María Zaragoza | Los Lectores 25/10/2021
 
 
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Parece que el título de este artículo son los tres deseos que se pudieran formular a un genio de leyenda, sin embargo son las tres cosas que se me ocurrió decir en una entrevista que estaban socialmente sobrevaloradas. Por desgracia, son también las cosas que más nos enseñan a desear y envidiar en el resto. Si hay algo que considero un acierto personal es haber percibido muy pronto que ninguna de las tres cosas es tan deseable como la pintan.

Por supuesto, cuando hablo de dinero, hablo de muchísimo dinero, no del necesario para vivir un poco más que decentemente. Para vivir un poco más que decentemente y tener algún capricho es deseable, pero me refiero a las cantidades obscenas de dinero que parecen manejar unos pocos y que, según parece, deberíamos envidiar. Pienso siempre en el tío del Pato Donald, perdiéndose la vida y sufriendo por un inmenso tesoro en el que se limitaba a bañarse.

Del poder sobre los demás ya he hablado a menudo por aquí: todo el mundo quiere influenciar y eso me resulta preocupante. Cuando uno quiere cortar el mundo por el patrón de él mismo, se pierde la riqueza de aprender, no sólo de los aciertos, sino también de los errores del resto. Está bien ser imperfecto, está bien equivocarse, aunque ahora parezca que no. Quizá porque la fama se ha devaluado.

Lo que más horrible me ha parecido siempre es la fama. La fama conlleva tener siempre a personas pendientes de ti y juzgando tus movimientos. Ahora eso es posible incluso con gente que no ha hecho nada por ser famoso, salvo tener un perfil de red social o haber colgado un vídeo. Si todo el mundo emite sus juicios, estos se convierten en prejuicios. Me decepciona particularmente encontrar a gente que ha sido capaz de unirse a la crítica pública de un amigo sólo porque en ese momento quedaba mejor con desconocidos el hacerlo; con esos desconocidos de internet. Han preferido dejar caer a alguien, a quien conocían en persona y a quien apreciaban, antes que defenderlo porque ha dicho algo incómodo en twitter.

Como todo el mundo está pendiente de todo el mundo, se presupone maldad en los actos o en las frases cuestionables, cuando detrás puede haber inocencia, una casualidad y hasta un error. Se ha perdido el derecho al error. Todo debe estar medido porque estamos sometidos al control constante de la mirada del otro, como si fuéramos ese actor al que la gente confundía por la calle con su personaje más popular, y que sólo recibía desprecio de sus fans al no ser este, sino él mismo.

A menudo pienso que el mundo se ha vuelto frío por estos tres deseos y me da miedo que no se quiera admitir que somos complejos y contradictorios. Ahora todo es plano, como el perfil que solía dar de los famosos el papel couché. Es pronto para saber qué daño psicológico puede hacer semejante presión social, pero creo que lo habrá.

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