manchainformacion.com | Salud & Farmacia 30/11/2021
 
 
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¿Quién no conoce un trastorno de la conducta alimentaria (TCA)? ¿Cuántas de las personas que habéis empezado a leer este artículo, no os estáis imaginando un cuerpo extremamente delgado?

Es muy común tomar la anorexia nerviosa como referente de los TCA. No obstante, he de deciros que estos trastornos no se limitan a la delgadez extrema, ni a tener un índice de masa corporal inferior a dieciocho. La obesidad, el trastorno de rumiación, la bulimia, el trastorno por atracón, etc. son solo algunos de los trastornos alimentarios inherentes a las patologías mentales y que, a su vez, se relacionan con otros trastornos y alteraciones. Esta comorbilidad es habitual en los TCA y puede agravar la evolución de la enfermedad.

La mencionada delgadez puede convertirse en una señal de alarma para que el entorno de la persona enferma perciba el TCA y pida ayuda a la persona profesional para este tipo de trastornos. Sin embargo, en otros casos las personas enfermas pueden mantener un peso saludable por lo que la enfermedad pasa desapercibida, es decir, resulta difícil identificarla. Las personas en esta situación pueden esconder su sufrimiento durante años y años, viviendo en ese infierno con el silencio como cómplice.

Afortunadamente, con la ayuda profesional y un esfuerzo constante y permanente, la recuperación es posible, pero también larga, puesto que para lograr una recuperación completa la persona afectada por un TCA puede necesitar varios años de tratamiento. En este aspecto, combatir un TCA supone normalizar los patrones alimentarios, es decir, enfrentarse varias veces diarias a sus temores, esto es, a la comida, de ahí lo poco frecuente de estas enfermedades tan frecuentes.

A diferencia de otros tipos de trastornos o patologías recogidos en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, a los que no pretendo menospreciar, la citada recuperación dista de evitar determinados ambientes, sustancias, situaciones etc., y no me refiero a la evitación como manera de perpetuar el problema, sino como alternativa a mejorar la salud y/o adaptarse a la nueva situación.

En la mayoría de los casos, la comida se convierte en un estímulo aversivo y el aprendizaje no implica alejarse de estos supuestos estímulos dañinos dado que no se puede prescindir, omitir, ni sacar de nuestra vida a los nutrientes, sino que hay que reaprender a comer. Este reaprendizaje va ligado al sufrimiento, a la vergüenza, a la culpa y al aislamiento, pues la sociedad continúa sin comprender que “el comer” pueda ser un obstáculo. Es una batalla continua con la ingesta de alimentos, una situación tan común como dura, pues de igual manera que un coche no puede circular sin gasolina, nuestro organismo sin nutrientes no puede realizar actividad alguna.

En consonancia con lo anterior, estimo necesario aclarar que el restablecimiento de la salud no solo consiste en ganar peso, sino en una atención integral desde todos los ámbitos que resultan afectados. Es un error focalizar y vincular el alta médica con lograr un peso saludable. La aceptación y el autocuidado también forman parte del proceso terapéutico. Por lo tanto, a pesar de que la persona enferma presente un bajo índice de masa corporal, se debe tener en cuenta que el tratamiento debe ser multidisciplinar. Se debe humanizar el tratamiento, se debe identificar y escuchar a esa espiral de emociones que se despierta ante determinados estímulos que resultan difíciles de discriminar, se deben resolver los problemas latentes que se proyectan y manifiestan en la animadversión hacia la comida, se debe mirar más allá del culto al cuerpo y del binomio alimentación-nutrición.

Por otra parte, nos encontramos con las etiquetas y los prejuicios. Esta es otra lucha en el caso de los TCA. Las personas afectadas por este tipo de trastornos no son personas caprichosas que intentan llamar la atención a través de la comida, ni mentirosas, ni es algo pasajero de la adolescencia, ni de mujeres, ni se elige vivir así ¡¡¡No!!! Son personas enfermas que padecen un trastorno de salud serio y grave que puede ocasionar otras enfermedades cardiacas, renales, digestivas e incluso la muerte. ¿Acaso denominaríais a una persona que padece alergia, por nombrar alguna patología, alergosa, rinitosa o mocosa? O ¿le haríais sentir culpable de su nariz congestionada?

En relación a las alteraciones perceptivas acerca de la silueta corporal y/o constitución del propio cuerpo de las personas que padecen esta enfermedad, prefiero no hablar de comprensión. Tal vez sería más acertado mencionar la incomprensión social, dado que los complejos derivados de la autopercepción del propio cuerpo que generan insatisfacción y malestar psicológico se convierten en “bobadas que se meten en la cabeza” de estas personas por elección propia. Así lo percibe, manifiesta y justifica la sociedad.

En este sentido, y para finalizar, considero que el desconocimiento camina de la mano de los comentarios desafortunados acerca de la enfermedad. Por ende, cuando no se conocen determinadas patologías o no se han vivido en primera persona, se debe ser prudente expresando opiniones propias y, sobre todo, se debe tratar de no juzgar a las personas que padecen o han padecido esta u otra patología.

¡Basta de desinformación, de etiquetas, de perjuicios, de estereotipos y estigmas sociales!

¡Más empatía por favor!

Ana Ucendo
Responsable del Servicio de Información y Orientación del INDEPF


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