María Zaragoza | Los Lectores 27/09/2021
Por María Zaragoza
 
 
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Siempre he pensado que es malo tener prisa por pronunciarse, que siempre está bien tomar un tiempo para informarse y meditar. Todos lo hacemos en algún momento, pese a todo. En mi caso, me arrepiento de todos y cada uno, aunque no estuviera equivocada. Actué sin medir, y eso me pesa.

Hace muchos años, cuando llegué a Madrid, me di cuenta de que vivía con cierta ansiedad de la que carecía antes de trasladarme. Me percaté un día, lo recuerdo perfectamente, en el intercambiador de Moncloa, de que toda la gente a mi alrededor iba deprisa. Sólo la velocidad de los que me rodeaban ya me imprimía a mí un ritmo que me veía incapaz de seguir; y ese ritmo me causaba la angustia que no conocía de antes. Decidí allí mismo que conseguiría imponerme mi propia velocidad. Por supuesto, no siempre lo he conseguido. A menudo hay personas que me meten prisa, que se meten con que siempre coma despacio, que no entienden mi necesidad de organizarme para que no se me venga todo encima. Aquel día tomé la decisión de que, si tenía que salir una hora antes, saldría para no tener que correr, y he tratado de aplicarlo a todo en mi existencia, lo que me ha hecho sin duda vivir mejor. La lentitud no está lo bastante elogiada.

Eso no quiere decir que no sea eficaz. A menudo, cuando tengo que entregar algo, lo hago la primera gracias a mi organización, no a la prisa.
Me pregunto pues, en qué momento se ha convertido la opinión en una carrera de velocidad y no de fondo. Cuándo nos hemos dejado llevar por la inmediatez sin datos. Cuándo hemos sido en bloque aquellas personas que en el año 2000 me asustaron con su estrés en el intercambiador de Moncloa. Cuándo nos hemos pegado por decir los primeros que algo estaba mal o era horrible, para olvidarlo inmediatamente después, cuando otra cosa nos llama más la atención. Como aquellos primeros meses de Madrid, me he dejado arrastrar por algo que no me causa ningún bien, y he sentido una necesidad imperiosa de parar. Me viene a la mente el maestro Yoda cuando dice que el miedo lleva a la ira y la ira al odio, y que es el odio el que trae el sufrimiento y este conduce al Lado Oscuro. Creo que se olvidó de que son la prisa y la irreflexión las que, a menudo, conducen al miedo. Al menos me llevan al miedo a mí.

Hay muchas razones para ese miedo, pero hay una en la que no me había parado a pensar: se castiga el que alguien cambie de opinión al tener nuevos datos, cosa que debería pasar a menudo si opinamos tan deprisa. La velocidad conduce al error, pero cambiar de opinión hace que uno se arriesgue a la burla o a la acusación de hipocresía. Por eso muchos llevan la idea original hasta sus últimas consecuencias y eso, creo, no debe ser bueno.
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