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Enrique Suárez Figaredo | Los Lectores 05/09/2020
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La pequeña historia de las SINGER Sewing Machines es apasionante. El inventor y fundador de la empresa fue el polifacético Isaac Merritt Singer (1811-1875), y llego a tener su sede en el Singer Building de New York, que durante un año ostentó el record de más alto del mundo. La verdad es que las máquinas de coser no eran una novedad en USA a mediados del siglo XIX: Elías Howe había patentado el primer prototipo en 1846 y se hallaba enzarzado en una guerra judicial con el verdadero inventor, Walter Hunt, que aún no la había patentado, pero aquel artefacto estaba lejos de ser un producto comercializable.

La verdadera vocación de Mr. Merritt era la de actor teatral, incluso montó una efímera compañía: The Merrit Players, pero tenía madera de inventor y había alquilado un espacio en una tienda de exhibición en Boston buscando compradores de su máquina para tallar piedra. Fue allí donde vio una Howe en funcionamiento y le bastaron unos minutos para detectar en qué debía mejorarse. Incluso es posible que ya entonces cayese en la cuenta de que su segundo apellido sería perfecto para la que iba a ser su nueva criatura. El modelo que patentó en 1851 funcionó muy satisfactoriamente, aunque su estética resultaba excesivamente industrial y se accionaba a manivela; pero el pedal del New Family model de 1865 permitía que la costurera se ayudase de ambas manos para desplazar la tela bajo la aguja (la manivela quedó relegada a la versión portátil), y eran hermosas, sencillas y prácticamente indestructibles. Su diseño estaba tan optimizado, que bien puede decirse que las de otras marcas posteriores no pasaron de réplicas.

En pocos años las SINGER Sewing Machines se vendían en todo el mundo occidental. El mercado español parecía poco atractivo a los altos ejecutivos de la sede central, pero las hacendosas españolas iban a propinarles una gran sorpresa. Y habría sido mayúscula si las máquinas se hubiesen fabricado en nuestro país (se importaban desde el Reino Unido). SINGER buscó colaboradores locales y montó muchísimas tiendas de exposición dispersas por nuestra geografía, siempre en emplazamientos muy céntricos y con llamativos escaparates. El mueble sí se fabricaba en España, y las clientas elegían el que creían conveniente. En el periodo 1915-1925 llegaron a venderse una media de 75000 unidades al año. El éxito se debió a la posibilidad de adquirirlas a plazos, a las demostraciones casa por casa (con nutrida asistencia de vecinas y amigas) y a los cursillos que se impartían en las numerosas tiendas (todo como en USA). En definitiva, un producto imprescindible en su tiempo, práctico, fiable y auxiliado de una ejemplar comercialización.

SINGER dominó el mercado español hasta que la empresa armamentística eibarresa ALFA fabricó una máquina de coser prácticamente idéntica, si bien con una decoración espartana. La producción fue modesta en las primeras décadas y la empresa estuvo a pique de desaparecer en los años siguientes a la Guerra Civil Española (había nacido como cooperativa sindical), pero resultó muy beneficiada de la II Guerra Mundial, porque las factorías de sus competidoras hubieron de fabricar suministros para sus ejércitos. Luego las ALFA llegaron a venderse en medio mundo.

Pero en los primeros años del siglo XX la gran competidora de SINGER (incluso en el apartado decorativo) fue la alemana WERTHEIM, cuyo fundador Joseph Wertheim (1834-1899) había trabajado como aprendiz en la fábrica SINGER de New York. La gran factoría estaba en Frankfurt, pero a partir de 1915, con la industria alemana volcada en la I Guerra Mundial, Karl Gustav Wertheim (1868-1945) llegó a un acuerdo con los otros herederos y empezó a producirlas en Barcelona, donde residía desde 1888, con la marca WERTHEIM RÁPIDA S.A. La empresa siguió el exitoso modelo comercial de SINGER: muchas sucursales, impartición de cursillos y venta a plazos. Con menores dificultades de abastecimiento y mano de obra que en la Alemania de postguerra, y exentas de impuestos de importación, las WERTHEIM españolas pudieron venderse con la misma cuota semanal que las SINGER: dos pesetas y media.

La fábrica fue colectivizada por los anarquistas durante la Guerra Civil Española, y Karl Gustav Wertheim aceptó ser un simple oficinista. Finalizada la guerra, en aquella España que simpatizaba con el nazismo, Karl Gustav podría haber sido detectado y reclamado por la Gestapo (el apellido paterno era llamativamente judío); pero bien fuese porque años antes había pasado a llamarse Carles Vallín y Ballín, bien porque la España franquista cuidaba del empresariado catalán, logró evadir semejante peligro.

Poco después de su fallecimiento, y por una de aquellas piruetas del destino (si no fue cosa de la justicia divina), la fábrica barcelonesa pasó a producir máquinas de la marca SINGER. De la escasez a la abundancia: en los años cincuenta del pasado siglo hubo cuatro fábricas de máquinas de coser en España, porque a las SINGER (antes WERTHEIM) y ALFA se sumaron las REFREY, fabricadas en Vigo, y las SIGMA, fabricadas en Elgóibar, a escasos diez kilómetros de Éibar, por la empresa Estarta y Ecenarro. Con el tiempo, algunas de esas firmas acabaron dedicándose más al sector industrial que al doméstico.

Pasemos ahora a lo que interesará a los quijotistas. En 1905, III Centenario del Quijote, aparecieron en España las diez exquisitas (y descaradamente publicitarias) tarjetas postales de SINGER, estampadas por el litógrafo madrileño Bernardo Rodríguez. Las ilustraciones no llevan firma, pero en algunas de ellas salta a la vista que su autor se inspiró en las ya muy conocidas del barcelonés Jaume Pahissa i Laporta (1846-1928), divulgadas en los cromos que acompañaban los productos de Chocolates Amatller. Fue mi amigo y consocio Constantino López Sánchez-Tinajero quien me dio a conocer su existencia, y las que obtuve de la página web Biblioteca Histórica Municipal de Madrid sólo han precisado un ligerísimo retoque para darles algo más de viveza. En las postales se muestran los modelos fijo y portátil (no tanto, pues pesaba más de 10 kg) y el comentario al pie de cada postal no tiene desperdicio (mi preferida es la núm. 4). Ni siquiera se desaprovechaba el dorso, pues en él se indicaba la cuota semanal para la compra de una de sus máquinas. Todo indica que sólo se distribuyeron en Madrid; del resto se encargaría el servicio de Correos: idea genial que el avispado fundador habría aplaudido.

Olvidábaseme de decir que el bueno de Mr. Singer tenía una pésima opinión del intelecto femenino (se llegó a decir que la gran ventaja que vio en su invento era que prometía mantener calladas un rato a las esposas), pero vivió rendido con armas y bagajes a sus encantos, al punto que acumuló 24 hijos con cinco mujeres distintas. Una de sus hijas, Winaretta (1865-1943), mecenas y musa parisina, fue quien encargó en 1918 a Manuel de Falla su obra El retablo de Maese Pedro, representada cinco años después en el palacete de la Princesse de Polignac, es decir, Winaretta Singer, que, aunque lesbiana, estuvo casada con Edmond de Polignac (1834-1901), un noble venido a menos y mucho mayor que ella: perfecto matrimonio de conveniencia, pues Edmond era homosexual. Eso fue en segunda nupcias: su primer matrimonio fracasó porque ella se negó a consumarlo (entre la haute société parisina se rumoreó que, la misma noche de bodas, Winaretta amenazó de muerte a su flamante esposo si osaba ponerle las manos encima).

Paris Singer (1867-1932), otro de los hijos del magnate, parece que cojeó del mismo pie que su progenitor, pues, aunque casado, mantuvo un tórrido romance (hijo incluido) con la famosa bailarina norteamericana Isadora Duncan (1877-1927), muerta en tristes circunstancias cerca de Niza cuando su larguísimo foulard se enredó en el eje trasero del automóvil en que viajaba.

Enrique Suárez Figaredo

Sociedad Cervantina de Alcázar de San Juan



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