María Zaragoza | Los Lectores 10/11/2020
 
 
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Existen diferentes tipos de duelo, pero el que siempre me ha interesado más es aquel que gana el que hace sangrar antes al adversario, un duelo a «primera sangre», en el que es posible que uno o ambos salgan mal parados, pero en el que nadie muere. Me gusta pensar que mi relación con la realidad tiene algo de semejanza con ese duelo: nos herimos, pero no tenemos intención de matarnos a corto plazo. Es por eso que he elegido ese nombre para mis columnas en las que, espero, quede un poco de mi sangre en forma de opinión.

Supongo que el duelo con la realidad lo mantenemos todos pero, desde que aparecieron en nuestras vidas las redes sociales, vivimos ese cruce de espadas con una intensidad que no sé si es sana. Recuerdo que, en una ocasión, en la que una mesa redonda sobre literatura se convirtió en una disertación a cuenta de la importancia de las redes sociales para tener un perfil público adecuado —entendemos: para realizar una labor concreta y que se te reconozca—, yo dije que para mí las redes sociales son un patio de recreo, y que no son más importantes que eso. Si algún día dejasen de divertirme, las cerraría. Esta declaración causó una reacción que no esperaba: alguien vino a decirme que admiraba mi forma de enfrentarme a ellas. Esta conversación me impactó de tal manera, no creía que yo hiciera algo especial, que me he detenido mucho desde entonces en escuchar cómo habla la gente sobre cómo viven ellos las redes. Para mi impacto, existe en muchos casos un duelo verdaderamente enconado entre la realidad —lo que viven cada día— y lo que proyectan en las redes. No me refiero con esto a que la gente mienta o que sólo muestre una parte de su verdad, eso lo encuentro hasta lógico: internet es un escaparate y en un escaparate no vale tanto ser honesto como ser vistoso. El problema llega cuando la gente cambia sus motivaciones, valores, forma de pensar o de vivir en función de lo que vaya a quedar mejor en sus redes sociales. Es decir: cambian su verdad en función del escaparate.

La intimidad es importantísima. Ese trocito que te guardas para ti; ese pensamiento que sabes que no es moralmente correcto; esa cosa de la que te avergüenza haber hecho; esa emoción o ilusión ridícula que no compartes con nadie; todas esas cosas son importantes para fraguarnos como personas. Nos hacen como somos. Es el cachito de nosotros mismos que nadie nos puede arrebatar.

La necesidad de una exposición total, de renunciar a la intimidad, conlleva también el deseo de ser perfecto de cara al grupo. Cambiar la propia realidad para ser aceptado en el grupo que nos parezca conveniente es convertir el duelo a primera sangre en duelo a muerte. Matamos algo de nosotros mismos cuando lo hacemos. O matamos la realidad que nos convierte en humanos. A día de hoy, me pregunto qué es más peligroso.

María Zaragoza

Es autora de los libros Ensayos sobre un personaje incompleto (2000), Amores que matan (Premio Psyco-Tau de novela 2002), Realidades de humo (2007), Tiempos Gemelos (2008), Dicen que estás muerta (Premio Ateneo joven de Sevilla de novela 2010), Los alemanes se vuelan la cabeza por amor (Premio Ateneo Ciudad de Valladolid 2011), Constanza Barbazul (2013), Diario imaginario de la mujer tigre (2015), Avenida de la Luz (2015) y Sortilegio (2017), así como de la obra Un candidato para el fin del mundo (Premio Margarita Xirgu de Teatro Radifónico 2019). Junto al dibujante Didac Pla, publicó el cómic Cuna de cuervos (2009), y junto a El Rubencio el libro ilustrado Baba Yagá (2020). Su obra Realidades de humo ha sido llevada al cine. Fue becaria de la Fundación Antonio Gala para jóvenes creadores en su tercera promoción y, en la actualidad, es tutora de narrativa de la institución.

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