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Víctor R López Ruiz | Los Lectores 09/06/2020
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En estos días he observado confinado, con más tiempo, cómo, mis maestros, los verdaderos, ejercieron mucha más influencia sobre mí de lo que me había atrevido a cuestionar. En todos los casos hubo un matiz común, su impronta se fijó con la presencialidad. Esa que ha sido mi Universidad, la entendí desde sus inicios entre incontables horas de dedicación, primero sobre qué había que contar a los alumnos y cómo hacerlo, después sobre qué debía transferir a la sociedad desde mi conocimiento e investigación, y finalmente, su transcripción en una carrera investigadora que fuera capaz de conjugar las tres cuestiones. Pues bien, casi sin darme cuenta, aquellas palabras de Timoteo Martínez han trazado una vida académica en la que he seguido paso a paso ese plan, y ahora no me arrepiento.

La Universidad es la institución dónde se transfiere conocimiento, y para hacerlo al ciento por ciento, es necesario ‘enseñarlo’, os lo dice un profesor universitario que en el año 94 iniciaba, desde el Instituto de Desarrollo Regional en Albacete, junto a algunos compañeros ‘locos por la tecnología’, un sistema de comunicación por red de ordenadores (tecnología CompuServe) que se enlazaba con Toledo, os lo dice un alumno que se licenció en una de sus carreras universitarias por la UNED, en 2006, con el premio nacional al mejor expediente, pero os lo dice también alguien que ha discrepado en dos cuestiones con algunos compañeros y muchos políticos, la Universidad no es y no puede entenderse como una Academia, además debe ser entendida en su sociedad como una institución esencial.

Me explico sobre ambas cuestiones. Huyo, hui y huiré constantemente de una versión de la universidad que se representa como el lugar para dictar lecciones magistrales en un aula, sin más que establecer unos criterios de evaluación y dar licenciados, después fueron graduados, como único servicio público o privado, obviando la praxis junto a la comprensión. Las razones de mi postura son algunas cuestiones, que olvidamos habitualmente, que he explicado en clase muchas veces, la diferencia entre información y conocimiento, pues bien, se trata de transferir lo segundo para lo que la socialización del entorno y el ejemplo del maestro sobre el aprendiz es fundamental. Unida a esta cuestión, se enlaza la de institución ‘esencial’, en mis clases de sistemas estratégicos para la dirección analizábamos la gran obra de Spielberg, “la lista de Schindler”, en concreto, para la cuestión que nos ocupa, reclamo la escena sobre trabajadores esenciales, en la que argüía como cuestión social del siglo XX que en tiempos de crisis, un profesor o investigador no es esencial, quizá por eso nunca renunciara a mis raíces, guardando como oro mis competencias de panadero, escapando con dignidad enharinada de aquel problema.

He observado, ante el Covid19, en estos meses, como se nos repudiaba de nuevo en esta sociedad como trabajadores no esenciales, e incluso se nos emplazaba ante el reto tecnológico para salvar la academia en este trimestre. Por ambas cuestiones, y como sociólogo invito a la reflexión social, algunos pusimos nuestra ciencia al servicio de la sociedad con lo que sabemos hacer de forma altruista, en un ejercicio de transferencia de conocimiento a la sociedad. La Universidad en la que creo y de la que he aprendido también de Antonio Pulido, o incluso en mi infancia de Patricio López o Leopoldo Sánchez-Beato, pide a voces volver a las aulas para hacer lo que sabemos hacer, y participar en la reconstrucción social y económica ante la que nos encontramos, somos esencialmente sociales, y somos, lo creo firmemente, pieza clave para continuar en esa enseñanza a la sociedad sobre el conocimiento, avance y progreso.

¡Dejadme volver al Aula!, con seguridad, planes de contingencia, dejadme volver a mi despacho, a activar mis redes sociales físicas e intentar continuar esta gran labor en la que siempre he creído, la de un profesor universitario, dejadme contagiar ideas y elaborar conocimiento sin pantallas o ratones, con gestos dialéctica y 'how know'. Pero, sobre todo, dejar que nuestros futuros científicos regresen también, para aprender sobre lo esencial. Ellos, lo he constatado esta mañana con varias conversaciones telefónicas, están preparados y tienen interés, pongamos las medidas de seguridad a funcionar y prestemos ese servicio social, dejemos fluir el conocimiento en aulas, despachos, bibliotecas, laboratorios, para que después ellos, nuestros futuros científicos no olviden para lo que fueron formados, la transferencia social, su deuda permanente y esencial.

Víctor R López Ruiz


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