María Zaragoza | Los Lectores 15/03/2021
 
 
Vota:
Comparte:
 
 
Los mecanismos del dolor son extraños. Hace un año que la pandemia nos pasó por encima y así seguimos, rodeados de eufemismos como «nueva normalidad» que sustituyen a otras expresiones que serían más justas, más contundentes y, con toda probabilidad, más escatológicas. Desde entonces, la crispación no ha dejado de crecer y yo quiero verla como un síntoma del dolor, de un dolor que invade las estancias de manera silenciosa incluso cuando la vertiente más letal de la pandemia no ha tocado de cerca. Un dolor como ruido de fondo, como eco, como rumor que dice que no sabíamos valorar aquellas cosas que nos parecían habituales hasta que las hemos perdido, al menos por un tiempo.

En mi caso, cada día me digo que soy afortunada para poder seguir. Me decía que había perdido cosas, experiencias, pero no gente. Cuando he perdido gente, que había otros que habían perdido gente más cercana. Que no se habían podido despedir, que les había llegado la muerte de oídas, en un ataúd cerrado por protocolo si es que habían tenido la suerte, al menos, de ver un ataúd. Qué necesidad más grande hay de ritos. Si no se entierra un cuerpo, si no se quema, si no hay alguna despedida tangible, es como si fuese mentira; resulta imposible cerrar las heridas. Todo se cubre de una sensación de irrealidad cuando dicen que alguien a quien se quiso no volverá a cogernos el teléfono o a reírse de nuestros chistes malos o a escribir tonterías en twitter, y que además no habrá adiós, sino desaparición. Me digo que soy afortunada, sí, y creo que muchos otros lo hacen: se convencen o resignan por fuera, cuando por dentro corren las ganas de salir a la calle a chillar, de dejarse vencer por la desidia, de llorar en un rincón.

La crispación crece porque no hay mayor engaño que creer que el tiempo lo cura todo: el tiempo todo lo pudre. Es por eso que no resultaba sensato pensar que de esta saldríamos mejores. A una herida abierta hay que curarla, si no, corremos el riesgo de que se infecte, y sobre esta herida se han echado escándalos de todo tipo, decepción con un sistema sanitario que creíamos que funcionaba (por desoír lo que los propios sanitarios reclamaban desde hacía años) y grandes dosis de egoísmo.

Supongo que, de todo horror cuando lo mantienes en el tiempo, lo peor es la costumbre. Nos dicen que todo va bien, pero hace unos días fue 11M, un aniversario que todavía nos sacude, y hemos tenido meses enteros en los que ha muerto, cada día, mucha más gente que en aquel atentado. Los curiosos mecanismos del dolor hacen que esas personas se traduzcan en números neutros y sin eso tan importante, y tan inasible, que para unos es la consciencia y para otros el alma. Quizá es sólo nuestra forma de sobreponernos sin rito, en un mundo en el que el rito es un lujo que apenas podemos alcanzar.
También te puede interesar