María Zaragoza | Los Lectores 01/02/2021
 
 
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Me he preguntado mucho si siempre nos ha gustado tanto regodearnos en la desgracia ajena. Si es el tener un altavoz en las redes lo que amplifica el odio y la envidia o si, por el contrario, algo ha cambiado y la alegría por la caída de los demás es nueva. Jorge Sanz y Demi Moore lo han ejemplificado esta semana. El primero confesaba en público llevar dos años viviendo de sus amigos. La segunda mostraba en un desfile un rostro que no parecía el de siempre.

Nunca he comprendido muy bien por qué las personas quieren ser famosas. La fama requiere del favor de un público que puede retirarlo a capricho. Nada me inspira más piedad que un ídolo caído. Comprendo muy bien a la gente que quiere vivir de su trabajo y para la que la fama sería como un efecto secundario o un sacrificio para lograrlo, nunca un fin. Los que desean ser famosos porque sí escapan por completo a mi entendimiento. No creo que Sanz pretenda hacer otra cosa que vivir de ser actor. La ola de insultos que ha obtenido como respuesta no me parece de recibo. A una realidad —la precariedad laboral de los actores— se ha respondido con odio, insultos y lecciones morales sobre qué debería haber hecho o dejado de hacer con su vida. He echado muchísimo de menos la época en la que esperábamos con ansia que Tarantino rescatase a algún actor olvidado. Nos alegrábamos de ello y no pensábamos si ese olvido le estaba merecido por haberse gastado los ahorros en fiestas: era la resurrección del ídolo. Ahora me pregunto si esa alegría era resultado de nuestra adolescencia romántica o del hecho de no tener acceso directo al rencor de los demás.

El caso Moore, íntimamente relacionado con la presión social para mantener una juventud que desaparece, creo que tiene, además, un elemento de crueldad. No es qué debería uno hacer con su oficio o con su dinero, sino con su cuerpo. A los actores y actrices, que hemos visto envejecer casi en directo, se les critica la caída de cara, el aspecto del pelo, las arrugas junto a los ojos: todas esas cosas que trae el tiempo. Con las mujeres se intensifica porque se considera que el atractivo físico es la cualidad que deben conservar. Se obliga a conservar algo que, inevitablemente, desaparece. ¿Alguna vez habéis tenido una pesadilla en la que se os obligue a contar pelo de una cabeza? Las pesadillas con misiones imposibles son lo mismo que tratar de aferrar la juventud.

Creo que cada vez nos aproximamos más a esa falta de redención que siempre me ha molestado en las películas estadounidenses: el que comete un crimen es criminal para siempre, como si no fuésemos a menudo presos de nuestras circunstancias; como si no mereciésemos segundas oportunidades; como si envejeciéramos por voluntad propia.

La cara oscura del «puedes conseguir todo lo que te propongas»: si no lo consigues o lo pierdes, será también tu responsabilidad.