María Zaragoza | Los Lectores 10/10/2022
 
 
Vota:
Comparte:
 
 
Os garantizo que no soy una persona alarmista. De hecho, por lo general me tachan de ingenua — siempre hombres, claro— por tener la firme convicción de que la gente, en el fondo, desea ser buena. Otra cosa es que nos salga bien, claro, pero el deseo, frustrado o no, ahí está. Siempre lo he creído. Probablemente eso me ayuda a vivir y a enfrentarme cada día a hablar con desconocidos; a menudo desconocidos que se creen con derecho a preguntar cosas muy íntimas. Y sí, parezco muy extrovertida, pero no lo soy. Digamos que entro en una especie de trance para hablar con la gente que no conozco, en especial si es por trabajo. Mi cuerpo se mueve por mí, mi boca habla por mí. La chica tímida que en el fondo soy, se queda dentro de mi espíritu haciendo ganchillo y sin molestar. Esta capacidad es útil, por supuesto, pero a veces se ve en peligro cuando me hacen saltar una alarma que, creedme, no salta con facilidad.

En los últimos días, quizá porque se han venido arriba con el asunto de los chicos que se pusieron a gritar como verracos en el colegio mayor, esa alarma ha saltado más a menudo de lo que suele. Mi opinión sobre este asunto en particular es que, si de verdad es una tradición —machista, violenta y asquerosa—, los responsables no son únicamente los que se dejan llevar por semejante despropósito «porque se hace todos los años». De hecho, yo a esos medio los disculparía porque a la gente le encantan los rebaños, y cometer errores, algunos irreversibles, por aquello de entrar en el rebaño es el pan nuestro de cada día. Para mí, el responsable es una institución que lo permite y puede que hasta lo aliente. Institución que, es posible, se lave las manos y pase a otra cosa después de amonestar o expulsar a cuatro de los que chillaban. Una institución que no tiene la disculpa ni de la edad ni de la estupidez que conlleva tener dieciocho, que por supuesto no lo disculpa todo, pero me parece ciertamente atenuante por comparación con la responsabilidad que tiene el colegio. Los chicos se podrían haber negado a hacerlo. Segura estoy de que hubo quien lo hizo y esa gente es nuestra esperanza. Pensaré en ellos como consuelo.

No sé si porque a raíz de esta historia estoy sensible con el tema, pero he detectado cierta agresividad contra las feministas más exacerbada de lo habitual. Acto seguido, en internet y a colación de un texto sobre una mujer que no quería tener hijos, leí un comentario que me partió por la mitad: una señora decía que es nuestro deber cívico. Lo dejo ahí porque no sé ni por dónde empezar.

Al día siguiente, en un acto, salió el tema «¿dónde estáis las feministas cuando?», en este caso, dónde estamos para defender a las mujeres de Afganistán. Estaba sorprendida porque creí que ese señor sugería que cogiera un rifle y me fuese personalmente allí —una mujer del público no se pudo resistir y dijo: «nos quieren mártires»—, pero me quedé sin palabras cuando aclaró que nosotras tenemos nuestros métodos y que podríamos hacer como Lisístrata. Es decir, para quien no lo sepa: declarar la guerra sexual a los hombres y obligarles a hacer nuestra voluntad, en este caso salvar a las mujeres afganas, no acostándonos con ellos. Sólo voy a entrar en dos cuestiones:

-La primera es que me duele constatar que seguimos siendo para muchas personas sólo un recipiente sexual al que se teme por si acaso negamos nuestra apertura de piernas. También un útero portátil en el que depositar la garantía de unos genes que se perpetúen, a juzgar por el comentario de «nuestro deber cívico». Ante el miedo a que nos rebelemos contra una o ambas cosas, se recurre a la violencia. También a la violencia consentida en forma de rito de paso de los colegios mayores.

-La segunda es que hay gente que considera a las mujeres, no sólo menos que la mitad de la humanidad, sino también como un ente magmático que puede pensar a la vez y, por lo tanto, comportarse como si fuese un solo ser. Nuestros deberes cívicos son compartidos para ellos. Pero también seríamos capaces, si lo decidiéramos, de ponernos de acuerdo para negarles el sexo a esos pobres hombres poderosos que dirigen el mundo. Mirad, no tengo palabras.

Este artículo es un poco más largo de lo habitual porque me cuesta concentrar todas estas señales de alarma en pocos caracteres. Quizá sólo puedo decir que qué miedo nos tienen todavía para andar con estas amenazas y estas melindres. Y, sinceramente, no me extraña si ven a esas niñas de Irán que se quitan el velo y luchan por sus derechos ahora mismo, jugándosela. Porque somos resistentes, sí, pero también nos hartamos. Y, cuando luchamos, no nos hace falta recurrir a los métodos que diseñó un señor de la Grecia antigua para una obra de teatro. A veces es suficiente con sostener un espejo delante de la fealdad del mundo. Un espejo que refleje lo que nos hacen, lo que todavía creen que somos. Lo equivocados que están.

También te puede interesar