María Zaragoza | Los Lectores 20/12/2021
 
 
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Las personas, por suerte, no somos una sola cosa. No somos sólo nuestras ideas, nuestras creencias, nuestras acciones o nuestra voluntad para hacer algo. No sólo somos nuestra ética, nuestra moral, nuestros gustos y nuestras aversiones, nuestra forma de relacionarnos, de decir la verdad o mentir. Somos todo eso y mucho más. Demasiada complejidad para definirla en pequeños botecitos etiquetados. Demasiada complejidad para internet.
El día que percibí que la ironía no se entendía bien en redes fue un descubrimiento atroz. Alguna gente a la que conocía en persona, que yo creía que comprendía mi sentido del humor y estaba al tanto de mi pensamiento, me preguntaba si yo de verdad pensaba cosas que yo jamás pensaría porque no habían captado el sentido figurado o hiperbólico de mis palabras. De repente sentí ese vértigo de la inmensidad de la red: si pensaban eso los que me conocían, ¿qué no pensarían aquellos que no? Peor aún: esas palabras malinterpretadas quedarían por siempre grabadas en el abismo de internet y podrían utilizarse en mi contra en el futuro.

No sólo me preocupé por aquellas veces que dejé registro de algo que pensaba en un momento determinado y acerca de lo que había cambiado de idea, sino por todas esas cosas que dije para hacer un chiste y que no se entendieron en su momento, así que sonarían muchísimo peor descontextualizadas. Es más, me vinieron a la mente la cantidad de partes por el todo que podrían jugar en mi contra en un momento determinado, cuando señalé un detalle de una idea o ideología que no me convencía, con el fin de iniciar un diálogo, y ese detalle pudo interpretarse como que no estaba de acuerdo con todo lo demás. Fue un instante de pánico, ciertamente, porque vi toda mi complejidad —que es mucha—, reducida a cuatro frases, cuatro consignas, un etiquetado simple con unas líneas de texto no necesariamente acertadas: esta es María, encerrada y etiquetada como un pepinillo en vinagre.

Quizá en tiempos extremos de simplificación máxima, deberíamos preguntarnos si nos queremos ver a nosotros mismos, y por ende a los otros, como encurtidos enfrascados en un mercado. Deberíamos preguntarnos que, si somos capaces de querer a gente con la que jamás estaremos de acuerdo, por qué somos tan duros con aquellos de los que sólo vemos una parte. Después de lo que le ha pasado a Verónica Forqué, no puedo evitar darle vueltas a ese asunto: ¿qué nos hace disfrutar de desahogarnos contra un desconocido del que no sabemos más que lo que enseña (o, peor, lo que nos enseñan)? Las personas no somos una sola cosa aislada, no somos cómo nos encontramos en un momento determinado, ni nos define la peor estupidez que hemos cometido. Ni siquiera la mejor. Si nos esforzásemos un poco por no juzgar, quizá nos daríamos cuenta de que, a menudo, simplemente estamos analizando algo que no terminamos de entender: la complejidad de otro. Otro al que podríamos estar malinterpretando. Al que seguro que malinterpretamos.
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