María Zaragoza | Los Lectores 08/11/2021
Por María Zaragoza
 
 
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He escuchado muchas veces que los escritores escribimos por la necesidad de trascender: que un trocito de nosotros quede para siempre ahí, como si nos fuéramos a enterar después de muertos de qué sucede con nuestro legado.

Al igual que creo que es necesario proteger el legado cultural, y eso incluye tanto al pasado como a los que están haciendo cultura en este momento como, por supuesto, a los que tienen intención de hacerla en el futuro —y en los que rara vez se piensa—, también estoy segura de que en ningún caso depende de uno mismo la pervivencia de ese legado. Para quien de verdad haga cultura por prevalecer al paso del tiempo e incluso vencer a la muerte debe ser muy frustrante estar seguro de que estará en manos de otros el que eso se realice; que dependerá de investigadores, estudiosos o archiveros que en un siglo lo recuerden.

Yo, que no entiendo la necesidad de transcendencia en sí, por supuesto no comprendo el vivir y el crear con el sufrimiento acerca de qué quedará. A mí lo que me alimenta es el acto creador en sí —desde la generación de la idea hasta la reacción del lector—, pero nunca me ha importado cuánto perdure esta reacción. Quizá por eso no puedo comprender, por ejemplo, la necesidad de tener hijos que transmitan unos genes o unos rasgos propios.

Me resulta cercano el hecho de querer que quienes amas te recuerden, y que al menos eso perdure una generación más pero, ¿por qué los que amas deben tener un rasgo tuyo en su ADN? El acto de dar amor, como el de crear, siempre me ha bastado, por eso creo que adoptaría si quisiera tener hijos; no necesitaría que tuvieran mis ojos para amarlos. Puedo entender el deseo de procrear, pero esa desesperación por transmitir el propio ADN, que lleva a alguna gente incluso a plantearse alquilar el cuerpo de una mujer para poner a su niño dentro, es algo que me es ajeno.

Supongo que ese afán por la trascendencia también es parte del éxito de esta vida nuestra que da tanta importancia a la ausencia de intimidad, a registrarlo todo, a dar la versión propia de los hechos, y que a mí me parece una suerte de nueva religión.
Todas las religiones se basan también en cierto deseo de trascendencia: si tienes un comportamiento adecuado a ciertas reglas, vas a alguna suerte de paraíso. En la actualidad, tus fotos y testimonios quedan para siempre en una nube intangible que posee ese trozo de uno mismo que trasciende.

Por desgracia, siempre he pensado que lo que trasciende de uno, si es que trasciende algo, es una versión plana y empobrecida. Con lo que me gusta a mí la complejidad del ser humano, en el fondo me produce cierta pena y me hace imaginar lo que prevalecería de mí como un miembro escindido al que le asignaran propiedades que probablemente no tiene; una suerte de relicario, de mano incorrupta.


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