María Zaragoza | Los Lectores 07/12/2020
 
 
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Por María Zaragoza.

Pensaba dedicar estas columnas a cómo veo la forma de vida actual. Nunca he pensado que mi opinión sea más válida que la de cualquier otro, por lo que más bien cada cosa que escribiera al respecto sería un reflejo de las dudas que me surgen a menudo sobre cualquier tema relacionado con el asunto. Sin embargo, me he replanteado todo esto después de leer el magnífico libro de Ana Iris Simón (Campo de Criptana, 1991) Feria, que ha editado con franco buen gusto Círculo de Tiza Editorial. Supongo que el sesgo con el que lo abordé, conozco a su familia y sé de lo que habla, es evidente. También puede que eso me haya puesto fácil fijarme en algo que no he visto tan reflejado, como creo que debería, en las entrevistas y reseñas que he leído sobre el texto. Sí, ella se plantea muchas dudas sobre lo que nos venden como «correcto» —qué debemos ser, cómo debemos serlo, qué moral, qué pensamiento, qué tendencia debemos seguir, cómo nos han vendido que lo nuevo es mejor que lo viejo, qué nos debe avergonzar cuando en muchas ocasiones eso mismo debería ser aceptado e incluso razón de orgullo—, pero hay una pregunta que hierve por debajo de todo: ¿quién se beneficia?

Cuando Ana Iris Simón reivindica en su libro que hay muchas maneras de vivir, no sólo las que nos han contado que son mejores para nosotros, hace una comparación luminosa entre esa cultura de la precariedad chic que estamos viviendo y esa precariedad real y viva, que luchaba por mejorar y que desarrollaba un talento que no se logra de la forma artificial que ha intentado imponerse a través de las estrictas normas morales de la virtualidad: la naturalización. Han convertido nuestras vidas en una feria, en una feria de la vanidad, que como decía Pacino emulando a Lucifer en Pactar con el diablo, es su favorito de los pecados porque todos caemos alguna vez en él. Antiguamente, la feria era ese descanso merecido, esa excusa para celebrar. En un mundo en el que hasta comerse una hamburguesa es razón para presumir en una fotografía, ¿para qué las luces y el olor a azúcar quemado y la música machacona y las atracciones? Ya vivimos en una. Los romanos hablaban de dar pan y circo al pueblo para que se contentase. ¿Quién y para qué ha convertido ese circo en nuestro día a día? ¿Quién y para qué nos desvía la mirada de las cosas fundamentales, de la sencillez de lo importante? La autora nos monta en una atracción de feria representada por su familia, con luces y música y emoción, pero en realidad nos está llevando a detenernos y reflexionar. Se dice que las nuevas generaciones están compuestas de gente triste fotografiada sonriendo. ¿Quién gana con todo ello?

Aunque sólo fuera por hacerse esa pregunta, merecería la pena leer el libro, pero hay mucho más.

Quizá cada uno encuentre en él su propia pregunta. Esa sólo es la mía.

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