María Zaragoza | Los Lectores 07/12/2021
 
 
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Probablemente no le interese a nadie, pero he descubierto que, cuanto mayor me hago, más valoro la generosidad. Es posible que no sea una cuestión de vejeces y de vicios que se cogen con los años, sino de contraste. Siempre he tenido una tendencia manifiesta a ir a la contra en ciertas cuestiones. Lo hago casi sin querer en la mayoría de los casos. Ahora que vivimos en una sociedad en la que ha triunfado el sistema neoliberal que, por definición, es egoísta, lo que más me atrae es la gente generosa.

Me he percatado de que, cuando una persona es espontáneamente generosa puedo perdonarle de forma instintiva cosas que no le perdonaría de otro modo. He desarrollado un talón de Aquiles inmenso con aquellos que comparten lo poco o mucho que tengan sólo porque sí, porque para qué tener si no se puede arrastrar a otros a aquello que nos hace ricos.

Como en la vida no doy prioridad a lo material, en esta debilidad tampoco. No me importa tanto la gente que da, regala o entrega algo físico y, sin embargo, me anulan las alertas aquellos que comparten, o tratan de compartir, aquello inasible que tanto enriquece por dentro: los que son generosos con su experiencia, su éxito, su sabiduría. Los que comparten lo que han aprendido de sus errores para que los demás cometan errores distintos. Los que saben que alguien tiene talento y lo valoran tanto que lo levantan, no lo aplastan. Estoy convencida de que los que hacen el mundo mejor son los generosos, y agradezco de corazón a todos aquellos que se han mostrado así conmigo, que han sido muchos, de diversas procedencias y que lo han sido sin tener por qué.

Admiro la generosidad por encima de todas las cosas y, en un mundo de frentismos ideológicos, soy capaz de verla y apreciarla incluso en aquellos con los que jamás estaré de acuerdo. Me parece un don primordial que no puede aprenderse. Se es o no se es. Sin embargo, cómo ganaríamos todos si hiciéramos de vez en cuando el ejercicio de intentarlo. Yo lo que quiero es ser generosa. O, al menos, un poco.

En la democratización de la propia imagen y de la opinión que supone el estar siempre conectados y visibles, se ha favorecido la envidia, que es algo que no entiendo muy bien, pero que suele manifestarse en despreciar el éxito de los otros o en zancadillearlos si se ve la ocasión. Y, digo yo, ¿no sería más interesante favorecerlo? ¿Intentar hacerlo florecer como sea? ¿Quién nos dice que aquel al que se ha obstaculizado medrar no sería el descubridor de la cura del VIH, el diseñador de un sistema sostenible contra el cambio climático o el autor de una obra maestra del arte si se lo ponemos fácil? En el fondo, ser generoso es bueno incluso desde el egoísmo: el mundo sería mejor, y en el mundo vivimos todos. Al menos, hasta que
algunos humanos privilegiados colonicen marte.


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