María Zaragoza | Los Lectores 12/04/2021
 
 
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Por María Zaragoza

Hace poco, oí en un talent show cómo un miembro del jurado aseguraba (parafraseo) que está el éxito, que es gustar a mucha gente, pero que hay algo más importante: el prestigio, que es gustar a los que importan. Me chocó. Es más, mi primer impulso fue pensar que estaba mintiendo a la niña juzgada, y que esas reglas ya no valían. Luego tuve que analizar por qué fue eso lo primero que me pasó por la cabeza.

Siempre he pensado que el éxito y el prestigio se consideran incompatibles, pero al mismo tiempo la gente trata de encontrar cómo conseguir ambas cosas a la vez. Ahora, además, el éxito debe tener las características que habíamos imaginado previamente —cuánto daño han hecho los que proclaman que basta con visualizar el objetivo antes de ir a por él— y ser inmediato. Ya no hay disfrute en las etapas: todo tiene que ser ya y de una determinada manera.

Estamos constantemente expuestos al éxito ajeno a través de las redes, plagadas de gente que parece vivir en permanentes vacaciones, con una dieta perfecta y un cuerpo escultural. Esa vida perfecta se ha democratizado. Ahora no hace falta comprar la prensa amarilla para colarse en los lujos ajenos. La vecina del quinto, si lleva bien las redes, puede convertirse en un referente. Independientemente de que mienta o seleccione, mucha gente percibe eso como una agresión, como una especie de injusticia: «¿por qué ella y yo no?» Al fin y al cabo, antes se envidiaban cosas para las que
hacía falta una familia de nacimiento, un golpe de suerte, ser buenísimo en algo o mucho trabajo. A veces varias de esas cosas al mismo tiempo.

Ahora el acceso a todo parece sencillo y directo, porque está a un golpe de click. No es cierto, claro, todo lleva su esfuerzo y sus sacrificios, pero ya no es tan sencillo verlos. Por lo tanto, tampoco es sencillo ver qué falla cuando uno no lo consigue y, además, de una determinada forma. El éxito parece para cualquiera, pero sigue siendo patrimonio de unos pocos.

En ese estado de las cosas, es muy difícil determinar quiénes son esos cuyo criterio importa y que va a conceder el prestigio. Nunca he creído demasiado en el canon porque se ha mostrado muy a menudo sesgado por razones de sexo, orientación, raza, modas o clase. Tampoco comparto el manifiesto desprecio por lo popular que parecen tener muchos de los que reparten el carné de prestigioso. Sin embargo, debo admitir que había ciertos criterios que permanecían años inmutables. Ahora, los criterios cambian a la misma velocidad a la que se espera conseguir un éxito, por lo que el prestigio acaba pareciendo un premio de consolación, un ángel con las alas tan negras como el de la fama, una corona que puede arrebatarse a la misma velocidad a la que se concedió. Es por eso que sentí que aquel jurado estaba mintiendo, aunque no lo hiciera realidad: el sistema ha cambiado muy deprisa.

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