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manchainformacion.com | El Quijote y Cervantes 23/04/2016
Desde el año 2010, en el interior de la Iglesia Parroquial de El Toboso (Toledo), «la iglesia donde rezó Dulcinea», la seo toboseña ofrece a sus visitantes y turistas un atractivo itinerario informativo cuya razón es dar fe de los muchos elementos históricos y artísticos que atesora este majestuoso templo de mediados del siglo XVI, el edificio más antiguo y principal de la Patria de Dulcinea.
 
 
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Ahora bien, la visita sería imperfecta si pasásemos de largo la estela de don Miguel de Cervantes Saavedra quien con su pluma e ingenio condujo a sus personajes literarios, Don Quijote y Sancho, hasta la misma Iglesia Parroquial de El Toboso que cada año es visitada por miles de turistas.



Aquel episodio del capítulo IX de la II Parte del Quijote es hoy un ritual que se repite a diario. Unos, por motivos de fe, puesto que se trata de la Iglesia donde la feligresía toboseña concentra su vivencia religiosa; otros, atraídos por la averiguación literaria y el exquisito interés por saber si El Toboso es invención en la mirada de Cervantes o una inquietante realidad contenida en el libro más importante de la literatura universal, como así intentó comprobar Azorín en su Ruta de Don Quijote (1905).

Guió Don Quijote…

En la primera parte del ingenioso hidalgo Quijote de La Mancha, El Toboso es punto obligado de referencia, pero la acción nunca transcurre en nuestro pueblo. Muy diferente es el planteamiento de la segunda parte. En su tercera salida don Quijote altera la ruta de las dos anteriores con la intención de visitar en primer lugar El Toboso y encontrarse con su dama (II, 7). La visita es frustrante porque ni Sancho ni nadie conocen el palacio de Dulcinea (II, 8-10). Finalmente, el escudero logra salir de la delicada situación fingiendo que unas pueblerinas montadas sobre tres asnos son Dulcinea y unas damas principales de compañía que están transfiguradas bajo el efecto de un encantamiento. Esta artimaña será uno de los ejes sobre los que girará el resto de la novela.

¿Conocía Miguel de Cervantes El Toboso?

Guió don Quijote, y habiendo andado como doscientos pasos, dio con el bulto que hacía la sombra, y vio una gran torre, y luego conoció que tal edificio no era alcázar, sino la iglesia principal del pueblo. Y dijo:

― Con la iglesia hemos dado, Sancho.

Varios autores especialistas en la vida de Cervantes afirman que tenía enlaces y conexiones de parentesco con varias familias ilustres establecidas en La Mancha. Concretamente, en nuestro pueblo de El Toboso vivió un tío suyo, «aunque hay quienes prueban que se trata del propio abuelo de Cervantes quien vivió en El Toboso y que está sepultado en la zona más próxima a la nave del evangelio», según pueden apreciar los visitantes y turistas que transitan esta zona en la visita pautada que recorre el interior de la que también es señalada como Catedral de La Mancha.



Algunos documentos de archivo local recogen la existencia de varias familias con el apellido Cervantes durante los siglos XVII y XVIII y según el archivo parroquial, se describe cómo en la parte más próxima a la nave central está enterrado el último de los Cervantes de El Toboso.

Por su oficio, agente proveedor de la Real Armada y más tarde alcabalero, Cervantes a pasó inexcusablemente por nuestro pueblo para cumplir con su cargo y visitar a su abuelo o tío o familiares. También su estancia en El Toboso le provocó diferentes atropellos y encarcelamiento, a la vez que le sirvió para crear la figura de la simpar Dulcinea.

Es decir, que, en su obra mayor, Cervantes utiliza el nombre de El Toboso con dos funciones, la parodia y la expectativa. Ahora bien, lo convierte en inmortal tal y como lo profetiza Don Quijote con sus palabras:

― Dulcinea es principal y bien nacida; y de los hidalgos linajes que hay en el Toboso, que son muchos, antiguos y muy buenos, a buen seguro que no le cabe poca parte a la sin par Dulcinea, por quien su lugar será famoso y nombrado en los venideros siglos, como lo ha sido Troya por Elena, y España por la Cava, aunque con mejor título y fama (II, 32).


Mimq