María Zaragoza | Los Lectores 18/01/2021
 
 
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Por María Zaragoza

Siempre me ha parecido fascinante aquello de que, si algo es gratis, es porque el producto eres tú. La primera vez que lo oí fue con respecto a las discotecas en las que las chicas no pagan por entrar, pero los chicos sí. Desde entonces, cuando pienso en ello, me viene a la mente el jamón en lata. Cualquier tipo de carne enlatada, en realidad.

A pesar de esta imagen no del todo agradable, me da la sensación de que nos hemos dejado convencer con cierta facilidad de que el producto ya no es lo que producimos —nuestro trabajo— sino nosotros mismos. De hecho, es sorprendente la cantidad de gente que intenta vivir sin producir, pero siendo un producto. Incluso muchos que no pretenden vivir de ser un producto entienden que deben venderse como si pudiera rentarles algún beneficio. Obviamente, todas las redes se benefician de nuestros datos, al igual que la muchacha que no ha pagado la entrada se beneficia de pasar a la discoteca sin sacar la cartera. Eso no creo que nadie lo dude y, en el momento en el que entramos en el juego de internet, contamos con que pasa.

Sin embargo, la necesidad patológica de encajar del ser humano —de mostrar que uno es guay aunque no lo sea— ha terminado por degenerar en gente que pide la comida más fotogénica para Instagram en lugar de la que se comería más a gusto. También, en personas que se matan por hacerse un selfie maravilloso o cumplir un arriesgado y absurdo reto. En general, en cualquier cosa que suba el nivel de aceptación, de seguidores, de gente que manifiesta que uno le gusta.

Siempre he pensado que cuando uno produce, el producto de su trabajo es lo que se debería vender, no a uno mismo, pero el mundo ya no es así. Quizá eso explique también la cultura de la cancelación, los boicots a trabajos intelectuales perfectamente aceptables de gente que ha dicho algo inconveniente y otras cosas semejantes. Hemos asumido que, si alguien no es capaz de venderse adecuadamente como ser humano, tenemos derecho a eliminar también como válido lo que sí era un producto: su trabajo. En el escaparate ya no está el resultado del esfuerzo, sino unas declaraciones o un comportamiento. Esto, por supuesto, causa muchísima ansiedad, ya que tanto el favor como la desgracia pueden caer sobre cualquiera. No descarto que esta situación de las cosas haya colaborado activamente en la crispación generalizada. ¿Pero cómo no va a estar uno crispado si se obliga a hacer tres publicaciones moralmente aceptables y fotográficamente impecables al día? Es un trabajo, pero un trabajo que no produce nada.

Una vez leí en una entrevista a alguien que confesaba que, si no tenía ninguna foto maravillosa, salía a hacerla a tiendas que sabía que tenían cosas bonitas y fingía que eran suyas o que las compraba. Tremendo. Quizá somos mejores mentirosos, pero no más felices. Supongo que de eso es de lo que va ser producto.

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