María Zaragoza | Los Lectores 26/04/2021
 
 
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Por María Zaragoza

Me había propuesto hablar en estos artículos sobre la vida moderna propiciada por las nuevas tecnologías y centrarme en las dudas que me asaltan, que son muchas. Sin embargo, la realidad, y por lo tanto el contacto con ella que yo pueda tener, me ha sobrepasado una vez más: estamos en un momento de crispación tal que los políticos reciben armas blancas y balas por correo. Quizá, después de todo, el tema no esté tan alejado de lo que yo me había propuesto. A menudo se nos olvida que lo que hay al otro lado de la pantalla —sea esta de ordenador, de cine o de televisión— es una persona con sentimientos y con familia. En el momento en que alguien se expone de cualquier forma, por las razones que sea, lo deshumanizamos. Ya no es alguien, es algo. Algo que se puede acosar y agredir.

Me había sorprendido días antes leer que el actor Wyatt Russell había recibido amenazas de muerte a causa de su papel de ficción en la última serie de Marvel, cuando me dejó helada descubrir que había personas enviando cartas con balas y cuchillos a determinados cargos políticos. Lo primero que me pregunté es en qué momento encontramos lícito amenazar con matar a alguien por tener unas ideas distintas a lo que uno piensa; en qué momento se rompe la barrera humana; en qué momento se olvida que lo que uno tiene delante es un ser humano con carne, sangre, que respira, que probablemente tenga miedo. Me aterra pensar que ese momento llega el día en que ponerse en el lugar del de enfrente deja de ser una costumbre. Cuando sólo nos miramos a nosotros mismos y empezamos a ver al que no es como nosotros queremos como un enemigo, todo se convierte en un «conmigo o contra mí». Eso sólo lleva al miedo al diferente, al caos y a la violencia.

Al actor Wyatt Russell lo amenazaban por ir a trabajar, ponerse un disfraz y representar un papel en una serie. A los políticos se los amenaza porque no se soporta un discurso que no encaje con lo que uno mismo tiene en la cabeza. Para mí ambas cosas son igual de ridículas, pero la segunda es infinitamente más peligrosa y grave, porque tiene que ver con matar por las ideas. De eso, en este país sabemos un poco y nada bueno. Nuestra historia se ha escrito con sangre muchas veces, pero personalmente vivía con la ilusión de que, de un tiempo a esta parte, nos hubiéramos vuelto más civilizados, un poco más humanistas, un poco más humanos. Parece sin embargo que los pueblos sin memoria estén condenados a repetir como una condena sus errores. Que esto quede aquí y no avance, eso deseo. Que retroceda de una vez y para siempre la intolerancia, que los violentos dejen de crecerse. Que caminemos a una sociedad cada vez más ensimismada y más egoísta no me hace, a día de hoy, albergar más esperanzas que horror.

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