Que se degrade el valor de las humanidades no me parece casual en tiempos inhumanos. Normalmente, el vocabulario nos suele dar muchas pistas sobre qué nos vamos a encontrar en cada momento según las palabras que se utilicen. Las humanidades se llaman así por algo, y cuando se les pierde el respeto que se les debe, el mundo se vuelve inhumano sin que apenas notemos el proceso. Si parpadeamos, lo único que nos podemos preguntar es cómo hemos llegado a tener el agua hasta el cuello.
No quiero decir con esto que las ciencias en su más amplio espectro no sean maravillosas y útiles; no he creído nunca en esa guerra ciencias contra letras que siempre ha hecho más mal que bien. Creo que la física cuántica tiene algo de poesía, y que dar el salto al lanzar una hipótesis tiene la misma creatividad en muchas ocasiones que tener la idea definitiva para una novela o escuchar en tu cabeza la sinfonía que vas a componer, y de hecho esa es la razón por la que no creo en la IA: no puedo creer que la máquina sea capaz de dar el salto. Si no sabemos qué es nuestra consciencia cuando hace esas cosas tan raras, ¿cómo vamos a reproducirla? Las ciencias que tienen un componente creativo tampoco están sufriendo mejor suerte que las humanidades. Preguntémonos por qué. ¿Acaso quieren que no nos podamos distinguir de esas máquinas sin capacidad de salto? ¿Acaso esas modas que nos dejan el rostro como pasado por un filtro digital no estarán también orientadas a que ni nuestra cara se pueda distinguir de una generada de forma artificial?
Creo que esto está relacionado con que aprendamos historia, filosofía, literatura o lenguas vivas y no tan vivas. Habitualmente, tal y como el uso de las palabras avisa de la realidad, las humanidades en general nos sirven para prepararnos, para adelantar acontecimientos, para generar criterio basado en algo. Incluso para creer en la ciencia hace falta, aunque parezca una tontería lo que voy a decir, tener cierto panorama histórico sobre su efectividad. Es a las humanidades a las que se ataca cuando nos quieren aborregados porque son demasiado trasversales, y puede que porque nos hacen felices; por eso se las relaciona con el ocio, cosa terrible en este mundo neoliberal.
Las humanidades tienen que ver las unas con las otras, se mezclan, se hibridan, son una red que a menudo toca otras especialidades y nunca deja de mutar. Nos han convencido de que debemos ser prácticos y especializados, y que así nos irá mejor. ¿Os habéis fijado en que a los niños y adolescentes se les obliga a tomar decisiones sobre su futuro cada vez más jóvenes? Cada vez se educa más específico, y con ello se genera ansiedad en un mundo en el que aparentemente ya no tenemos derecho a cambiar de opinión. Si luego hay muchas cosas de cultura general que se les escapa, no os quejéis: no se les ha dado mucha opción.



































































