muy a menudo se me insta a que me enfade con tal o cual cosa, a que me indigne con tal o cual persona, y que muy pocas veces la indignación se me contagia. Hay algo en que me obliguen a enfadarme que me incapacita para hacerlo de la misma manera o en la misma medida que se me exige, una suerte de rebeldía contra el enfado que sale automático y fuera de control: cuando veo que alguien está muy cabreado, lo que me sale es tratar de apaciguarlo, no echar más leña al fuego. Es muy posible que comprenda la razón de la indignación e incluso la comparta, pero una parte de mí —una parte recóndita de mí que no he logrado controlar lo bastante— entiende que lo que necesita la otra persona es calmarse y es eso lo que se me escapa, no un cabreo equiparable. No puedo ni enumerar los problemas que me ha dado este defecto mío. Por alguna razón, lo que la gente necesita es que otra persona valide su cabreo, por lo que no resulta legítima mi reacción y, a menudo, se interpreta como alineación con el enemigo a batir. Siempre hay muchos enemigos a batir. Si callo o relativizo, puedo transformarme en uno de ellos con una facilidad pasmosa. Por supuesto, no espero herir a aquella gente que está tan enfadada. Sé perfectamente de dónde procede esa vena conciliadora mía que sólo desaparece cuando estoy tan quemada que puedo estallar en cualquier momento, pero eso es algo que no le importa a nadie y que me voy a reservar.

El caso es que mi dolor de cabeza me ha hecho comprender esto, porque me ha impedido ser la que sería en otro momento, y eso me ha hecho analizar que muchas veces guardo silencio también porque me molesta el ruido, un ruido que se me ha magnificado debido al dolor. Ya hay demasiado y no creo que me necesite para medrar. En especial, si no tengo una opinión lo bastante formada o soy consciente de que mi opinión puede ser una tontería, callo. Por supuesto, a menudo no soy consciente, por eso he valorado cerrar también mis otras redes sociales, cosa que dije que haría cuando me dejasen de divertir. Ojalá ese día no llegue. Me entristecería tener que admitir que algo que se pensó para tender puentes se ha convertido en una trampa de la que escapar. Una trampa en la que, a menudo, la gente malinterpreta las intenciones del otro; en la que se dan por supuestas demasiadas cosas.

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