María Zaragoza | Los Lectores 23/05/2022
 
 
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Hace poco tuve que aclarar que no todo en mi vida han sido éxitos, y me sorprendió tener que hacerlo. Cada premio, cada reconocimiento, cada escaloncito ha sido siempre precedido o simultaneado, no sólo por una cantidad ingente de trabajo, sino también por un sinnumero de fracasos y decepciones. Me parecía que era lo normal, que era por todos sabido que, cuando uno consigue algo, ha tropezado y aprendido decenas, miles de veces antes. Sin embargo había sorpresa sincera ante mi aclaración. Se sufre mucho para conseguir cualquier cosa y no pasa nada. Las cosas que no salen bien son necesarias para valorar las que sí.

He estado reflexionando sobre esta cuestión desde entonces. ¿Quizá es que el éxito parece menos éxito si no es fulgurante e inmediato? ¿Por qué parece valorarse más de forma pública lo conseguido sin ningún esfuerzo? En realidad esto es lo que más me preocupa de todo: que se pierda el valor del esfuerzo en sí, que se premie lo hecho de cualquier manera pero satisfactorio de inmediato. Tengo la sensación de que lo satisfactorio de inmediato es también efímero y, a menudo, olvidable. Qué terrible sería que los triunfos se escapasen entre los dedos antes de disfrutarlos por no ser capaces de compararlos con lo que no son.

Cuando algo funciona, por la razón que sea, eso es lo que se ve, pero nunca se habla de las inseguridades, miedos, del trabajo que ha costado, de las veces que se ha errado en parte o por completo en el camino. Ocultamos de forma habitual y sistemática nuestros fracasos, lo que hace perverso el
éxito, ya que se convierte en algo de usar y tirar, algo que ya no vale después de ser publicado en la red social de turno.

Cuando hablo de éxito, no lo hago únicamente de cosas que la gente vaya a reconocer como tal; hablo también de esas pequeñas cosas que nos producen un íntimo placer y que, por la razón que sea, decidimos hacer públicas. Cada pequeño triunfo personal cotidiano que termina expuesto me sirve. Cuando compartimos la imagen de lo bonito que ha quedado nuestro balcón lleno de plantas, no contamos las que se nos han muerto ni la cantidad de horas que se ha invertido en trasplantar y regar. Sobre todo, omitimos las horas trabajadas para poder pagar un alquiler abusivo de un piso diminuto, pero que no está mal situado y que además tiene balcón. Después del confinamiento, balcón. Tampoco es habitual que contemos lo necesario que se nos ha hecho ese balcón porque hemos desarrollado ansiedad y miedo en los últimos dos años.

Entiendo que deseemos compartir lo que nos hace sentir orgullosos. Todos lo hacemos. Lo que no, preferimos dejarlo para la intimidad y no está mal, siempre y cuando no olvidemos que existe. Siempre y cuando no olvidemos que fracasamos, nos dolemos, tenemos ansiedad, inseguridades, miedos, y que no pasa nada. Todo eso también nos hace humanos. Todo eso forma también parte de vivir.
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