María Zaragoza | Los Lectores 01/03/2021
 
 
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Por María Zaragoza

Va a hacer un año del confinamiento por causa de la pandemia. Hace un año también, quizá porque resultaba imposible prever lo que sucedería, nació la editorial manchega InLimbo. Resulta irónico que, en mitad de lo insólito, se crease una editorial cuyo espíritu es el de poner de relevancia lo insólito precisamente, pero puede que sea lo insólito en ficción lo que nos prevenga o sane de lo insólito en la realidad. Puede que la editorial manchega que nació en mitad de lo que parecía una suerte de Apocalipsis estuviera haciendo, sin saberlo, una labor necesaria.

Es curioso que el último de sus lanzamientos, un año después de aquel primer magnífico El hijo culebra de Ángela Álvarez Sáez, hable de lo inquietante precisamente desde el rincón más luminoso. La oscuridad de la autora Gemma Solsona Asensio viene de una blancura casi insoportable, donde la normalidad la puede quebrar cualquier cosa. Desconozco si la autora escribió Blancogramas durante el confinamiento, pero tanto si lo hizo como si no, sus relatos tienen una pátina preclara: no puede darse nada por sentado, porque en cualquier momento lo extraordinario puede convertirse en la norma.

Cuando lo leía, hubo un relato que me pareció que destacaba dada nuestra situación actual. Su título es Cucarachas blancas y narra cómo unos personajes que viven confinados tras un desastre —nunca se dice, pero asumimos que nuclear— conforman una secta alrededor de Mary Poppins. Siempre he pensado que los conspiranoicos tienen un hueco emocional en alguna parte que los empuja a ser carne de secta y que, en el fondo, responden a una necesidad de sentirse especiales que nada puede satisfacer, y eso me pone muy triste. La coincidencia quiso que estuviera leyendo este relato mientras Victoria Abril montaba su espectáculo en los Premios Feroz, y no pude evitar que me produjera la misma emoción que los personajes de Solsona Asensio, que adoran paraguas a la espera de que un personaje de una película que vieron de niños venga a salvarlos de la realidad. La autora no se pronuncia acerca de si los personajes son conscientes de lo irracional de su deseo, o si intuyen el daño que se hacen, lo que es muy inteligente: jamás sabemos qué ocurre dentro de los demás cuando se comportan de forma ajena a la sensatez. Algunas noticias diarias, en estos tiempos ásperos, me hacen preguntarme por su culpa —y quizá ya sin remedio— si terminaremos por esperar el advenimiento de Mary Poppins al grito de chimchiminey por amén.

A pesar de que Blancogramas cuenta con algunas de mis obsesiones —la crueldad de los niños o la asesina Delphine LaLaurie—, quizá por contexto, Cucarachas blancas se ha convertido en mi favorito.

Hace un año también, con motivo del día de las Enfermedades poco Frecuentes, celebramos una mesa redonda para señalar que lo poco frecuente es también lo extraordinario. Quizá InLimbo en general, y Blancogramas en particular, incidan en esa idea: lo raro existe, y debemos aprender a mirarlo para que no nos sorprenda.
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