María Zaragoza | Los Lectores 17/01/2022
 
 
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El problema de la opinión es que, desde que se puede hacer pública alegremente, da la sensación de que conlleva una lección o imposición que no tiene por qué existir. Me explico: que yo opine que ir vestido de amarillo da mala suerte, no implica que me parezca mal o repruebe que la gente se vista de amarillo. Pensaré que van a tener la muerte de Molière y ya está. Será una opinión ridícula, pero es una opinión que no se mete en la vida de nadie.

Sin embargo, si yo pongo en twitter que cada vez que veo a alguien vestido de amarillo tengo la sensación de que va a morir fulminantemente, lo más probable es que me surjan un montón de respuestas que me pongan a caldo, traten de refutar mi creencia absurda o —y aquí es donde quería yo llegar— piensen que de alguna manera estoy juzgando la ropa amarilla y, con ella, a todo el que se la ponga.

Tiendo a creer que lo que pensamos de los demás suele ser un reflejo de nuestras propias carencias, por lo que me preocupa que haya tanta gente pensando que las opiniones de los otros son imposiciones sobre cómo ellos deben vivir. Y me preocupa porque pienso que, si lo creen del de enfrente, de alguna forma es porque pretenden imponer sus modos de vivir o de pensar como «correctos» a los otros, y cualquier detalle que se salga de lo que pretenden pastorear les llega como una agresión.

Siempre he tenido ciertos problemas con la autoridad. De hecho, que me empiecen cualquier frase con «tú lo que tienes que hacer es», por mucho que sea bienintencionado, me da ganas de realizar lo más opuesto. Con los años he aprendido a contener ese primer impulso lo bastante como para analizar si es un buen consejo. Yo misma doy muchos consejos, como todo el mundo: demasiados. Pero no espero que me hagan caso al pie de la letra aunque lleve toda la razón, porque entiendo la libertad de la gente para acertar y para equivocarse. Pienso que ojalá me hicieran caso cuando estoy en lo cierto, pero más bien como se intenta convencer al que cree que vestirse de amarillo mata, no como el que se siente agredido por esa creencia como si le estuvieran prohibiendo vestirse de amarillo. Este último, y eso es lo que me preocupa, prohibiría a todo el mundo vestirse de amarillo si entrara dentro de sus creencias.

Dicen que el mal de la humanidad es la envidia, pero cada vez sospecho con más fuerza, o esto último se ha agudizado, que es las ganas de meterse en la vida de los demás; no sólo de vivir según lo que se considera correcto, sino de alguna forma predicarlo e imponerlo, como si alguien en el mundo fuera de verdad tan infalible. Como si prohibir a la gente vestirse de amarillo fuera a garantizar que no lo hicieran en la intimidad, incluso con riesgo de muerte.

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