María Zaragoza | Los Lectores 04/01/2021
 
 
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Por María Zaragoza

Hace poco me preguntaron qué opinaba sobre el revisionismo de ciertas obras de ficción para adaptarlas a la ética actual o a la deseable. No me lo preguntaron así, pero era lo que querían decir. Lo he pensado mucho y he llegado a la conclusión de que ofenderse está bien, es sano, ayuda a comprender el mundo y a pensar sobre él. Lo que nos daña nos enseña lo que no queremos, de dónde venimos y hacia dónde queremos ir. Incluso ayuda a que ciertas cosas horribles no se repitan, porque estamos preparados para reconocer los síntomas. Creo que todo eso es necesario y que cumple una función en el mundo: necesitamos rebelarnos contra lo que se hizo mal para avanzar. De nada sirve cambiar una obra preexistente o censurarla, salvo para permanecer a salvo dentro de nuestra burbuja ética, sin mirar alrededor. Me sorprende que en un mundo que premia «salir de la zona de confort» se repruebe mirar al pasado de esa manera. ¿Acaso «salir de la zona de confort» sólo vale para hacer deportes de riesgo o para emigrar a otros países en busca de mejores trabajos? ¿Por qué no sirve para conocer las cosas que moralmente nos hacen daño?

En aquel momento la polémica había sido por el racismo de Lo que el viento se llevó. Poca gente se paró a pensar, no que retratase una época racista —lo hace de una manera tan benévola que no sirve—, sino que fue rodada en una época de segregación racial en EEUU. Hattie McDaniel ganó el Oscar a mejor actriz secundaria, pero no pudo estar sentada en el patio de butacas con el resto de invitados porque era negra. ¿Acaso hemos perdido la capacidad de contextualizar por nosotros mismos algo así? ¿Necesitamos carteles que protejan nuestra sensibilidad de esa terrible realidad que ocurrió hace cuatro días?

¿Cómo vamos a comprender las revueltas raciales en EEUU sin conocer eso? También hubo polémica con Matar a un ruiseñor, probablemente uno de mis libros preferidos, por usar vocabulario racista que, por otro lado, no hacía más que retratar algo que resultaba habitual durante la segregación, pero ofendía a los alumnos de los institutos actuales. Pues bien por ellos. Ofenderse es maravilloso. Si uno se ofende, es capaz de hacer algo al respecto. Mirar para otro lado no haría más que favorecer a los que quieren blanquear la segregación y fingir que no ha ocurrido: el camino más rápido para repetir.

Estos días la polémica ha sido con la emisión de Grease en la BBC. No me preocupa para nada que los jóvenes que la vieron se escandalizasen por el sexismo, racismo y homofobia que pueda haber en la película; me preocupa que haya algunos que solicitaran que no se vuelva a emitir. En la Cuarta Parte, Gurruchaga dijo que censurar era asumir que la gente no sabe elegir qué puede tolerar y qué no, y que por eso hay que tutelarla. Fue en un programa infantil de hace casi cuarenta años.

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