María Zaragoza | Los Lectores 11/10/2021
 
 
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A menudo me pregunto qué interés puede tener la gente en influenciar. Influenciar, ¿a quién? ¿A un grupo de gente? ¿A todo el mundo? ¿Qué se entiende por influenciar? ¿Qué nos copien los vaqueros? ¿Qué todos acaben pensando de la misma forma que uno, como zombis? Me asusta que ambas cosas puedan percibirse al mismo nivel, como si fueran equivalentes, pero más me asusta que esto pueda tener como origen un deseo de transcendencia mal entendido: el consuelo de creerse importante, de creer que se pervivirá, por haber conseguido que los otros sigan lo que uno dicte. ¿De dónde puede venir ese ansia de relevancia, de ser un pequeño dictador del pensamiento o de las modas?

Por desgracia para mí, que no tengo el menor interés en que se haga siempre mi voluntad, soy una persona que dice las cosas con cierta vehemencia.

Eso parece incompatible con lo que de verdad me interesa: la reflexión personal, el debate y el cuestionamiento. Aunque se crea lo contrario, lo que me interesa son las búsquedas que generan las preguntas, y me siento afortunada de tener cada vez menos certezas. Una vez me dijeron que debía de tener cuidado con lo que hacía y decía porque ahora era una generadora de opinión. «Generador de opinión» me parece un puesto pesadillesco en la cadena trófica humana, el elemento ensamblador de una cadena de montaje, el equivalente a una pesadilla de Charles Chaplin atrapado —en su caso— en la revolución industrial. No quiero ser en absoluto nada parecido. ¿Pero por qué se está comprando tan alegremente la idea de que eso es lo que hay que desear? ¿Por qué ya no basta con tener una vida, sino que hay que coger cada uno de sus elementos y vendérselos a los demás como la única forma correcta de existir? ¿Acaso es interesante un mundo en el que cada persona sea un predicador?

Antes se decía que había que tener cerca a los amigos, pero aún más cerca a los enemigos. A mí, que no me gusta hablar en esos términos, se me ocurre que sería interesante escuchar a los que opinan como uno, pero escuchar con más interés a los que opinan diferente. Cuando lo hago, siento el cerebro nutrido, valoro los matices, me da la sensación de que el color del mundo es más rico, incluso cuando la otra persona no ha logrado en absoluto influir en mis convicciones previas; incluso, sobre todo, cuando yo no he conseguido influir en las suyas. El debate, siempre que sea civilizado, nos alimenta.

También, como complemento a esto, se da la circunstancia de que, cuando alguien opina sobre algo con cierto aplomo, se da por hecho que esa persona quiere imponer esa pensamiento —a menudo malinterpretado por los prejuicios ajenos— como una verdad universal. Con qué frecuencia olvidamos que, en el fondo, todo ser humano está compuesto de incertidumbres. Y que estas, muchas veces, son coincidentes.
Si pudiéramos escuchar las dudas del otro, quizá otro gallo nos cantaría.
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