María Zaragoza | Los Lectores 29/03/2021
 
 
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Mucho se habla de la crispación y la polarización política, pero a veces creo que se queda todo en un análisis simplista del tipo: «los españoles somos así» o «siempre ha habido dos españas». En mi opinión, sin embargo, el aprovechamiento de este fenómeno por parte de los políticos es un síntoma, pero no la enfermedad. Que hayan manipulado un ambiente de enfrentamiento y que, además, les favorezca en voto cuando, tras un análisis racional, es la búsqueda de consenso lo que debería favorecerles electoralmente es la fiebre, no la infección.

Por alguna razón que me resulta misteriosa, nos hemos dejado convencer por todos los discursos de individualismo. Ahora somos dueños de nuestro propio destino; nos lo dicen desde los libros de autoayuda hasta las tazas con mensaje en las que desayunamos. Por supuesto, todo desde un análisis muy sencillo, para todos los públicos y de carácter optimista. Lo importante es lo que uno sienta, la propia experiencia y la propia necesidad. Esto, por supuesto, elimina todo tipo de agentes externos que puedan influir en nuestra propia experiencia, desde nuestro contexto socio-cultural hasta el factor suerte. La suerte no existe, nos la fabricamos, lo que hace que nos resulte cada vez más aceptable ese tópico del pobre que lo es «porque se lo ha buscado» de la ficción estadounidense. La cultura del yo elimina la colectividad y el bien común. ¿Acaso las terrazas llenas y las fiestas clandestinas en plena pandemia no son otro síntoma?

Dejemos a un lado que esos conceptos convierten las sociedades en piscinas de tiburones donde ayudar a los demás está tan mal visto que acaba siendo de idiotas, y centrémonos en cambio en las consecuencias nefastas para el propio individuo. Al eliminar la colectividad como algo bueno, se desacredita a organizaciones como los sindicatos, que cuidan de los derechos de los trabajadores. Ahora lo importante es ser una pieza productiva y rentable —cuando dicen esto, por lo que sea, omiten la palabra «barata»— de un engranaje demoledor y egoísta. ¿A quién podría beneficiar esto? Al currito que tiene tres trabajos basura para poder pagar un alquiler en una infravivienda —pero que desayuna en una taza que reza: «puedes convertir en realidad todos tus sueños»— no, desde luego que no. Pero no pasa nada, lo importante es cómo se sienta uno consigo mismo, lo importante es que, si pelea, nada se le podrá por delante. El problema, claro está, es la realidad. Por lo que sea, la realidad se empeña a menudo en hacernos chocar contra muros. ¿Qué ocurre cuando alguien cree que el único responsable del propio triunfo es uno mismo? Que también cree que lo es del propio fracaso. Qué difícil es entonces lidiar con la frustración. Qué campo abonado para la ansiedad, la depresión y el odio al de enfrente, a ese que sí lo ha logrado, o al que es o piensa distinto. El individualismo divide, y eso sólo favorece a unos pocos que no son precisamente generosos. Juntos somos más fuertes.

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