Por María Zaragoza | Los Lectores 15/08/2022
 
 
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Cuando era joven pensaba que la evolución natural de las cosas sería a mejor, que todo progresaba. Supongo que es un pensamiento común y que todo el mundo cree que las cosas sólo pueden avanzar como uno sólo puede avanzar en el tiempo. De hecho, mi pensamiento era tan radical que creía que me tomarían más en serio como escritora cuando fuese una anciana sin atractivo físico, ya que veía que a los que se reconocía a mi alrededor siempre eran hombres, y asignaba a la neutralidad que confieren los años cierto halo mágico que neutralizaría mi cuerpo y, por lo tanto, permitiría que se me viera como autora. Por fortuna, ahora también ha empezado a reconocerse la escritura de las mujeres y, por otro lado, a mí me ha dejado de importar que se me reconozca, lo que es en sí mismo liberador.

Con el paso de los años, resulta evidente que las personas avanzamos hacia el fin, pero que el mundo a nuestro alrededor en unas cosas progresa, y en otras empeora o se estanca. Es un problema de velocidad. Avanzamos en la vida a un ritmo constante según nuestra manera de ver el tiempo, pero los progresos no son constantes y a veces decrecen. Hay muchas cosas en las que hemos avanzado desde que yo me planteara envejecer para que se me viera; no soy de la creencia de que cualquier tiempo pasado fue mejor y, de hecho, estoy formalmente en contra de la nostalgia si no se usa como energía transformadora. Sin embargo, pienso que la gran olvidada de los avances es la libertad de expresión. A pesar de lo que se nombra, no creo que la entendamos ni que, por supuesto, la defendamos.

La libertad de expresión se defiende a gusto cuando confirma nuestras ideas, pero choca con nuestra intolerancia cuando las desmiente. No se puede estar en contra de la censura a medias. Es más importante estar en contra cuando lo que se dice es algo que no se quiere oír, y no sólo por el derecho del otro a decirlo, sino porque toda información es poder. Comprender lo que el de enfrente piensa, aunque jamás se vaya a estar de acuerdo, es fundamental para el progreso.

Me sorprende en especial cuando la libertad de expresión reprimida tiene que ver con reprimir la libertad creadora. Se confunde por completo autor y obra y, cuando el personaje de una obra de ficción hace algo que consideramos reprobable, acusamos al autor de ser reprobable él mismo. No se comprende cuál es el principio básico de la ficción, y eso, para mí, es un estancamiento que creí que superaríamos.

Estos días se ha apuñalado a Salman Rushdie, que en 1988 escribió un libro de ficción llamado Los versos satánicos. El régimen Iraní lo consideró herético. El que lo ha apuñalado en 2022 ni siquiera había nacido, y parece que lo que se consideró herejía provenía de un error de traducción. Creo que todos deberíamos reflexionar sobre ello.
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