María Zaragoza | Los Lectores 23/11/2020
 
 
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Los cotilleos, como las leyendas urbanas, se componen, casi siempre, de una historia iniciada por «un amigo de un amigo», alguien que difunde con maldad y otras personas que lo hacen con una intención moralizante. A mí, que me ha traído férreas amistades y ventajas maravillosas hacer caso omiso de lo que se me decía sobre otras personas, siempre me ha sorprendido su mecanismo, pero más me sorprende cómo se ha democatrizado, ampliado y convertido en un arma implacable de manipulación. Internet es la madre de todas las reuniones sociales para cotillear, con la ventaja de que, además, se puede hacer internacionalmente.

Sorprende que el ser humano tenga tanta pasión por el cotilleo y, sobre todo, por la parte que tiene que ver con «hablar de oídas» con una intención moralizante. Ese escándalo que sobreviene en el cuerpo cuando el amigo de un amigo —que en este caso puede ser un twittero, un periodista, un famoso o incluso un político, es decir, alguien a quien no conocemos de nada pero en el que, váyase usted a saber por qué, depositamos nuestra confianza— nos dice que nos van a eliminar un derecho, que el escritor que nos gusta ha hecho no sé qué terrible en su último libro, que hay una ley que nos va a acorralar en algún sentido o que ese actor famoso ha hecho una declaración infame —deposite aquí lo que usted le indignaría— suele evitar que vayamos a la fuente. Es decir, nos creemos la declaración, ficción o fragmento de ley sacada de contexto en vez de ver o leer el original, como también damos crédito a que nos digan que la vecina nos hizo tal faena a nuestras espaldas en vez de ir a preguntarle.

Primero llega la indignación y, después, la difusión. Esta difusión, la parte con intención moralizante, puede reflejarse en una recogida de firmas, una manifestación o en echar sapos y culebras por los dedos en redes sociales. A mí, la lucha por lo que uno piensa siempre me ha parecido muy bien. Lo que no me parece tan bien es que ese pensamiento no se cuestione como no se cuestiona esa leyenda urbana sobre la chica de pueblo a la que pusieron un mote humillante por, supuestamente, haber realizado alguna vez en su vida una práctica sexual rara. Por lo general, esta chica ni siquiera estuvo en la misma habitación a solas con el que inició el bulo, y las intenciones de esa historia siempre son más oscuras. De la misma manera, las noticias falsas, en su origen, tienen un objetivo oculto que puede estar muy alejado de lo que, en apariencia, es el problema original. La gente se ríe de esa chica y la llaman por ese apodo sin plantearse consecuencias, cuando seguro que para ella las hay. De forma paralela, escribimos de oídas en internet, en discusiones vacías que no favorecen más que el ruido, la desinformación y la irritación generalizada.

Me pregunto a quién favorecerá que estemos tan crispados.

María Zaragoza

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