María Zaragoza | Los Lectores 21/12/2020
 
 
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Por María Zaragoza

A menudo tengo una extraña sensación, semejante a la que debía tener la Casandra mítica, condenada a vaticinar el infortunio sin que nadie le diera el más mínimo crédito.

Los griegos clásicos tenían cierta habilidad para los castigos crueles y la tragedia, lo que me hace pensar que habrían disfrutado un tanto con la narración de lo que nos está sucediendo con las navidades y la pandemia. Narrado como un cuento, como una historia de ficción, hasta tiene cierta gracia. El problema es que nos está sucediendo de verdad: nadie quiere ser el Grinch que robó la navidad.

¿Recordáis al Grinch? Es un personaje del Dr. Seuss —uno de los escritores estadounidenses de literatura infantil más reconocidos— y se trata, a grandes rasgos, de un duende verde que odia la navidad y decide fastidiársela a todo el mundo. A nuestros políticos les debió afectar este cuento porque, si no, no le encuentro explicación a ese empeño por apelar a la responsabilidad individual de cara a las fiestas. ¿Es que acaso no saben que la gente se siente más segura con su familia aunque no lo esté? En un tiempo de horror como este, es un impulso natural querer reunirse con los que uno quiere. Esto es la familia sanguínea o la elegida —esos llegados de marras que tanta polémica han causado, pero que para muchos son más familia que sus padres o hermanos—, con los que uno se siente seguro aunque sepa que es una seguridad ficticia. Después de un año como este, ¿cómo no va a querer la gente buscar a aquellos que le dan seguridad? Hay muchas personas responsables, sí, por supuesto. Yo misma no voy a ver a mi familia y eso me entristece sobremanera, pero creo también que el impulso de la mayoría no va a ser ese, y luego nos esperará un enero y un febrero, quizá un marzo, peores que lo que llevamos de 2020. Aquí es donde viene Casandra: ¿acaso se están pasando una patata caliente? No quisiera creer que los políticos delegan la responsabilidad en cada individuo para después, cuando la tercera ola nos arrase, echarnos la culpa por no saber quedarnos en casita por nuestros propios medios.

Sí, la responsabilidad individual está muy bien, pero no se puede esperar más de la gente. La verdad es que todo el mundo está emocionalmente agotado y, durante un tiempo, nos han contado la milonga de que la navidad podía salvarse. Y no, no puede. Este año serán unas navidades diferentes, pero lo cierto es que nadie quiere ser el primero en parecer el Grinch que las roba. Nadie quiere asumir el coste de quedar mal y decirle a las familias que tienen prohibido verse. A cambio, les sugieren que no se reúnan, que lo hagan con mascarilla y que abran las ventanas en pleno diciembre sabiendo, creo yo, que resulta poco probable que algo así vaya a pasar en cuanto se sientan cómodos, hayan tomado un vino o les llegue algo de frío.

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